No te fíes de ellos Capítulo 38
22%

Capítulo 38

—¿Te apetecen unas ostras de Normandía para empezar?

Había anochecido y las luces de la terraza creaban un ambiente recogido y selecto. Irene aprobó la elección, perdida en la carta del restaurante. Ella solía cenar ligero, una verdura con algo de proteína. Michel Barray, al que no le incomodaba la americana, señaló un entrante más.

—No podemos dejar de probar la tortilla velazqueña con trufa, aunque le hagamos la competencia a nuestro querido Goya.

La broma de Michel Barray no hizo sonreír a su invitada. Se dio cuenta.

—¿Estás bien?

—Eh… Es que no como huevo —respondió dubitativa.

—¿Y eso?

—Bueno, en realidad…, me hice unos análisis porque tenía un pequeño eccema en el cuello y me dijeron que era intolerante. Así que llevo tres meses sin probarlo.

—Muy disciplinada. ¿Y se te ha quitado?

—La verdad es que no —reconoció e, instintivamente, rozó su propia piel. No había sido consciente de que la irritación permanecía inalterable—. La tortilla está bien —decidió.

El camarero, solícito, apuntó la comanda.

—¿De segundo?

Irene miró a Barray interrogativa.

—¿Lomo de corzo? Lo cocinan muy bien.

—Demasiado para mí. Lubina a la espalda —concluyó, y cerró la carta satisfecha .

—Lo siento, señorita, la lubina es para dos personas.

Barray se adelantó.

—Compartiré esa lubina con la señorita.

—No, por favor —replicó Irene.

—La lubina es perfecta. —Sonrió.

El camarero terminó de anotar el pedido y se alejó. Ya solos, cruzaron la mirada. El silencio podría ser incómodo, pero la actitud cordial de Barray hacía que no lo fuera. Las mesas estaban espaciadas, se prestaba a confidencias.

—Aquí me tienes —dijo.

Irene lo interpretó como una invitación a preguntar. Ordenó sus pensamientos, no quería ser agresiva y que se cerrara en banda; había demasiados detalles que ansiaba conocer.

—¿Sabes dónde se encontró el cuadro?

Barray se tomó tiempo para beber un sorbo de champán antes de responder.

—Comprenderás que de momento no te pueda dar el dato.

—Sé guardar información confidencial. Soy una persona íntegra, ¿recuerdas?

El francés sonrió de nuevo. Le gustaba que la restauradora le hiciera frente y superara su aparente timidez.

—Apareció el año pasado en un monasterio cisterciense en Huesca.

—Entonces pertenecerá a la orden.

—En realidad no. Vendieron la propiedad a una fundación que trató de restaurarla, pero resultaba demasiado costoso. La empresa a la que represento compró el inmueble con todas las pertenencias.

—¿Quiénes son?

—Prefieren permanecer en el anonimato.

Irene pensó enseguida en la supuesta Corporación.

—¿Para qué lo querían?

—Para construir un hotel. La localización es adecuada, el edificio, emblemático. Se pagó una enorme suma de dinero por él.

—Si fuera un Goya, esa suma sería insignificante .

—Pero eso no se sabía cuándo se adquirió.

—¿Y se descubrió allí, de repente?

—Yo no estaba en España en esa época. La finca es enorme, tiene varias construcciones llenas de criptas y sótanos.

Como es lógico, se hizo un inventario. La mayoría de los objetos, ya te imaginarás, eran inservibles.

Aun así, había algunas obras interesantes: fragmentos de retablos, columnas, varios cristos, una tabla gótica.

—Y el supuesto Goya.

—Lo tenían almacenado junto con otras pinturas de poco valor en una de las bodegas. Los tasadores lo vieron y pensaron que podía tener interés. Así fue como me llamaron a mí.

—¿Y tú te encargas…?

—Bueno, digamos que gestiono la colección de arte de unas personas importantes. Tuvimos la suerte de que la estancia no fuera húmeda y tuviera una temperatura estable desde hacía años. Imagínate cuando lo desenrollamos. Sentí lo mismo que tú al contemplarlo por primera vez.

Irene iba a replicar, pero comprendió que su rostro había sido demasiado expresivo al verlo en el Prado.

—¿Y en el monasterio nadie lo sabía?

Barray se encogió de hombros.

—Llevaba abandonado desde 2004. Quedaban muy pocas monjas y se fueron a otros conventos. Ya sabes, hoy en día, no hay vocaciones. Es una lástima, pero vivimos atropellados, no hay tiempo para la contemplación del arte ni de la belleza, y mucho menos para la oración.

—No me esperaba que fueras un hombre religioso.

—Respetuoso con las creencias de cada cual —puntualizó—. ¿Cómo no serlo? La fe en Dios ha creado maravillas como la Capilla Sixtina, obras tan sutiles como La Anunciación de Fra Angelico o tan singulares como la Sagrada Familia. Imagínate la historia del arte sin religión.

Irene asentía al escucharlo.

—Los monasterios son reductos de paz —dijo.

—¿Has vivido en alguno ?

—Al principio de mi carrera restauré varios retablos en pueblos de Castilla-La Mancha, y me alojaban las monjas. Tienes razón, era gente muy especial. Se las veía felices.

—Porque no tienen prisa. Aceptan el devenir del tiempo.