No te fíes de ellos Capítulo 64
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Capítulo 64

Cuando lo ingresaron en el hospital de La Paz, Ariztimuño estaba vivo, aunque muy débil. Necesitaba una transfusión cuanto antes. La ambulancia había llegado escoltada por el coche de los inspectores, seguido por el zeta y el todoterreno de Etham Vance.

Una vez que lo hubieron ingresado en urgencias, los tres policías salieron a la calle. Campos le señaló las manos a su jefa, estaban llenas de sangre; también tenía manchas, ya secas, en la cazadora y en los vaqueros.

—Da igual —dijo.

Al conducir, se había tocado varias veces el pelo y tenía trazas rojas entre el cabello negro. Un desastre.

Todo.

—¿Sobrevivirá? —preguntó Vance ajustándose la chaqueta. Era una manía.

—No lo sé —respondió la inspectora—. Es un buen hospital, si se puede hacer algo por él, lo conseguirán.

—¡Joder, las putas crías! Fuck off!

—Estaban como poseídas —señaló Campos.

—Pero ¿quién las ha avisado? ¡¿Cómo coño sabían que estábamos ahí?!

—Ya os dije, vuestros juzgados son un nido de espías.

—Aun así, una cosa es que se filtre a la prensa, pero a miles de niñatas… ¿Y quién lo ha podido apuñalar?

Se quedaron en silencio. De una detención que se podría considerar un éxito rápido habían pasado al caos impredecible por el que Ariztimuño podía morir .

—Tenemos al culpable, pero si palma no sabremos las motivaciones.

—Demasiada psicología, inspectora. Con tener al que lo hizo me basta. El resto lo dejo para los true crime de la televisión. En el fondo, se ha hecho justicia. Ya me contaréis lo que sucede, pero, para mí, esta investigación es terminada. Os dejo, voy a informar al embajador. Ha sido un placer.

Se dieron la mano y, como siempre, Vance apretó en exceso, pero Lola estaba preparada y mantuvo la suya rígida para evitar que se la aplastase.

Una vez a solas con el inspector y más relajados, los sofocos retornaron.

Al menos, respetaban los momentos cruciales de acción.

La adrenalina y la mala leche los mantenían a raya.

Estaba haciéndole un gesto a Campos para dirigirse hacia el coche cuando le sonó el móvil: su hija.

—¿Estás bien? —preguntó Manuela.

—¿Por?

—He visto lo sucedido.

—¡¿Cómo?! —preguntó Lola, asombrada.

—Te mando unos links. Está en redes sociales. Había muchas chicas transmitiendo en directo lo que ocurría fuera del estadio.

—¡Joder! Pero ¡¿cómo se habían enterado?!

—Por lo que he visto, varios clubs de fans las convocaron.

—Es acojonante. Mira quién fue el primero en hacerlo, por si eso nos da una pista.

—Claro. —Manuela aceptó entusiasmada el encargo. Ya se sentía parte de la investigación.

—Oye, ¿tú no estás en clase?

—Es la hora del recreo, mamá. Estamos viendo los vídeos.

Lola miró el reloj del móvil. Eran casi las doce. Una hora anómala para salir al patio. Suspiró. Tampoco iba a afeárselo. Serían las hormonas, pero con su hija perdía el carácter por momentos.

Campos, que había escuchado la conversación, le ofreció el móvil.

En TikTok, el plano era movido, pero se veía el follón previo al linchamiento, la maraña de fans que se lanzaba sobre Ariztimuño y cómo huían despendoladas tras el disparo del agente.

Lola se vio a sí misma acercándose al herido y atendiéndolo.

Solo entonces tuvo una imagen clara de la magnitud de lo sucedido.

—Es la hostia esto de las redes —dijo—. Hay muchos más vídeos. Tal vez podamos determinar quién lo ha hecho.