Capítulo 46
A pesar de que el taxista se había empeñado en llevarlos en su vehículo, los inspectores prefirieron el policial camuflado.
Hicieron el recorrido íntegro, lo que contribuyó a que el conductor les parafraseara cada diálogo que habían intercambiado, aunque Ariztimuño apenas hubiera abierto la boca salvo para variar la dirección a la que le guiaba.
Al taxista el cinturón lo agobiaba, pero no se atrevía a quitárselo por si le regañaban los policías, aunque no fueran municipales. Por fin atravesaron el túnel de Islas Filipinas. El trayecto se le había hecho muy largo sin su botella de agua.
—Ahí es donde me dijo que girara. Así que lo hice… Eso es —dijo aprobando la conducción de la inspectora Baltanás—. Nos detuvimos a mitad de manzana, más o menos.
Lola aparcó el coche en un hueco que se quedaba libre y el trío se bajó. El taxista, que fue el último en hacerlo por su envergadura, valoró el espacio de manera teatral.
—El tío se quedó como pasmado —lo imitó—, así que yo continué hasta el semáforo, miré por el retrovisor y vi que se ponía a andar.
—¿Adónde fue?
—Retrocedió. Yo estaba lejos, pero crucé el coche como si fuese a meterme en la gasolinera y bajé la ventanilla para verlo mejor.
—¿Entró en algún sitio?
El taxista señaló los locales cercanos y se pusieron en marcha. Lo primero que ubicaron fue una gestoría. Se asomó.
—Tuvo que ser en uno de estos .
—Trate de disimular un poco —dijo Lola—, no sabemos qué relación podría tener con los dueños.
—Claro, claro, a mí estas cosas se me escapan, pero díganme ustedes. Yo aprendo deprisa, ya verán.
Era como si el taxista pensara colaborar durante un tiempo largo con los policías, algo poco probable.
—Fue más allá —concluyó.
Caminaron hacia la esquina. Lo siguiente era una pastelería.
—No tiene pinta —afirmó el taxista, convencido.
—¿Y el portal?
—Yo creo que no. Más atrás. Estaba bastante lejos, pero tengo buena vista, ¿eh? Dicen que las pantallas la estropean, pero conducir te ayuda a fijar la mirada. Tienes que estar en todo, que si uno te pasa por la izquierda, otro te hace una pirula.
Llegaron hasta el primer local que hacía esquina con la avenida de Filipinas, por la que habían girado unos minutos antes: un centro estético cerrado por reformas.
No se veía el interior. Los inspectores intercambiaron una mirada; Ariztimuño podía tener vinculación profesional con ese negocio.
Era la opción más probable, pero tendrían que comprobarla.
Lola se giró interrogativa hacia el testigo, que corroboró la hipótesis con un gesto.
—Muchas gracias.
—No me van a acercar al taxi, ¿verdad?
La cara de Lola dejó claro que no.
—Nos ha sido de gran ayuda. En serio.
—En ese caso, feliz. Lo que haya que hacer por contribuir al bien común. Tienen mi teléfono, así que cualquier cosa, ya saben. Pero no pienso coger un Uber de vuelta, claro —dijo, y soltó una risotada que contagió al inspector Campos.
Una vez solos, se acomodaron en el vehículo camuflado sin perder de vista el local.
—Llama a Fanjul, que estará en la oficina, a ver a quién pertenece —solicitó Lola .
Esperaron unos minutos que se les hicieron largos. Ya habían fallado dos veces, y no les hacía gracia equivocarse una tercera. Necesitaban buscar una conexión con el local. Por fin, les devolvieron la llamada.
—En el registro de la propiedad figura que lo han adquirido hace cuatro meses —explicó Fanjul, un subinspector solícito recién incorporado al grupo.
—¿Está a nombre de Ariztimuño?
—No, de una empresa.
—Echa un vistazo al registro mercantil para comprobar los socios.
—Ahora os digo.
Otros tantos minutos en el coche. Esa era la vida de un policía, las tronchas eran más habituales que los momentos de acción, aunque había que estar preparado para ambos.
Lola había escuchado que así era la guerra: una aburridísima espera y, de pronto, se liaba parda, con infinitos disparos en medio del caos. Después, tocaba aburrirse de nuevo.
El móvil que tenía en la mano el inspector Campos vibró.
—¿Pertenece a Ariztimuño? —preguntó al contestar.
—No. Pero la apoderada tiene el mismo apellido. Creemos que se trata de su hermana, aunque vive en Italia.
—Pide la autorización judicial y un equipo de intervención.