No te fíes de ellos Capítulo 49
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Capítulo 49

Era de noche cuando Irene salió del Museo del Prado de camino a casa.

Le daba pereza coincidir con Carlos tras el disgusto del desayuno. No habían hablado en todo el día, ni un mínimo intercambio de mensajes. Era como si la estuviera castigando con su silencio.

Había refrescado, pero la noche era agradable, por lo que decidió volver a pie, a pesar de que tardaría casi una hora.

Necesitaba despejarse después de las pruebas que había realizado.

El programa Aracne, que ella misma había diseñado junto con un ingeniero de la Universidad de Sevilla, funcionaba.

Era una tecnología sofisticada, capaz de analizar los hilos con los que estaba confeccionado un lienzo y compararlos con otros.

Si subías las radiografías a la aplicación, esta mostraba la urdimbre vertical del soporte, algo tan preciso e irrepetible como la huella dactilar.

Tenían realizado el estudio de las telas de lino de La carga de los mamelucos y de Los fusilamientos, y acababa de examinar la de La muerte de Clara del Rey.

Las tres estaban elaboradas con un tejido muy especial y costoso, que se empleaba para vestir altares litúrgicos y obras exclusivas de gran tamaño.

Goya apenas lo utilizó, tan solo en las pinturas relacionadas con el levantamiento y en el retrato de la condesa de Chinchón.

Al cotejar el nuevo cuadro, había descubierto algo que la dejó impactada.

Cuando atravesaba la calle Goya hacia el cruce con Alcalá, donde estaba instalado el gran busto del pintor esculpido por Víctor Ochoa, se sintió terriblemente sola.

Se detuvo en el semáforo y miró la expresión seria de Francisco de Goya y entendió las consecuencias de lo que anunciaría al día siguiente.

Sabía que se formarían dos bandos y que la atacarían incluso desde dentro de su equipo.

Pero, como le había dicho Barray y antes el ministro Max Utiel, ella era íntegra, o al menos lo pretendía.

Lo peor era que no podía compartirlo con nadie.

Salvo, quizá, con Nacho. No entendía por qué, pero desde el encuentro en la ermita y el mensaje de Telegram posterior, había empezado a interesarse por sus teorías.

Era demasiado maniático como para fingir, y no tenía intereses en el asunto, nada que ganar, solo conocer la verdad, una pasión que ambos compartían.

Sus dedos, guiados por la ansiedad, sacaron el móvil del bolso, buscaron el contacto del fingido albañil y llamaron. No le respondió, ni tampoco saltó el buzón de voz. Se preocupó: ¿le habría sucedido algo?, ¿estaría en peligro?

No insistió, arrepentida del atrevimiento, y reanudó el camino hacia la plaza de Manuel Becerra envuelta en pensamientos conspiranoicos.

Le vibró el teléfono. Pensó que sería Carlos para preguntarle a qué hora llegaría. No le apetecía contarle sus conclusiones. A pesar de eso, miró el móvil: Nacho. Se sorprendió a sí misma al descolgar con rapidez al supuesto albañil.

—Hola —dijo preocupada—. ¿Estás bien?

—Sí.

—No me has cogido antes.

—Perdona, tomo mis precauciones.

—Claro.

Se quedaron en silencio, el sonido de la ciudad se había extinguido e Irene solo escuchaba sus propios latidos.

—¿Podrías… averiguar una cosa? —preguntó.

—Dime.

—Tengo algunos datos sobre el lugar en el que se supone que encontraron el cuadro. Me los dio el representante de los dueños .

—¿Cómo se llama?

—Michel Barray, es francés. Si te los mando ¿crees que podrías localizar el monasterio? —preguntó la restauradora.

—Envíamelos.

En la cena, Barray había comentado varios detalles y, aunque no sabía si serían suficientes, compartirlos era una manera de poner a prueba la capacidad de investigación de Nacho.

—¿Querías contarme algo más? —dijo Nacho tras unos segundos.

—Solo eso.

En realidad, la restauradora habría querido plantearle las preguntas que le pasaban por la cabeza sobre la posible autenticidad de la obra, pero, al fin y al cabo, ellos casi no se conocían. Iba a colgar cuando el matemático le pidió que esperara, que él sí tenía una noticia que darle.

—¿Sobre el cuadro?

—No, sobre Emcy.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver con esto? —preguntó Irene.

—No lo sé, pero las menciones en Internet aumentaron en un sesenta y cuatro por ciento los días previos y un cien por cien el día del asesinato.

—Igual que con el Goya —reflexionó Irene, asombrada.

—O antes con el Caravaggio, o el Rembrandt. Y hoy se han incrementado las noticias de ambos, de Goya y de Emcy, en un trescientos por cien. En paralelo. Con la misma estructura de bots.

—¿Quieres decir que detrás de ambos incidentes podría estar la Corporación?