Capítulo 57
Resultaba difícil coordinar el turno de palabra posterior a la presentación.
Los periodistas, en el patio de butacas, se pisaban las intervenciones hasta que una voz se alzó por encima del resto.
Se trataba de una divulgadora cultural conocida por su agresividad contra los museos oficiales, pero con prestigio en la profesión, ganado con años de críticas en suplementos especializados. La polémica, una vez más, vendía.
—Me consta —dijo en tono elevado, sin necesidad del micro que le ofrecían— que no todo el equipo del Prado está de acuerdo con que sea un Goya auténtico.
Irene pensó en Carmela Rojo, era de la misma quinta y de ideas similares, algo pasadas de moda.
Creían que el arte era un mero debate estético entre eruditos, al margen de los estudios técnicos, en los que no creían.
Y es que era duro de aceptar que los pigmentos o las radiografías pudieran desdecir teorías que llevaban años implantadas o cambiar la autoría atribuida a un cuadro porque se hubiera descubierto la firma gracias a los infrarrojos, como en la investigación del Joven caballero de Carpaccio, y no de Durero, colgado en las paredes del cercano Museo Thyssen.
—Sé —afirmó con agresividad la divulgadora— que ha habido tráfico de influencias, invitaciones a cenas privadas, conversaciones fuera del museo, incluso un ministro dimitido por el camino.
Yolanda Cano interrumpió el discurso, que irritaba también a Irene.
—¡La dimisión de Max Utiel no tiene nada que ver con este asunto! Llevaba varias semanas presentada mientras se buscaba al sustituto ideal, y tan solo coincidió .
La cara de Irene denotó el engaño, pero el auditorio atendía a la ministra.
—Muy preparado, ¿no? —rebatió la divulgadora—. ¿Dónde está el señor Utiel? ¿Por qué no ha explicado nada?
—Se ha publicado su carta de renuncia, donde deja claro que es por motivos personales.
—¿Y ese programa, Aracne? —preguntó otra persona en español con acento alemán—, ¿cómo sabemos que es de fiar?
El director miró a Irene, él mismo tenía dudas. A la restauradora no le quedó más remedio que aceptar el reto. Se irguió en la silla y se acercó el micro.
—Es un programa que hemos desarrollado durante años en el museo junto con un ingeniero de la Universidad de Sevilla.
Créame que es una herramienta valiosísima.
Aracne cuenta los hilos de la urdimbre de la tela y compara diferentes lienzos en busca de patrones, lo que llamamos la densidad espectral de potencia, algo así como la huella dactilar de un soporte.
Se ha utilizado un programa similar en Holanda para autentificar un Van Gogh y a nosotros nos han contactado para analizar tejidos del antiguo Egipto.
La periodista alemana se quedó impresionada por los datos y no rebatió.
—También aprovechamos esta ocasión —prosiguió Irene— para anunciar que el programa se ha colgado en la web del museo, y que es de libre acceso. Si de verdad le interesa, podrá comprobar usted misma cómo funciona.
A Nacho le fascinó Aracne, lo que tuviera que ver con la estadística o los patrones de repetición le apasionaba. Lamentó no haber participado en el diseño del software.
—¿Y cómo va a estar tantos años desaparecida una pintura así? —preguntó un tercer periodista mientras los murmullos aumentaban, también para defender la autoría de Goya.
—Eso tendrán que explicarlo los dueños del cuadro .
Yolanda Cano miró entre telones. Michel Barray estuvo a punto de dar un paso al frente para salir a responder, pero decidió no hacerlo.
Nacho, atento a cualquier detalle, se dio cuenta de la situación, hizo zoom rápido con la cámara del móvil y consiguió captar el rostro del francés antes de que se ocultara de nuevo.
—Señoras y señores —dijo la ministra—, muchas gracias, yo tengo otros compromisos.