No te fíes de ellos Capítulo 54
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Capítulo 54

Lo habían visto tan frágil que decidieron acercarse a la comisaría de Móstoles para interrogarlo allí sin que tuviera que desplazarse de nuevo a la UDEV.

Era un edificio moderno donde se centralizaba a los detenidos para después llevarlos a declarar ante el juez en plaza de Castilla.

El club de fútbol, centrado en el partido de Champions de ese día, se había desentendido de la defensa y el colegio de abogados envió a uno de oficio, que tenía fama de ser buen penalista. El caso iba a ser mediático.

Juan Ariztimuño llegó esposado y con el mismo chándal con el que había entrado en el vestuario días atrás.

El pantalón se le caía, le habían quitado el cordón de la cinturilla y así se evitaba un posible suicidio.

Lola le hizo una señal al agente, que le retiró los grilletes, no resultaba peligroso en ese estado.

El inspector Campos y el abogado tomaron asiento.

El detenido se había negado a hablar con él, prefería terminar lo más rápido posible con el procedimiento.

Etham Vance, que había informado al embajador de los últimos acontecimientos, tuvo que quedarse fuera, cabreado, una vez más.

Ariztimuño se derrumbó en la silla como si fuera su tumba y suspiró. Encogido sobre sí mismo, recordaba al anciano afligido de En la puerta de la eternidad pintado por Van Gogh. Era fácil sentir lástima por él.

Tras las presentaciones y advertencias de rigor, Lola, sin contagiarse por el ambiente, tomó la palabra.

—Creo que tenemos suficientes pruebas para incriminarlo —dijo, y miró al detenido, que no reaccionaba—. Hemos analizado los recortes que encontramos en la pared de su casa del barrio de Estrecho .

Ariztimuño levantó la vista sin entender a qué se refería. La inspectora pensó que estaba aún más desubicado de lo que aparentaba. Prosiguió. Ya que no podían devolver la vida a Emcy, al menos que se hiciera justicia.

—Usted había recopilado datos sobre la cantante durante dos años. ¿Con qué intención?

El acusado miró al abogado y no respondió. Lola decidió informar al letrado y de paso que también lo oyera Ariztimuño.

—Todo indica que llevaba tiempo obsesionado con la víctima. En su ordenador hemos localizado billetes de avión y tickets para un concierto en Londres. Fue el último que dio antes de retirarse temporalmente.

—Yo no estuve en ese concierto —respondió Ariztimuño, en apariencia asombrado.

El inspector Campos, que hasta ese momento tomaba nota de la conversación, sacó el móvil, seleccionó el perfil del detenido en redes sociales y buscó en las fotos.

La mayoría eran de entrenamientos o productos de fisioterapia.

Pero cuando bajabas en el feed dos años atrás, aparecía en la fachada del estadio de Wembley.

Y no por un partido del Real Madrid, sino por el concierto. Se le veía feliz.

Campos se lo mostró.

—¿Es usted? —preguntó el abogado a su cliente.

Ariztimuño se agitó en el asiento: era él. Verse a sí mismo lo sobrecogió. Ya no era un hombre agotado, sino emocionalmente a punto de estallar. Lola hizo una señal al agente que permanecía en la puerta para que estuviera atento.

—¿Cómo supo que el masaje era para la cantante? —preguntó mirando a los ojos del detenido, que trataba de esquivar los de la inspectora.

—Yo no…

—¿Quién se lo dijo? Muy poca gente tenía esa información.

—Yo… no lo sabía, cuando la vi…

—¡¿Qué pasó cuando la vio?!

—En la camilla…

—¡¿Qué hizo?!

La inspectora le apretaba cada vez más, pero Ariztimuño guardó silencio.

—Podemos demostrar lo que decimos. Usted envió un wasap al director de fisioterapia del club en el que se ofrecía para acudir al masaje. Aquí tengo el clon de su móvil, mírelo.

Lola mostró la pantalla del teléfono, en la que se leía el texto de Ariztimuño. El abogado comprobó que era cierto.

El fisio, con los ojos desorbitados, negaba con la cabeza. Sin poder controlarse, le temblaba el cuerpo y le caía la baba por la comisura de los labios. El agente, al verlo, se colocó detrás de él por si tuviera que intervenir.

—¡Quiero hablar con mi exmujer!

—Denos algo antes —respondió Lola, que subió el tono.

—¡Necesito saber que ella y mi hija están bien!

—Las vimos hace un par de días y le aseguro que lo estaban.

—¿Ha…, ha salido en prensa mi detención?

—Sí.

—¡Llámelas usted! Por favor.

—¿Cree que puedan estar en peligro?

—¡¡Llámelas!! —chilló levantándose.

El agente lo sujetó por los hombros y lo sentó de nuevo. El abogado también intentó que se calmara, sin lograrlo.

—¡¿Quién querría hacerles daño?! ¡¿Eh?!

—¡¡¡Llámelas!!! ¡¡¡Llámelas!!!

Ariztimuño perdió definitivamente los nervios y se zafó del agente, tiró la mesa y arremetió contra la inspectora, que le sujetó los brazos con fuerza para evitar la agresión. Entre el agente y el inspector Campos lo trincaron y lo redujeron en el suelo.

¿Se habría vuelto loco?