No te fíes de ellos Capítulo 39
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Capítulo 39

—¡¿Qué coño es eso del club de los veintisiete?!

Tras el fracaso de Los Molinos, Lola había conducido deprisa de vuelta a casa, la llamada de Manuela la había intrigado.

Se la encontró en el salón, impaciente por hablar, vestida con un pijama demasiado infantil para su edad y con el portátil abierto sobre la mesita en la que descansaban los restos del burrito y de la bebida de cola.

Decidió no recordarle la prohibición de tomar cafeína por la noche.

—¿En serio nunca habías oído hablar del club?

—Pues no —reconoció Lola sin sentarse—. ¿A qué te refieres?

—¿A qué edad ha muerto Emcy?

—A los veintisiete.

—Exacto. ¿Y a qué edad murió Amy Winehouse?

—Ni idea, no me acordaba ni de que hubiera muerto.

—Joder, mamá, no seas tan boomer… A los veintisiete. ¿Y Kurt Cobain?

—A los veintisiete también, supongo. —Lola empezaba a comprender de qué iba la teoría de Manuela.

—Literal.

—Pero ¿te gusta Nirvana?

—No me va mucho la música, pero es mi crush, el tío. Así como maldito y drogota. Me flipa.

A Lola, que había intuido que a su hija le daba morbo el cantante, no le hizo gracia la mención a los estupefacientes. Se quitó la cazadora de cuero y la arrojó sobre la butaca .

—Hay muchos más. Es una cosa conocida, mira.

Manuela le mostró la pantalla del portátil, en la que había seleccionado varios artículos que hacían referencia al tema. Se sentaron juntas. Sin pensarlo, se sentían unidas en una causa común.

—Estos te sonarán más a ti que a mí: Brian Jones, Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix —añadió Manuela sin acertar con la pronunciación—.

No puede ser casualidad. Y es que, además, Morrison falleció en el segundo aniversario de Jones, que fue el que palmó primero.

Y en ambos escenarios encontraron un encendedor blanco.

—Joder, en el camerino de Emcy también había un mechero blanco.

—¿Ves? —dijo Manuela, convencida de la teoría—. Y tiene una canción que se llama The end.

—¿Y qué?

—Lo he mirado en Internet: Morrison también.

—Puede ser casualidad. O un homenaje.

La cara de su hija denotaba que no estaba de acuerdo.

—Hay treinta músicos en la lista. ¡Treinta!

—Ya —asumió Lola—, Kurt Cobain se pegó un tiro, según recuerdo; Hendrix se ahogó en su propio vómito.

—Poco creíble, ¿no? Aparte de asqueroso. El que había pertenecido a los Rolling se «ahogó» en una piscina. Se «ahogó», en plan, ¿qué tenía, cuatro años? Al Morrison ese nadie sabe qué le pasó, la autopsia es ridícula; otros que si de sobredosis…

—¿Estás insinuando que, en realidad, los asesinaron a todos?

—A ver, la policía eres tú, pero es raro de cojones.

—¡Manuela!

—De cojones, mamá, lo mires como lo mires. Podría haber una conexión entre estas muertes.

Lola no salía de su asombro, la idea era disparatada, pero de unos días a esta parte la relación con su hija fluía por primera vez desde que terminó el jardín de infancia.

Se hablaban y se escuchaban sin gritarse.

Pensó que la emoción que sentía debía de ser hambre, así que cogió lo que quedaba del burrito y se lo metió en la boca de un mordisco.

—Te prometo que lo voy a tener en cuenta —dijo.