No te fíes de ellos Capítulo 42
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Capítulo 42

La recibieron en la residencia particular.

Desde lo sucedido, a James Stein, el embajador de los Estados Unidos en España, le costaba acudir al despacho oficial.

Prefería resolver los asuntos sin alejarse de su zona de confort.

No es que temiese que hubiera un complot contra personalidades estadounidenses, tan solo había desarrollado un principio de agorafobia que lo tenía bloqueado.

El recorrido estaba repleto de arte contemporáneo, que mezclaba lo abstracto con lo expresionista y lo figurativo. Los decoradores se habían ocupado de incluir artistas españoles como Chillida o Cristina Iglesias.

Lola, guiada por Etham Vance, entró en el salón del piano, donde los esperaba James Stein con una chaqueta azulona, pantalones blancos y sin calcetines. Un detalle que a la inspectora le recordó a Julio Iglesias con aspecto yanqui.

El lugar era amplio, formado por varios ambientes clásicos con toques orientales; la zona de sillas tapizadas en terciopelo dorado, una pareja de butacas de estilo Imperio y un sofá de tres plazas, todo diseñado por artistas de renombre.

Presidía las paredes azules el retrato del supuesto cocinero de George Washington cedido por el Museo Thyssen.

A través del ventanal se adivinaba la piscina.

—Embajador —dijo Lola ofreciéndole la mano—. Supongo que estarán siendo unos días difíciles.

—Aún no me hago a la idea —respondió Stein, que había dejado la mano sin vida—. Y lo de las seguidoras en las avalanchas… Es terrible .

Lola esperó unos instantes para que se recuperara, lo que aprovechó para tomar asiento. Etham Vance permaneció de pie.

—En un par de días llegará el fiscal —anunció James—. Es un profesional fiable, de primer nivel. Para el Gobierno, aparte del drama personal, es un tema relevante.

—Para la policía española también, la muerte de cualquier ciudadano exige lo mejor de nosotros.

—En este caso se suma la repercusión internacional —intervino Etham Vance—. El planeta entero hablará de la investigación.

—Intentaré salir guapa en la rueda de prensa.

El embajador hizo un gesto sutil al miembro del FBI para que no fuera agresivo.

—¿La víctima podría tener algún enemigo que no supiéramos? —preguntó Lola—. No queremos descartar ninguna hipótesis.

—A ver, una personalidad tan arrolladora como la de Emcy no deja indiferente a nadie —apuntó James Stein—, pero, que yo sepa, no había recibido amenazas.

Etham Vance negó, no las había recibido.

—Tenía veintisiete años, ¿verdad?

—¿Por qué me pregunta la edad?

A Lola le sonó que respondía a la defensiva, pero no lo acusó.

—Era solo por asegurarme para el informe —mintió. Sentía incomodidad por dar pábulo a las teorías conspiranoicas de su hija—. Tenemos el nombre completo, pero nos faltaba ese dato.

—Veintisiete, sí, recién cumplidos —añadió con tristeza—. ¿Qué se sabe del fisioterapeuta? Ya nos ha comentado el agente Vance lo que encontraron en el piso.

—No le voy a ocultar que es nuestro principal sospechoso.

—Nosotros podemos poner a su disposición tecnología punta para la investigación, escuchas por satélite… Si necesitan cualquier cosa, nos lo hace saber.

—Por supuesto. De momento, seguimos pistas fiables, queda menos para que lo localicemos —aventuró Lola, que no tenía datos reales para ser tan rotunda .

Etham Vance miró a la inspectora, pero decidió encubrirla. Por una vez.

El embajador tomó aire para coger fuerzas, le iba a costar hacer la siguiente pregunta:

—¿El club ha podido tener algo que ver?

—No tenemos motivos para afirmarlo —respondió categórica—. Ariztimuño se ofreció a acudir al estadio y no tenían por qué sospechar de él.

La respuesta alivió al embajador, que tenía muy buena sintonía con el presidente.

—Está sin concretar el tema del teléfono —sondeó la inspectora.

—Nos aseguran que no estaba en el camerino. Se lo debió de llevar el fisioterapeuta.

—¿Y alguien de la agencia de representación?

—No nos consta que así sea. Cuando se encuentre, habrá que manejarlo con discreción. Hay muchos intereses involucrados.

—¿Creen que puede contener material delicado?

—Nada en concreto, pero son chicas jóvenes, ya se imagina lo que mandan por ahí. ¿Tiene usted hijos, inspectora?

—Una niña, todavía es pequeña. —No estaba tan segura de que no intercambiase fotos atrevidas con sus amigas o amigos. ¿Por qué había recogido tan rápido la otra noche cuando oyó la puerta? ¿Solo por el vapeador?—. Nos habría gustado hablar con la mánager de la gira —dijo.

—Tuvo que regresar a Estados Unidos para explicar lo sucedido.

—Entenderá que eso levanta sospechas sobre ella.

—El equipo de Emcy no ha tenido nada que ver, se lo aseguro.

—Con el debido respeto, eso lo decidiremos nosotros. Deberían localizarla.

—No vayan por ahí, podrían ocasionar un incidente diplomático que no quiere nadie. Y deberían entregarnos ya el cadáver para que lo repatriemos.

El embajador podría estar deprimido, pero tenía experiencia para presionar cuando lo consideraba oportuno. Lola iba a replicar cuando le vibró el teléfono en el bolsillo. Era una llamada del inspector Campos. Al coger el aparato, vio que tenía varios mensajes previos.

—Si me perdonan.

Se levantó y se alejó de la tensión que se había creado hacia el ventanal desde el que se veía la piscina. Era perfecta para sumergirse tras una jornada extenuante. Pensó en que se había equivocado de profesión.

El inspector rompió el momento.

—Tenemos un testigo que afirma haber visto a Juan Ariztimuño.