No te fíes de ellos Capítulo 50
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Capítulo 50

La primera detención siempre es dura.

Juan Ariztimuño no sabía lo que le iba a deparar esa noche, que prometía ser muy larga.

Y es que la burocracia policial es compleja.

Primero acudirían a la sede de la Jefatura Superior de Policía, en la avenida del Doctor Federico Rubio y Galí.

Tras leerle sus derechos, se abriría la página amarilla con sus datos, para la que le tomarían las huellas de los diez dedos y fotografías del rostro.

Tendría la oportunidad de hacer una única llamada a quien determinara y solicitar un abogado.

Después, lo llevarían en un furgón uniformado a la sede de Móstoles, donde le volverían a coger las huellas para comprobar que fuera el mismo detenido, e ingresaría en la celda, no sin antes tomárselas por tercera vez y quitarle los cordones de los zapatos y el cinturón para evitar un posible suicidio.

Un escrupuloso procedimiento que garantizaba la cadena de custodia del detenido, pero que también lo agotaría. Aún más de lo que ya estaba.

Cuando hubieron terminado de registrar el local en el que se escondía, lo montaron engrilletado en el asiento trasero del Opel Corsa flanqueado por el inspector Campos y otro agente.

El tipo estaba extenuado, como si el asesinato de Emcy hubiese sucedido hacía diez años.

Olía mal, llevaba días sin acercarse a una ducha, ya que el local tenía el agua cortada.

No se había preparado la huida, sin ropa de cambio ni apenas comida y bebida.

Sí tenía el móvil, pero no el de Emcy, lo que devolvía las sospechas al entorno de la cantante .

Lola conducía mientras un segundo vehículo trasladaba al letrado de la administración de justicia a la plaza de Castilla para que entregara el acta de entrada y registro.

La maquinaria penal estaba en marcha. En la radio, las noticias de la noche hablaban del cuadro de Goya y de la rueda de prensa convocada para el día siguiente.

Por lo que comentaban los tertulianos, el asunto iba a ser polémico; había mucho dinero en juego. Y el prestigio de la institución.

Ariztimuño, sin levantar la vista, habló:

—¿Qué día es hoy?

Lola apagó la emisora y miró por el retrovisor.

—¿No lo sabes? —preguntó tuteándolo. Pretendía que la conversación fuera distendida.

—No estoy seguro.

—Es 7 de mayo —respondió Campos—, han pasado cinco días desde el asesinato de Emcy. Ahora te llevamos a jefatura y mañana pasarás a disposición judicial.

Lola se giró e intercambió una mirada con el inspector, el detenido estaba desorientado. Se le veía demacrado y sacaba constantemente la lengua para mojarse los labios.

—¿Tienes sed?

Ariztimuño asintió.

La inspectora cogió una botella empezada que tenía en la puerta del coche y se la entregó al inspector Campos para que la abriera y se la diese al detenido, que levantó las manos esposadas y bebió con fruición. Estaba hambriento y deshidratado.

—¿No has comido?

—Poco —musitó.

—¿Por qué estabas escondido? —preguntó Lola mientras entraba en Spotify y recorría las listas de canciones que tenía guardadas. Se detuvo en The end y la pulsó. Los altavoces del coche, aunque de mala calidad, reprodujeron con la suficiente fidelidad el tema más conocido de Emcy.

Ariztimuño no contestó a la pregunta, seguía sumido en sus fantasmas. Y tampoco reaccionó a la música .

—Si te molesta, la apago.

Al ver que el detenido se encogía de hombros, Lola se mosqueó. No daba la sensación de que la canción le influyera en el estado de ánimo, a pesar de que era la que más reproducciones tenía de su propia lista.

—¿No la conoces?

Ariztimuño negó con la cabeza.

Lola y el inspector Campos se entendían sin hablarse. A ambos les sonaba sincero.

Y si no conocía el tema, ¿quién había elaborado la lista? ¿Por qué estaba en su perfil de la aplicación?

Ariztimuño levantó por primera vez la mirada.

—Tengo miedo…