Capítulo 40
De madrugada, la calle en la que vivían Irene y Carlos estaba despejada y en penumbra, iluminada por una solitaria farola, como en El imperio de la luz de Magritte.
El vehículo de alta gama conducido por Michel Barray se paró delante del chalet y detuvo el motor.
Irene se incomodó en el asiento, habría preferido volver en taxi, pero su anfitrión había insistido en acompañarla.
Demasiadas películas en su biografía con despedidas en el coche como para sentirse tranquila.
Pero Barray, tan considerado como durante el resto de la velada, sonrió para relajar el ambiente una vez más. Era un hombre de mundo.
—Ha sido un placer.
Irene no podía mentir y contestar que para ella también lo había sido, a pesar de haberle resultado más interesante y agradable de lo esperado.
—Gracias por la invitación —respondió cortés, e hizo ademán de bajarse, pero Barray habló de nuevo. Se había quitado la americana para conducir y la camisa, impoluta, le marcaba los músculos lo justo.
—Aunque… tengo que reconocer que me has parecido más policía que restauradora.
Irene soltó la manija de la puerta y dirigió una mirada interrogativa a su interlocutor.
—Entiendo perfectamente que quieras conocer la procedencia del cuadro —añadió, conciliador—, pero yo esperaba que habláramos de Goya, de su personalidad. Que la conversación tuviera más interés. Tú hiciste la tesis sobre él .
Esas palabras picaron a la restauradora.
—¿Qué es lo que más te atraía?
Irene se sintió examinada y titubeó.
—Tal vez… la fuerza con la que pinta. No es ajeno al sufrimiento de la gente, como demuestra en los Desastres de la guerra. Tiene opinión sobre lo que ha vivido y lo expresa. Las Pinturas negras me sobrecogen —se sinceró.
—Sin duda —aceptó Barray—. Para mí, son la condensación de su filosofía.
Goya había pasado unos años muy difíciles y se quedó solo; había fallecido su esposa y varios de sus amigos.
El rey, a su vuelta del exilio, lo defrauda, cada vez tiene menos encargos de los mecenas de la corte, la Inquisición lo maltrata…
—Nunca quedó claro qué ocurrió. Se conserva una carpeta con el proceso, pero la he visto y está vacía. ¿Por qué no le condenaron?
Barray prosiguió con la argumentación soslayando el comentario de Irene.
—Sin olvidarnos de que estaba sordo, por supuesto.
Para un buen conversador eso debía de ser irritante.
Y le generaría desconfianza. Por esa época, además, tuvo una enfermedad que no está muy documentada, pero estuvo a punto de morir.
Después de tantas vicisitudes, no sé si harto…
—Barray buscó la palabra—, harto de España, de tanto rencor, compra la Quinta del Sordo y se retira ahí.
—Lo hizo también pensando en el futuro de su hijo y de su nieto, era una finca con un terreno amplio para el cultivo. Una buena herencia. Nunca ha quedado claro de dónde sacó tanto dinero.
—Sin duda, el motivo económico fue importante, pero llenó las paredes de pinturas, creó su mundo.
En contra de lo que se dice, Goya no era un pintor atribulado por los fantasmas.
No estaba loco, ni pintaba poseído. Era vehemente pero racional.
Refleja aquello que le preocupa. Era una manera de transmitir su pensamiento al nieto, como si le dijera: «no te dejes seducir por falsas predicaciones».
Mientras el francés hablaba, Irene reconstruía mentalmente la temática de las obras .
—Muchas de ellas tratan sobre supersticiones. Las fake news de la época —apuntó la restauradora, con las teorías de Nacho en la cabeza.
—Algo así. ¿Te imaginas estar en esa casa?
El piso de abajo era muy oscuro y los personajes pintados surgían entre las sombras como si estuvieran vivos.
—Barray lo relataba como si lo hubiera visto en persona—.
Según cruzabas la puerta, de frente, la única ventana, por la que se veía la ermita de San Isidro.
El paisaje desolado tras la guerra, esos inviernos duros de Madrid.
Y a ambos lados de la sala, en los muros largos, los frescos de mayor formato; a la derecha El aquelarre, la reunión de madres afligidas, que piden infructuosamente al gran cabrón que sus hijos no mueran…
—Terrible —acertó a decir Irene—. Las miradas son dramáticas.
—Y a la izquierda, La romería, un tanto descentrada en la pared.
—Es porque falta una parte. Al arrancar la pintura del muro y trasladarla a la Exposición Universal de París de 1878 se debió de perder. Me encantaría saber qué había representado.
—A mí también —reconoció Barray, aunque sus palabras no terminaron de sonar sinceras—. Los vecinos beben de la fuente para no enfermar —prosiguió—, pero las caras son de pánico, con los ojos desorbitados. El agua no les da paz.
—Las expresiones recuerdan a los fusilados, o a los que pelean frente a los mamelucos.
—Así es, pero la pincelada es aún más libre, apenas manchas de color, como en La muerte de Clara del Rey.
—Hablas como si hubieras visto las paredes de la Quinta del Sordo.
Barray sonrió.
—Me habría encantado, pero me tengo que conformar con visitarlas en el museo, que tampoco está mal.
Se miraron, una noche que había empezado llena de desconfianza terminaba con la devoción conjunta por el pintor.
Era de madrugada e Irene estaba agotada.
Cada día las emociones eran más intensas.
Antes de despedirse, observó cómo la luz de las farolas irrumpía por la cristalera del coche y hacía brillar el pelo de Michel Barray en un caprichoso contraluz.
No entendía el efecto que la personalidad del francés le producía, algo hipnótico.
Pensó que si se quedaba más tiempo traicionaría a Carlos, por lo que decidió salir cuanto antes.
—Es muy tarde —dijo para romper el momento.
—Claro, mañana tienes mucho trabajo por mi culpa.
—Así es —reconoció con una sonrisa que no pudo controlar—. Adiós.
—Adiós —repitió él, que rozó la mano de Irene a modo de despedida.
El corazón le dio un vuelco inesperado justo antes de abrir la puerta. Abandonó el coche y lanzó una última mirada al interior. Los verdes ojos de Barray la observaban serenos. Como si él tampoco tuviera prisa.
Se giró hacia el chalet y entró.
El francés tardó unos segundos en arrancar el vehículo. Una vez que lo hizo, aceleró y se largó por la calle perpendicular.
Solo entonces, Nacho Garmendia apareció detrás de una furgoneta oscura y observó cómo se encendía la luz del segundo piso.
Irene había subido descalza por las escaleras, no quería despertar a Carlos.
Cogió el camisón, pasó al baño con sigilo y cerró la puerta.
Cuando se desvestía para acostarse, le vibró el móvil: «Nacho albañil».
Las manos le temblaron al ver el mensaje que parpadeaba en la pantalla: «Te he visto bajar del coche, era el mismo que te vigilaba la otra noche en la esquina del callejón. Debes tener cuidado».