No te fíes de ellos Capítulo 61
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Capítulo 61

El viernes habían tenido un par de días para preparar la visita con Ariztimuño al Bernabéu. Esperaban que volver al lugar de los hechos le soltara la lengua antes de ponerlo a disposición judicial, y ya casi no les quedaba tiempo.

Sin contemplaciones, la policía había desalojado a primera hora a algunas seguidoras de Emcy que pretendían acampar en los alrededores del estadio y que habían llenado la plaza de flores y coronas en homenaje a la cantante.

El furgón policial uniformado estacionó enfrente de la puerta de Padre Damián, por la que el detenido había accedido días atrás. Harían el recorrido desde allí.

La comitiva la formaban dos agentes de la Policía Nacional, los inspectores Baltanás y Campos y el representante estadounidense, Etham Vance, cuya embajada había presionado para que no se quedase fuera en esta ocasión.

Entre ellos, iba esposado Juan Ariztimuño, vestido todavía con el chándal.

Había renunciado a la presencia de su abogado.

Pidieron al club que esa mañana se suspendiera el tour del museo y cualquier tipo de visitas.

El presidente, amigo del diplomático James Stein, había puesto el estadio a su disposición.

Tras la victoria por dos a uno sobre el Bayern de Múnich, la predisposición había mejorado.

Atravesaron rápido los túneles que tantas veces había recorrido el fisioterapeuta, que no mostraba emoción alguna.

Esperaban que esto cambiara en el vestuario.

Habían solicitado que la luz fuera la misma del día de autos y que la camilla estuviese situada en el centro .

—¡Eres un mierda! —exclamó Etham Vance con dificultad para pronunciar las erres mientras observaba caminar al detenido. Tuvo ganas de meterle una buena colleja, pero se aguantó.

—Comparado contigo, ¿quién no lo es? —respondió Lola, que portaba el maletín del fisioterapeuta—. Si estuviéramos en Estados Unidos, este acababa en Guantánamo.

Ariztimuño no acusó la frase, y mucho menos Vance.

El grupo llegó al pasillo que daba al vestuario.

De pronto, al fisioterapeuta le tembló el paso y los grilletes tintinearon en sus muñecas.

Se movía a trompicones, como si le fallaran las piernas, y se detuvo antes de alcanzar la puerta.

El estadounidense fue a empujarlo, pero Lola se lo impidió y le hizo una señal para que le dejara tiempo.

Vance se alejó, mejor evitar tentaciones.

Los inspectores se fijaron en la expresión del detenido, que, ajeno a ellos, se angustiaba.

—¿Aquí estaba la mánager de Emcy?

Ariztimuño asintió de manera casi imperceptible.

—¿Le dijo algo?

El fisio movió la cabeza para negarlo.

—Muy bien, entre y haga el mismo recorrido que hizo aquella tarde —ordenó Lola.

Le quitó las esposas y le dio el maletín. Campos abrió la puerta y Ariztimuño obedeció. Los dos agentes que los acompañaban se quedaron fuera.

El club había colaborado más de lo exigible, y el vestuario recreaba el ambiente de la noche del concierto: las luces tenues, la mesa con fruta y golosinas, las taquillas con las imágenes de los jugadores, las toallas.

Y la camilla en el centro, con el foco de luz encima.

Le dejaron que se hiciera con el espacio mientras lo observaban, impávido, sin avanzar.

En trance.

—¿Qué hizo? —preguntó Lola tras dejarle un tiempo.

Ariztimuño levantó una mano como si tocara el aire y captase la esencia de lo ocurrido.

—Dije… buenas tardes. —Lo hizo igual de bajito que en aquella ocasión y comenzó a moverse—.

Vi la camilla, pero la persona estaba tapada con una toalla.

Me extrañó el ambiente, la fruta… Fui hasta la mesita auxiliar —explicó al mismo tiempo que lo hacía—, me quité la chaqueta del chándal y la dejé ahí.

—Desordenada —apuntó Campos.

Ariztimuño no respondió y prosiguió con el relato que conservaba intacto en la memoria.

—Abrí el maletín.

—Hágalo igual, si no le importa.

Ariztimuño obedeció, lo abrió, se arremangó y escogió su crema preferida, la de eucalipto. Al destaparla, la sala se inundó de un aroma agradable. Se untó las manos y las frotó con intensidad. Una vez templadas, se acercó a la camilla, en la que había extendida una toalla blanca.

—Soy muy buen fisioterapeuta —explicó—, tengo unos dedos muy especiales. Siento cada músculo del paciente.

Etham Vance lo habría matado si hubiera podido. Lola se percató de cómo lo miraba y se colocó en medio para evitar disgustos. Ariztimuño cogió la toalla.

—La quité —dijo—. Y ahí fue cuando vi que se trataba de una chica joven.

—Era Emcy, claro —afirmó Lola.

—No.

—¿No era ella?

—Sí, perdón, pero en ese momento yo no estaba seguro.

—¿No? —repitió Lola.

—Estaba boca abajo —se excusó.

—Sabemos que inició el masaje, el cuerpo tenía restos de crema.

—Sin moverse, dijo que la estaba matando el dolor de espalda. Así que le puse la toalla en las piernas, me situé en la cabecera y comencé por los hombros. Estaba muy tensa, pero no le importaba el dolor. No tenía ni un gramo de grasa, la espalda era fuerte. Bajé por las lumbares hasta…

—Como siga así me voy a hacer una paja. —Vance rompió el momento—. Vamos, que se excitó, isn't it ?

Ariztimuño se avergonzó, no era necesario que respondiera. El estadounidense se acercó a los inspectores.

—Lo que yo dije.

—¿Abusó de ella? —preguntó Lola.

—No, por Dios.

—Pero le metió una nota en la vagina.

El fisio negó con la cabeza.

—Era una cría.

—¡Pues eso no te importó cuando la mataste!

Lola le dio un golpe a Vance para evitar que interrumpiera y su codo chocó con la muralla de abdominales. Ni se inmutó.

—Siga, por favor —dijo Campos.

—Me di cuenta de que le hacía daño. Piensen que estoy acostumbrado al cuerpo de deportistas de élite, aplicamos mucha presión. Así que suavicé los movimientos, pero ella me dijo que prefería con intensidad.

Ariztimuño recordaba cada instante del masaje.

—Más fuerte, me dijo. ¡Más fuerte!… Entonces levantó la cabeza —como la odalisca de Boucher— y le dio la luz. Era ella… Ella.

Se hundió de golpe, empezó a llorar como un niño y cayó postrado al suelo. Los tres policías se miraron sin saber muy bien qué hacer hasta que Vance se adelantó.

—¡Y le rompiste el cuello!

Ariztimuño lloraba sin articular palabra.

—¡¿Por qué la mataste, motherfucker ?!

Campos fue a intervenir, pero Lola lo detuvo, a ver cómo reaccionaba el detenido. Entonces, Vance lo cogió en volandas y lo levantó como si fuera una pluma. Lo arrojó encima de la camilla y le sujetó la mandíbula con su manaza, tan grande como el cráneo del fisio, que lloraba sin consuelo.

—¡¡Máteme, máteme!! —chilló.

A Vance no le faltaron ganas, pero los inspectores lo detuvieron a duras penas. El estadounidense, en un gesto de cordura, entendió que esa actitud le traería problemas, y se contuvo más por voluntad propia que por la fuerza ejercida por los policías españoles.

—Fuck-ing bas-tard. —Pronunció cada sílaba a escasos milímetros del rostro de Ariztimuño, que lo miraba aterrado. Pero lo soltó y se alejó.

Lola lo reemplazó para aprovechar la catarsis que se había creado.

—¿La asesinaste? —preguntó.

El fisioterapeuta se miró las manos y asumió la culpa sin dejar de sollozar.