Capítulo 51
Irene no tenía capacidad para entender su vida de lo rápido que sucedían los acontecimientos y de lo misteriosos que resultaban.
En menos de una semana, creía haber descubierto una joya del arte; pero también había estado en peligro de muerte por la avalancha del estadio, discutido con su chico, y había sido presionada por su director e incluso por la ministra de Cultura.
Sin mencionar a la prensa cultural, que, ansiosa y crítica, esperaba noticias.
De madrugada, desde el sofá del dormitorio, intercambiaba mensajes por Telegram con un extraño mientras Carlos dormía.
Y es que el tipo al que había conocido de una manera rocambolesca había confiado en ella al revelarle su verdadera identidad y lo que sabía sobre la supuesta Corporación.
Un gran riesgo que, según el propio Nacho, jamás corría.
La luz permanecía apagada. A través de las ranuras de la persiana se colaba el resplandor cálido que provenía de la farola de la calle y dibujaba caprichosos hilos en la piel de Irene, que vestía un camisón ligero.
«¿Qué relación podría tener Emcy con Goya?», escribió en el móvil, y lo envió.
«No estoy seguro, pero ambos son artistas», respondió Nacho casi de inmediato.
«Me dijiste que había otros casos, no solo pintores».
En la pantalla de Irene se veía que Nacho albañil escribía. Se impacientó, tardaba en recibir el siguiente mensaje. Carlos se dio media vuelta en la cama, sin despertarse .
«Eso creo. Recopilo más casos: Leonardo da Vinci, Kafka, Jim Morrison… Llevo tiempo estudiando cada vez que sale una nueva obra de arte de cualquier género. Sucede desde hace mucho, pero ahora resulta más sencillo hacer el seguimiento porque tenemos acceso a miles de datos».
«¿Me estás queriendo decir que alguien se dedica a robar cuadros o novelas y los saca a la luz años después?».
«Bueno, no digo que los roben. El artista lo denunciaría, creo. Quedaría un registro. Tiene que ser más complejo».
«Entonces ¿los cederían de manera voluntaria?».
«No lo sé».
A Irene, el «no te fíes de ellos» le volaba la cabeza. No podía mantenerlo por más tiempo en secreto y decidió compartirlo con Nacho. Empezó a teclear.
«Hay una cosa que no te he comentado».
Se detuvo para ver cómo lo explicaba. Escribió y borró un par de veces. Nacho, impaciente, le envió un mensaje para que prosiguiera.
«…».
A Irene le molestaron las prisas. Aun así, le envió la respuesta.
«He encontrado un mensaje en el lienzo de Goya y no se lo he contado a nadie. Estaba oculto, pero con la radiografía he conseguido leerlo».
«¿Qué dice?».
«No te fíes de ellos».
Nacho valoró qué podía significar esa advertencia y escribió: «¡Joder, eso querría decir que los artistas son engañados, ¿no crees?!».
«O amenazados. Tal vez los chantajeen».
Cada vez chateaban más deprisa, el intercambio de ideas los estresaba. Era más complicado hacerlo por el móvil que si hablaran, pero Irene prefería no dejar rastro de la llamada.
«¿Has hecho radiografías de todo el cuadro?».
«No, solo de algunas secciones».
El lienzo era enorme y el adelanto de la rueda de prensa la había pillado desprevenida.
«¡¡Podría haber más mensajes!! O en otras pinturas posteriores del propio Goya. ¿Lo comprobarías?» .
Era muy arriesgado iniciar ese camino a espaldas del museo.
Se jugaba el puesto de trabajo y quién sabía si algo más.
Levantó la cabeza y vio a Carlos arropado con el edredón.
¿Qué hacía con su vida? Ella no era policía, tan solo restauraba pinturas.
Los acontecimientos la desbordaban, pero la curiosidad por conocer la verdad era ineludible.
Y el haber dado con una persona con intereses comunes le generaba confianza.
«¿Irene?».
«Sí, podría», tecleó por fin.
«Ten cuidado, no sabes quién puede estar detrás de esto aparte del tal Barray. Por cierto, lo he buscado en Internet, no hay nada sobre él».
«Yo también lo hice. Ni rastro».
«Es complicado borrar los datos. Deben de tener una gran capacidad de manipulación. Podría haber gente en el museo que trabajase para ellos y en la que no deberías confiar».
Irene ya lo había pensado, pero leerlo de madrugada en la semioscuridad del dormitorio la atemorizó.
¿Cómo era de grande lo que ocurría? El director la había presionado, pero no tanto como la ministra.
De ella sospechaba más. ¿Clarice, la fotógrafa?
Era compañera desde que trabajaba en el Prado.
Con el químico se llevaba bien por lo excéntrico que era, aunque no lo conocía en profundidad.
¿La nueva becaria? Era mejor no darle vueltas o se desvelaría definitivamente. Se le escapó un suspiro profundo.
Y Carlos se despertó. Movió el brazo para comprobar si Irene estaba a su lado y, al no encontrarla, se incorporó y la contempló acurrucada en el sofá. La pantalla le iluminaba la cara de culpabilidad.
—¿Con quién te escribes? —preguntó, mosqueado.
—Con gente de mi equipo —mintió con soltura.
Carlos se giró a la mesilla donde cargaba el móvil y comprobó la hora.
—¿A las cuatro de la madrugada?
—Mañana es la rueda de prensa.
—Uf, a ver si acaba esta locura de una puta vez —dijo, y se dio media vuelta .
Irene se sintió desleal, no compartía sus inquietudes con su chico, sino con un tipo al que acababa de conocer. Regresó al teclado.
«Te tengo que dejar, mañana va a ser un día muy difícil».
Envió el mensaje y tomó la precaución de borrar el chat antes de regresar a la cama.