Capítulo 62
Irene había convencido a Carlos para cogerse el viernes libre y huir de Madrid.
Demasiados acontecimientos y discusiones: el encarnizado debate sobre la autoría y la operación financiera tirada por los de riesgos, que conllevó un enfrentamiento en el que Carlos terminó señalado por su impulsividad.
La mañana que ella defendía su teoría sobre el Goya, él se partía el pecho por explicar la suya sin tanto éxito.
Irene había salido mejor parada. Eso era, al menos, lo que se traslucía de su estado de ánimo.
Entre ellos, la situación no había mejorado desde que trasnochó con Barray. Sin explicaciones, apenas habían intercambiado algunas palabras sobre los quehaceres cotidianos, y se habían cruzado en la cocina y en la cama; cuando uno llegaba el otro ya había desayunado o estaba dormido.
Irene echaba de menos los años que habían compartido en Los Ángeles, ella con un máster y él con un trabajo de auditoría y perfeccionando el inglés.
Nunca se había sentido tan libre. Y es que ahora necesitaban tiempo en pareja, por lo que había planeado un fin de semana lejos de la monotonía diaria.
Llevaban meses pendientes de alejarse de Madrid, pero el exigente trabajo de ambos no se lo había permitido, y la relación se resentía.
Tampoco era fácil ponerse de acuerdo en el destino: aventura frente a visitas culturales.
Habían madrugado para aprovechar la jornada.
Irene conducía su coche, un Mini turquesa con todos los extras posibles, mientras Carlos, de copiloto, escogía la música, aunque no fuera su vehículo.
Irene, molesta por la imposición, prefirió desviar sus pensamientos a un recuerdo más agradable.
Según llegaban a las inmediaciones de Alquézar, visualizó la conversación de la noche anterior.
Acababa de escoger ropa interior más sexi de lo habitual y la metía en la maleta verde de fin de semana cuando Carlos apareció con el bañador en la mano.
—¿No crees que el agua estará muy fría?
—Si hacemos barranquismo, hacemos barranquismo —respondió él.
—Espero que nos dejen neoprenos.
Carlos vio el sujetador que doblaba su chica y se ilusionó.
—Hay otros deportes de riesgo —dijo ella.
—Eso espero.
Irene trató de sonreír como una semana atrás, cuando nada había ocurrido.
Carlos soltó el bañador y la besó en los labios, llevaban días sin tan siquiera rozarse.
Ella le devolvió el beso y percibió que el sexo le latía con fuerza.
Tras unos segundos, él se separó y fue hacia la bolsa de viaje.
Le gustaba manejar los tiempos y hacerse desear.
Guardó el bañador y buscó en el armario las botas de montaña.
—¿Quién te ha recomendado esa zona de Huesca? Los cañones de Guara, vaya nombre.
Irene dudó, no se esperaba la pregunta, pero cada día improvisaba mejor.
—Clarice, la fotógrafa. Le gustan este tipo de actividades.
Carlos insistía en practicar deportes de aventura, pero Irene se mostraba reacia al peligro.
No quería pasar miedo, y su preparación física, a pesar de las clases de zumba, no era la más adecuada para arrastrarse entre rocas por torrentes de agua.
Los vídeos de la web, en los que los monitores saltaban dando volteretas desde una altura considerable hasta las pozas, tampoco eran tranquilizadores.
Aun así, tenía que reconocer que el paisaje era alucinante…
y que estaba cerca del monasterio de Casbas, en el que se suponía que habían encontrado el Goya, según le había confirmado Nacho.