Capítulo 37
No pensaban que Juan Ariztimuño fuera un hombre adiestrado en el uso de armas, pero si había asesinado a Emcy de una manera tan violenta no debía de ser un ciudadano pacífico. Nunca estaban de más los chalecos antibalas y las precauciones necesarias.
Lola decidió aprovechar la oscuridad de la recién estrenada noche y se asomó por la parte baja del seto.
El chalet era antiguo, de dos plantas y paredes de granito, típico de la sierra madrileña.
No había muebles en el porche y alguna de las ventanas estaba sellada con maderas.
Parecía abandonado y, aunque se apreciaba una pequeña luz entre las lamas de las persianas, no se podía ver el interior.
Le extrañó que entre el desorden del jardín y los árboles, que llevaban años sin podar, hubiera una pequeña huerta bien regada.
La inspectora dio la orden para que el equipo saltara por dos puntos diferentes. Al hacerlo, una campanilla atada a unos hilos entre los arbustos rompió el silencio y un perro comenzó a ladrar de inmediato.
—¡Joder! —murmuró el inspector Campos.
Si querían pasar desapercibidos, no había sido la mejor manera.
Varios inspectores de paisano ya estaban dentro de la parcela, y Lola les indicó que siguieran con el plan mientras el resto saltaba.
Cuanto antes llegaran a la puerta trasera, menos tiempo le daría a Ariztimuño para reaccionar.
Bien coordinados por las numerosas intervenciones que habían efectuado juntos, derribaron la puerta con el ariete e irrumpieron en tropel en la casa.
Olía a leña quemada. Se oyó una voz de hombre al final del pasillo y el equipo se dirigió hacia allí sin tiempo que perder .
—¡Policía!
Al llegar al salón, la única luz de la estancia provenía de la chimenea encendida. Se toparon con una pareja en contraluz, de unos treinta y tantos años, con rastas y camisetas antisistema, armados con un bate de béisbol y un atizador.
—¡No podéis entrar, hijos de puta! —gritaron aterrorizados al ver a los intrusos.
Los inspectores se quedaron paralizados. No era lo que esperaban. Lola miró alrededor, los muebles del salón eran viejos, pero en buen estado. Había leña abundante en el suelo, una mesa de comedor y, sobre ella, restos de comida en los platos. Ni rastro del sospechoso.
—¿Quiénes sois? —preguntó Lola.
—¡¿Y vosotros?! —respondió el chico blandiendo el bate.
La inspectora se adelantó, guardó la pistola y mostró la placa.
—Inspectora Baltanás, de la UDEV.
—¿Qué hacéis aquí? —dijo la joven fuera de sí—. Creíamos que erais los de Desokupa, esos cabrones.
Lola y el inspector Campos se miraron. Entre los policías se escapó alguna sonrisa. Etham Vance, en esta ocasión, los había seguido y contemplaba la escena desde el pasillo.
—¡Putos okupas! —dijo sin cortarse, con su acento de Texas.
—¡Y tú ¿qué?! ¡Gilipollas! —contestó la chica, que no había bajado el atizador.
—¡En mi país esto lo solucionaríamos de otra manera!
Lola se metió en medio para impedir que la cosa fuera a más.
—No lo dudo, los deportaríais a El Salvador, aunque ni siquiera fuesen de allí.
Tras marcar con la mirada al estadounidense, hizo un gesto a los compañeros para que se retiraran, salvo el inspector Campos. Entonces, se giró hacia la pareja, que seguía en guardia, y les mostró una hoja de papel.
—Esto es una orden judicial de entrada y registro en esta propiedad, pero no os buscamos a vosotros. ¿Tenéis el DNI o algo que os identifique ?
La joven la miró retadora y se dirigió por la escalera al piso de arriba. El inspector Campos la siguió a unos metros para no perderla de vista.
—¡No hemos hecho nada! —protestó el chico mientras bajaba el bate—. ¡No nos podéis echar de aquí!
A Lola no le gustó nada la actitud, pero controló la ira que la sofocaba.
—A ver, dejemos las cosas claras —dijo—. Es acojonante que invadáis una casa que no es vuestra, pero el mandato de la jueza no tiene nada que ver con eso. En fin, que no os vamos a detener ni a echar de aquí. Es vuestro día de suerte.
La joven bajó con los documentos y se los mostró al inspector, que miró a su superiora para dar a entender que estaban en orden. Era evidente que ninguno de los dos era Juan Ariztimuño.
—En los últimos días, ¿no habéis tenido alguna visita inesperada?
—No —respondió más tranquilo el chico—. Los dueños no han venido en el año y medio que llevamos en la casa.
—Año y medio, joder, decoradla un poco, ¿no? —Lola suspiró. Un viaje infructuoso. Hizo una seña a su compañero, habían terminado.
O eso creían.
—¡¿Y quién nos paga la puerta?! —se quejó la okupa, que los seguía hacia la salida.
Lola se encaró con ella, pero habló en tono cordial.
—Eso depende del Ministerio de Justicia, pero siento decirte que la reclamación la tienen que hacer en persona los propietarios.
Y se fue antes de que la pareja protestara, bajo la irónica mirada de Etham Vance.
A la salida, el equipo se montaba en los coches para volver a Madrid, lo que Lola aprovechó para llamar a su hija; quería advertirla de que no llegaría a cenar. También esa noche encargaría un burrito. Manuela, tras sonreír encantada con la noticia, le dejó un titular que la desconcertó.
—He estado pensando en el asesinato de Emcy, mamá. ¿Has oído hablar del club de los veintisiete?