Capítulo 53
Nada menos que en el salón de actos del Museo del Prado, un auditorio con un diseño moderno y elegante, de maderas caras y butacas oscuras, en el que cabían cuatrocientas personas.
No se llenaría, pero habían concedido la acreditación a cualquier periodista que la hubiera solicitado, profesionales de multitud de medios y países.
La dirección y el Ministerio de Cultura querían que nadie se quedara fuera.
Podía resultar una encerrona para Irene, ya que estaba previsto un turno de preguntas.
En el taller de restauración, los profesionales deambulaban nerviosos y desnortados.
Irene vestía un traje de chaqueta entallado pero sobrio, de color gris marengo, que le hacía parecer aún más profesional de lo que ya era.
Con las gafas puestas y apartada de los compañeros, repasaba las notas que había apuntado en un pequeño cuaderno.
Le costaba centrarse. Se esforzó por memorizar el esquema, no quería proyectar inseguridad si lo leía.
Primero, explicaría el tipo de estudio que habían elaborado y hablaría de la profesionalidad del equipo, entre los mejores del mundo.
Tras eso, las conclusiones técnicas. Pretendía ser transparente y poner sobre la mesa las incertidumbres surgidas en el proceso.
Le vibró el móvil. Sin mirarlo, lo colgó para no distraerse y subrayó con fluorescente amarillo un par de conceptos que no quería olvidar: «temática femenina», que tendría buena aceptación, y «pincelada expresiva».
Iba a tomar una última nota en la esquina de la hoja cuando el móvil insistió.
Miró la pantalla y se quedó helada: «Max Utiel», el ministro de Cultura recién dimitido .
Se quitó las gafas y descolgó con miedo. Por suerte, el taller era grande y podía alejarse para hablar con intimidad.
—¿Sí? —acertó a decir con voz temblorosa.
—¿Irene Llamas?
—Soy yo.
—Max Utiel.
La voz era reconocible, siseaba ligeramente.
—Sí, lo sé, me llamó el día del concierto.
—Así es, disculpe que no la recibiera al día siguiente como le prometí.
—¿Qué ocurrió?
—Es complicado de explicar por teléfono, pero ya supondrá que no estaba en mi intención dimitir esa noche.
—Entonces, ¿por qué le sustituyeron?
—Entiendo que quiera información, y le prometo que buscaré la manera de que nos veamos, pero ahora necesito saber si son ciertos los rumores que aseguran que el cuadro es auténtico.
A Irene le costó responder, todo el mundo la intimidaba.
—No puedo decírselo.
—Créame que necesito saberlo.
—Comunicaré la opinión del departamento en la rueda de prensa.
—Pero la han presionado.
—¡Claro que me han presionado! Mi director, los medios…, la nueva ministra. También ese tal Michel Barray, ¿lo conoce?
Max Utiel no contestó.
—Si el cuadro fuera auténtico, señorita Llamas, no permita que lo saquen del museo bajo ningún concepto.
Y colgó.
Irene se quedó con el teléfono en la oreja y con la vista perdida en el maravilloso claustro restaurado de los Jerónimos, que asomaba a través del ventanal del taller.
¿A qué había venido esa llamada? ¿De parte de quién estaría Max Utiel?
¿Qué opciones tenía ella para cumplir el mandato de que el cuadro no saliera ?
La situación la sobrepasaba.
—¡¡Irene!!
Se giró; el director caminaba hacia ella. Iba elegante, con un traje azul y una pajarita que no conseguía ahuyentar sus nervios.
—Ha llegado la prensa. Tenemos que bajar.