No te fíes de ellos Capítulo 48
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Capítulo 48

Tercer intento, tercera puerta por romperse y tercera posibilidad de errar.

—No ha utilizado las tarjetas de crédito en estos días y el móvil continúa sin cobertura —dijo Campos a la inspectora—. Lo debió de apagar durante el viaje en el taxi, porque se desconectó cerca de la avenida de Filipinas.

—Ese dato me tranquiliza un poco, a la jueza no le ha hecho gracia esta nueva petición de entrada y registro.

Campos, al que le pesaba la presión a la que estaban sometidos, se terminó de ajustar el chaleco.

—Estoy listo.

En el exterior, llegaba la noche y se encendían las farolas de la calle Galileo.

Había pocos viandantes, sería sencillo cortar el paso.

No entrarían por el acceso que daba a la calle, sino a través del portal.

En el plano habían comprobado que el inmueble no era grande, pero sí muy compartimentado.

Eso complicaría la intervención. Y, al estar de reformas, la distribución podría haber variado.

Dos policías se quedaron fuera para evitar que algún peatón despistado pasara o que el sospechoso huyese por la salida de la fachada.

Los otros tres, más los inspectores Baltanás y Campos, caminaron hacia el objetivo.

El equipo se entendía con miradas y pequeños gestos.

Una vez que hubieron llegado a la puerta, comprobaron las armas y el ariete para derribarla.

Con la aquiescencia de Lola, la golpearon.

Cedió al primer intento y se internaron con rapidez.

Encontraron una recepción amplia y un pasillo largo con despachos.

La distribución era similar a la del plano.

Había botes de pintura, una sierra de azulejos, escaleras de mano y plásticos que colgaban del techo al suelo, lo que dificultaba el avance y aumentaba el peligro.

No había nada en la primera cabina. La segunda estaba también vacía, y la tercera.

Quedaba otra al fondo, cerrada. Escucharon un ruido y se prepararon por si el sospechoso oponía resistencia.

Al abrir la puerta se toparon con un hombre de pequeño tamaño que los esperaba de rodillas con los brazos en alto. Temblaba.

—¿Juan Ariztimuño? —preguntó Lola.