Capítulo 56
No les cogía el teléfono.
Desde la comisaría de Móstoles, el inspector Campos había llamado insistentemente al móvil que tenían de la exmujer de Ariztimuño, que estaba apagado o fuera de cobertura.
Los gritos del detenido durante el interrogatorio los habían intranquilizado.
¿Tendría motivos para sospechar que su familia estuviera en riesgo?
Tras algunos intentos más de contactar también a través del fijo de la casa, enviaron a una patrulla para que inspeccionara el domicilio.
Llamaron a la puerta, pero nadie les abrió, ni se oían ruidos en el interior.
Perseveraron hasta que la vecina salió al descansillo y les aseguró que las había visto marcharse la noche anterior como si huyeran.
La niña iba medio dormida, llevaban un equipaje ligero y no se detuvieron a saludarla.
Lola se planteó solicitar una orden de búsqueda; sin embargo, no tenían una base sólida. Entre tanto, Ariztimuño, en la celda, preguntaba constantemente por ellas, cada vez más agitado.
Cuando, un par de horas después, contestaron a la llamada, la mujer se asustó porque la hubieran localizado.
—¡¿Le ha pasado algo a Juan?! —preguntó, abrumada.
—Lo detuvimos anoche, pero no ha sufrido ningún daño —respondió Campos a la vez que ponía el altavoz para que Lola siguiese la conversación—. ¿Ustedes están bien?
—Mire, perdone, es que acabo de encender el móvil y me pilla en un mal momento.
—Están fuera —afirmó .
—No entiendo, ¿qué ocurre?, ¿han ido a mi casa? ¿Ha pasado algo más?
—Tan solo queríamos informarla de la detención —dijo para tranquilizarla—. ¿Dónde está?
—En el aeropuerto de Houston con la niña.
—¿Houston? —repitió Campos sin entender.
La mujer suspiró, les debía una explicación, no en balde eran la autoridad.
—Nos llamaron para confirmarnos que habían incluido a la niña en un programa experimental para tratar su enfermedad —aclaró bajando la voz—.
Lo habíamos solicitado hacía algunos meses, pero no teníamos respuesta.
De pronto, ha ido muy rápido y han sido muy amables. Ya nos habían organizado el viaje.
—¿Quién lo hizo? —quiso saber Campos.
—Los del hospital de aquí. Perdone, que veo a un conductor con un cartel, nos vienen a recoger. ¡Vamos, María!
Ese «vamos, María» sonó con más ilusión que cualquier frase que hubiera escuchado Lola en los últimos meses.
—Comprueba si la salida del país es real —ordenó la inspectora.
Esperaban que, con la buena noticia, Ariztimuño estuviese más colaborador.