No te fíes de ellos Capítulo 44
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Capítulo 44

Cuando Lola irrumpió en el despacho de la UDEV, el inspector Campos llevaba un rato sentado con el testigo.

Era una persona obesa y simpática, al borde de la jubilación e impaciente por colaborar.

Eso le hacía hablar en exceso y dar detalles innecesarios.

Sudaba bajo la camisa de cuadritos marrones de manga corta y bebía con fruición de una botella de agua.

—Inspectora Baltanás —se presentó.

—Soy el taxista —respondió el testigo, que no creyó necesario decir su nombre, ya que era su profesión la que le había llevado hasta allí.

—Por lo visto —explicó Campos—, vio la fotografía de Juan Ariztimuño en la prensa.

—Bueno, en la página del AS, en realidad.

En la web. Ya nadie lee en papel, ¿no? La verdad, el careto del tipo estaba por todos lados.

También en el Marca. Al principio no caí, estaba distinto, más repeinado.

Ahí estaba yo, desayunando con mi señora, y le digo: coño, con perdón, a ver si va a ser al que monté el otro día en el taxi.

—Lo cogió a la salida del estadio —explicó el inspector Campos por hacer más corto el relato.

—Eso es, eso es. Tenían que ver cómo abrió la puerta el tipo, sin que me detuviera siquiera.

Tenía prisa, estaba claro. Hasta me asusté.

Fíjese qué tontería, yo, que he hecho turno de noche en las peores zonas de Madrid.

¡Anda que no he llevado yonquis en los ochenta!

—El taxista se fijó en la cara de ansiedad de la inspectora y comprendió que debía avanzar.

Antes, le dio otro sorbo a la botella de agua—.

Perdón, es que estoy seco. El caso es que cuando me volví para mirar ya estaba dentro.

Me dijo la calle, que, en realidad, estaba muy cerca, en el barrio de Estrecho .

Los inspectores se miraron, era la dirección de la casa del fisio, sin duda.

—Huía de las aglomeraciones del estadio. Era una locura lo del concierto ese. Es que tenían que haber puesto el campo en otra parte, como el Metropolitano. Yo es que soy del Rayo…

—Perdone —le interrumpió Lola—, entonces ¿le llevó hasta su casa?

—Sí, bueno, no. O sea, llevarlo lo llevaba, pero no llegamos.

—¿Qué pasó?

—Yo iba con la radio puesta. Ya sabe, son muchas horas en el taxi, y si no te acompaña alguien… A mí me gusta el Expósito ese, es un tipo muy natural; al pan, pan, y al vino, vino, ya me entiende.

—Creo que sí. ¿Y entonces?

—Pues estaban hablando en la tertulia del incidente en el estadio. Corría el rumor de que a la cantante le había ocurrido algo. Yo creo que fue al escuchar eso cuando me gritó.

—¿Le gritó?

—¡¡Pare!! Joder, yo di un frenazo que casi me da por culo el de atrás, perdonen que les diga.

—¿Por qué quería parar, vio algo?

—No, no, ya le digo, yo pensé que era por lo que decían en la radio.

Fue muy raro. Se quedó dudando, yo ahí parado, los coches pitaban.

El tío se frotaba las manos, nervioso. Olía como a mentol.

Me preguntó que si podía llevarlo a un pueblo de la sierra.

Le dije que sí, claro, hay pocas carreras tan buenas como esa.

—¿A Los Molinos?

—¿Cómo lo saben?

—Cosas nuestras. ¿Y le llevó?

—Tampoco —negó el taxista, que necesitaba beber más agua—.

Según daban en la radio más detalles de los incidentes con las fans, veía por el retrovisor que se angustiaba.

Ya me mosqueé, en el taxi somos un poco psicólogos.

Le hice un montón de preguntas: que si eres de aquí, que si en qué trabajas… Pero el tío no soltaba prenda. Nada .

—¿Y qué pasó después?

—Al pasar el túnel de Islas Filipinas me dijo que siguiera un poco y girara a la derecha por la calle Galileo y que me detuviera allí.

Me tiró un billete de cincuenta sin mirarme y se bajó tan deprisa como se había subido, pero se quedó parado esperando a que me fuera.

Muy sospechoso. Yo me alejé hacia el semáforo, que estaba en rojo.

Cruzó la calle de mala manera, casi lo atropella un Uber de esos, tenía que ver cómo se puso el conductor. Muy maleducado.

—¿Y vio qué hizo?

—Me dio la impresión de que se metía en un local.

—¿Sabe cuál era?

—No. Pero podría llevarlos hasta ahí. ¿En serio creen que ese canijo asesinó a la chica?