Capítulo 45
—¡Es una maravilla!
Yolanda Cano, la nueva ministra de Cultura, contemplaba el posible Goya flanqueada por Francisco Altares, que sonreía satisfecho, e Irene Llamas, trastocada por la visita.
Demasiada gente involucrada en la toma de decisiones.
Por una parte, su equipo, dividido en dos facciones, en la que la principal oponente era Carmela Rojo; y por otra, los cargos oficiales: su propio director y ahora la ministra.
Necesitaba quitarse el ruido de la cabeza.
Sabía que la observaban y que un «no estoy segura» no iba a bastar y, probablemente, le costaría el puesto.
¿De verdad deseaba ser la directora del departamento? Durante el proceso de selección se lo había negado a su chico e incluso a sí misma. Pero es bien distinto que te destituyan nada más nombrarte, el sector lo sabría y sería un descrédito imposible de remontar.
—A mí me parece igual igual —repitió— a los otros dos cuadros del levantamiento. —La nueva ministra hablaba con un ademán encantador; era una estupenda relaciones públicas—. Y el protagonismo femenino es oportunísimo.
—En la historia del arte las mujeres han estado arrinconadas como esposas de, musas o representaciones mitológicas. Aquí la importancia es por ella misma —explicó el director.
—Me han comentado que se trata de Clara del Rey.
—Con su familia. Ella murió el 2 de mayo al defender Madrid.
Y también su marido y uno de los hijos. Pero la intervención de Clara elevó la moral de los combatientes.
Está reflejada en otras representaciones pictóricas: las de Sorolla, Manuel Castellano o Leonardo Alenza, pero aquí es el personaje principal.
—¿No lo ve usted así, señorita Llamas? —La ministra se giró ante la inexpresividad de la restauradora, a la que no le quedó más remedio que contestar.
—Perdone, trato de no guiarme por sensaciones. La obra técnicamente es muy interesante, está en época, pero no todo encaja. Nos faltan por hacer varias pruebas.
—Háganlas, háganlas. —Miró al director—. Seguro que confirman nuestras sensaciones, ¿no cree?
Francisco Altares aceptó.
—Si quiere, ahora bajamos a ver los otros dos, que están en las salas —propuso para terminar con el momento de tensión.
—Ah, me encantaría, nunca los he visto en persona.
Irene torció el gesto sin que se le notara ante el fingido entusiasmo de Yolanda Cano.
—Aunque tengo poco rato. Ya sabe, el ministerio devora tu tiempo.
—Voy a organizarle una visita rápida con nuestra mejor guía. Deme solo un minuto.
El director se alejó acelerado y la ministra se quedó a solas con Irene. Ambas miraban en dirección a la pintura sin dirigirse la palabra. La restauradora, congelada, esperaba que se marchara a la sala lo antes posible.
Pero no iba a ser tan sencillo librarse de ella.
—Me dicen que el anterior ministro la contactó para verse con usted.
Irene no se esperaba ese comentario.
—Bueno…
Su actitud la delató. No podía negarlo. Las asistentes del ministerio le habrían contado la infructuosa reunión.
—¿Qué quería?
—Me citó en el ministerio, pero cuando fui ya había dimitido. No llegamos a coincidir .
—Una pena, era un gran ministro. Pero ya sabe, estos cargos queman mucho y complican la vida personal. ¿No le dijo de qué quería hablar?
—No, lo siento.
—¿Y no le extrañó la llamada?
—Mucho, estaba en el concierto de Emcy, fue muy impreciso.
—Yo también estuve, pobre chica.
Irene asintió sin dejar traslucir sus sentimientos.
—Supuse que me quería preguntar por el cuadro, como usted ahora.
—Claro. El cuadro de Goya.
Irene se quedó en silencio de nuevo.
—¿No?
—Necesitaríamos algo más de margen para afirmarlo con la debida seguridad.
—Han tenido tiempo —dijo la ministra sin perder la sonrisa—. Mañana hay convocada una rueda de prensa aquí en el museo para dar la buena noticia.