Capítulo 41
El cielo de Madrid era una peculiar mezcla de gris plomizo con reflejos azules, que recordaba a El paso de la laguna Estigia de Joachim Patinir. Una fina llovizna primaveral mojaba las ventanas de la cocina.
Carlos, ya en camisa y pantalón de trabajo pero descalzo, había terminado el desayuno y metía su taza favorita en el lavavajillas. Había restos de comida de la noche anterior en la encimera.
Irene entró somnolienta, todavía en camisón. Sin darse cuenta, se rascaba el cuello enrojecido.
—¿Y eso? —preguntó Carlos.
—¿El qué?
Él hizo un gesto alusivo al cuello.
—Ah, hoy me pica más.
—¿Cenaste huevo?
Irene, que había ido directa a las cápsulas de café, recordó la tortilla velazqueña con trufa.
—Sí, joder. Y estaba buenísimo.
—Ah, muy bien.
Por el tono empleado, Irene anticipó que la mañana se iba a torcer. Y estaba agotada para manejar la situación. Al menos, el café brotaba generoso de la máquina con un ligero aroma a avellana, que le encantaba.
—Llevo tres meses sin probar el puto huevo por solidaridad y en cuanto sales con otro…
—Perdona. Es que el señor Barray se empeñó y la situación era tensa .
—Cojonudo, el señor Barray. Ya tiene nombre. ¡Y si se empeña en que es un Goya, es un Goya!
—No es lo mismo.
—O sea, si es una chorrada, pero ¡coño, te vas con él al restaurante al que quiero invitarte desde hace meses, comes huevo y llegas a las tantas! Creía que era algo profesional y no una cita —dijo, hiriente.
—¡Eh, no te dispares! Hablamos del cuadro.
—Hasta las dos de la mañana.
A Irene le resultaba desproporcionado el enfado, pero no podía evitar un punto de culpabilidad al saber que no había sido estrictamente una cena de trabajo.
¿No lo había sido?
—¡Oye, que no eres mi padre para vigilarme! —reaccionó.
—Tengo la sensación de que esto te está afectando más de lo que crees.
Irene no se atrevió a negarlo. Era posible.
—Estás desequilibrada desde que se abrió la posibilidad del nuevo puesto. Y de eso hace meses. Te veo de mal humor, respondes agresiva.
—Lo que pasa es que estás acostumbrado a ser el centro de atención y cuando no lo eres me criticas.
—¡Venga ya! —respondió, desabrido—. Veo que la mejor defensa es un buen ataque. OK. ¡¿Qué hacíais en el coche?!
—No te entiendo.
Carlos le mostraba un perfil controlador que no esperaba de él.
—Estuvisteis por lo menos quince minutos parados en la puerta.
—¡¿Ahora me espías?!
—¡¿Hay algo que debería saber?! Te mandé un wasap cuando me iba a acostar y ni lo viste.
—Si no confías en mí, no tengo que darte explicaciones.
Sin responder, Carlos salió malhumorado de la cocina hacia el piso de arriba para terminar de vestirse antes de ir al trabajo .
Irene se quedó sola y se sentó con el café en la mano. No iba a aceptar los malos modos de su chico, que cada vez eran más habituales, pero le dolían.
A pesar de que se lo había dicho sin ningún tacto y de haber dormido pocas horas, hizo autocrítica: ¿había cambiado con el nuevo puesto?
Tenía que reconocer que le afectaba, y más con la llegada del posible Goya.
Para colmo, la cena le había despertado sentimientos contradictorios: la presión aumentaba, pero Barray le resultaba atractivo, y en la despedida se había puesto nerviosa como si fuera una adolescente.
No lo entendía, no le había sucedido nunca con esa intensidad, ni siquiera cuando conoció a Carlos.
En su cabeza resonaba el «no te fíes de ellos» oculto en la pintura.
Y luego estaba la irrupción de Nacho en su vida, de la que seguía evitando comentar nada. El mensaje de Telegram de la madrugada anterior la había alterado.
Su vida estaba patas arriba.