Capítulo 63
Ariztimuño, escoltado por los dos agentes uniformados, regresaba al furgón para ser conducido directamente a los juzgados de plaza de Castilla. Habían recabado la información que necesitaban para presentarlo ante la jueza.
—Está claro que la mató él —concluyó Vance tras detenerse y mirar a la inspectora.
—¡Como para no confesar contigo encima amenazándolo!
—¡¿Crees que ha mentido?!
—No —reconoció Lola—. La mató él. Pero ¿por qué?
—Bueno, ya hemos visto su obsesión. Se excitó con el masaje y perdió el control.
—¿Y eso es suficiente como para asesinar a una chica a sangre fría?
—Es un tipo oscuro —argumentó Vance—, encaprichado con ella.
—Hay piezas que no me encajan. En el interrogatorio le sorprendió cuando le hablamos de los recortes de la pared de su casa. ¿Y por qué reconoce que la ha matado pero no que asistiese al concierto de Wembley de hace dos años? —preguntó Lola.
—Está como ido, yo creo que es por eso —respondió el inspector Campos.
—Pero recordaba muy bien lo que hizo la primera vez que entró en el vestuario, con todo lujo de detalles, como decís vosotros .
¿Por qué admitía unos hechos sí y otros no? ¿Fingía no acordarse? Los policías no tenían las respuestas y daba la sensación de que el detenido no se las iba a proporcionar.
En ese momento sonó el móvil del inspector Campos. Al descolgar, la voz de uno de los agentes que escoltaban a Ariztimuño sonó desesperada.
—¡Venid! —gritó.
—¡¿Qué pasa?!
Lola y Vance se aproximaron para escuchar.
—¡Aquí hay una liada bien gorda! Hay cientos de seguidoras de Emcy, no sé cómo se han enterado de que veníamos. Nos han asaltado al intentar llegar al furgón. Te tengo que dejar. ¡¡Quietas!! ¡¡Dejad paso!!
—¡¡Asesino!! —gritaba la muchedumbre.
Fueron las últimas palabras que oyeron antes de que se cortara la comunicación. Lola miró a sus compañeros y les hizo un gesto.
—¡¡Vamos, rápido!!
Fuera del estadio, el revuelo era cada vez más preocupante, y se formaba un embudo que casi rodeaba a los dos agentes uniformados y al detenido, de nuevo esposado.
Los empujones y las voces aumentaban, y llegaban más jóvenes enfebrecidas que acusaban al fisio de haber matado a su ídola, como les gustaba decir.
Las mayores no superaban los diecisiete años, y estaban fuera de sí.
—¡¡Asesino, asesino!!
La avalancha de cientos de fans arremetió contra el trío y Ariztimuño, incapaz de sortear el peligro, se separó involuntariamente de los policías que lo custodiaban.
La marea humana lo alejaba cada vez más.
En segundos, estaba envuelto por chicas que lo insultaban y golpeaban para pedirle explicaciones.
Lloraban y vociferaban histéricas.
Los agentes pensaron que Ariztimuño podría escapar a través del tumulto, pero eran incapaces de llegar hasta él. Uno de los policías, desesperado por el descontrol de la situación, sacó la pistola reglamentaria y disparó al aire. No veía otra manera de detener aquello.
Se escuchó un grito generalizado y la mayoría de las chicas corrieron en distintas direcciones. Provocaron caos en el tráfico y en el resto de los peatones, ajenos al incidente.
En ese momento, llegaron los inspectores y el agente del FBI y vieron, a varios metros de distancia, cómo se deshacía la marabunta.
Lola conminó al policía nacional a que guardase el arma.
Al quedarse solo Ariztimuño, que estaba de espaldas a ellos, observaron que se tambaleaba y caía redondo boca abajo como los fusilados de Goya.
Se acercaron a la carrera y lo voltearon.
Tenía el pantalón de chándal lleno de sangre.
La inspectora Baltanás lo examinó entre estertores y vio el corte cerca de la ingle.
Rasgó la pernera para valorarlo; era profundo.
—Mi hija… —dijo Ariztimuño antes de perder la consciencia.
Lola trató de taponar la herida mientras gritaba:
—¡¡Una ambulancia!!