No te fíes de ellos Capítulo 60
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Capítulo 60

Agua fresca en el cuello y en la frente.

Más.

La necesitaba. Tenía la cabeza a punto de explotar por los nervios y a la vez estaba satisfecha por cómo había manejado la rueda de prensa y la conversación posterior.

Había sido capaz de controlar el discurso.

Sentía más seguridad en ella misma que nunca, aunque no quería confiarse.

Lo importante era que el cuadro se quedaría un tiempo en el museo, y eso le daba ocasión para aclarar las dudas sobre quién era Barray y a quiénes representaba.

O eso pretendía.

Pero ¿por qué el pintor habría consentido que se ocultase un cuadro tan impactante?

¿Se lo habría comprado alguien que quisiera disfrutarlo en la intimidad?

Algo así había ocurrido con Manuel Godoy, el valido de Carlos IV, que mantuvo las majas ocultas en el gabinete de su palacio hasta que en 1813 se las confiscaron y las llevaron al Depósito de Secuestros en la calle Alcalá, de donde las reclamó la Inquisición, que las custodió hasta la extinción del Santo Tribunal dos décadas después.

Las malas lenguas decían que Godoy mandó construir un mecanismo para ocultar una u otra pintura, según quién visitara la habitación privada, en la que también había otros desnudos: la soberbia Venus del espejo de Velázquez, ahora en manos de la National Gallery, y varias obras de Tiziano.

Irene se secó la cara con cuidado de no correr el maquillaje, se soltó la coleta y se acomodó la ropa.

Se había serenado y podía regresar al departamento, en el que la esperaba su equipo.

¿Podía confiar en ellos? ¿Por qué habría aludido el francés a Carmela Rojo?

¿De verdad tendrían poder sobre la gente?

Demasiadas preguntas sin respuesta. Cogió aire, acompasó la respiración y salió del servicio cercano al salón de actos sin fijarse en la persona con la que se cruzaba.

Chocaron. A Irene se le cayó la credencial del museo y ambos se agacharon a la vez para recogerla.

En ese momento se dio cuenta de que se trataba de Nacho Garmendia.

Al juntarse en cuclillas, habló:

—Lo has hecho muy bien.

Irene agradeció las palabras con una sonrisa, se levantaron como si no se conocieran y Nacho le entregó la identificación.

—Gracias —dijo Irene.

—Sé en qué monasterio apareció el cuadro.