Capítulo 59
Aún quedaban periodistas en el auditorio que discutían entre sí, faltaba poco para que llegasen a los garrotazos que pintó Goya en la Quinta del Sordo y que tan bien reflejaban el carácter español.
Se les oía levantar la voz desde la trasera del escenario, donde se habían reunido, de manera improvisada, los integrantes de la mesa, salvo la directora de comunicación, que trataba de dar respuestas a los distintos medios.
Irene, apartada unos metros, deseaba huir y regresar al trabajo cotidiano, si a esas alturas fuera posible.
A pesar de que el Prado había confirmado que la pintura era auténtica, el director del museo y Michel Barray no se ponían de acuerdo.
—¡El cuadro debe permanecer aquí! —gritó Francisco Altares para demostrar autoridad.
—Disculpe —respondió Barray, más controlado—, ustedes han cumplido con su misión y han autentificado el Goya. El trabajo está concluido. Y les estamos muy agradecidos.
—Pero no se puede quedar esto así.
—Claro que no. Podemos buscar colaboraciones futuras, préstamos de obras. Las personas a las que represento tienen una magnífica colección. Trabajemos juntos.
—¡No es lo mismo! Nada como La muerte de Clara del Rey. Es única.
—Me temo que el señor Barray tiene razón. La obra es de ellos.
El director miró receloso a Yolanda Cano por apoyar al francés. Le indignó su actitud. Sabía que tendría que cuidar sus palabras a partir de ese momento. Irene, al escuchar ese «ellos», pensó de nuevo en la Corporación y en la inscripción oculta, y recordó el «no te fíes».
—A ver —argumentó Altares, ajeno a las sospechas de la restauradora—, esta es una obra maestra que no debería salir de aquí, creo que en eso estaremos de acuerdo. El Caravaggio que apareció hace unos años y que colgaremos por fin en estas paredes dentro de unos días.
—Se vendió en una subasta y su nuevo dueño así lo decidió —puntualizó Barray.
—Ahora tendría que suceder lo mismo.
—Eso es algo que no controlamos ni usted ni yo.
—¡El Estado español tiene derecho al tanteo y retracto!
Francisco Altares no pudo evitar la vehemencia. El asunto era demasiado grave y la institución se jugaba el prestigio.
—No nos negamos a eso —aceptó Barray—. Pongan mil millones de dólares sobre la mesa y hablamos.
—¡¿Ya lo tienen vendido?!
Barray no respondió. El director, que había resultado más combativo de lo que Irene esperaba, se dirigió a la ministra:
—El Estado lo puede declarar como Bien de Interés Cultural, eso lo haría inexportable.
Los verdes ojos de Barray enrojecieron. Era la primera vez que no controlaba la situación.
—Eso depende del Consejo de Ministros. Ya se vería —respondió Yolanda Cano.
—¡¿Cómo que ya se vería?! —protestó indignado por la manera de dar largas de la ministra.
Irene, cada vez más abrumada por los acontecimientos, recordó las palabras de Max Utiel: «no permita que lo saquen del museo».
—El cuadro… —dijo, y el grupo dirigió la mirada hacia ella, cuya presencia había pasado desapercibida—, el cuadro necesita restaurarse.
No puede viajar así. Ningún comprador lo aceptaría en ese estado y, como afirmó en la cena —trataba a Barray de usted—, somos el equipo más profesional del mundo.
La prensa especializada no entendería que no lo interviniéramos en nuestro taller.
El director, orgulloso de Irene, miró a Yolanda Cano, y esta, a Barray, que, tras sopesar el ofrecimiento, preguntó:
—¿De cuánto tiempo estaríamos hablando?
—Es un trabajo laborioso, aunque ya hemos hecho el estudio previo. Debería permanecer en el Prado al menos seis meses.
Barray anotó la cifra mentalmente.
—No tenemos prisa.
Se despidió de la ministra con un movimiento de cabeza y se dirigió hacia donde estaba Irene.
—Dejo la obra en tus manos.
La restauradora asintió entre atemorizada y entusiasmada por haber conseguido esa prórroga. Cuando ya se iba a marchar, Barray volvió sobre sus pasos y le habló al oído:
—Si te molesta esa tal Carmela Rojo, házmelo saber.
Y se fue.