Capítulo 36
Desde la azotea del Club Financiero, el restaurante preferido de Carlos, que, en los últimos años, había compatibilizado los encuentros empresariales con la gestión de una terraza de moda, se dominaba la ciudad; daba sensación de poderío y los clientes lo sabían.
También los nuevos gestores. Eran elitistas, no admitían a cualquiera.
Los comensales que acudían eran modernos y elegantes, con ropa cara, y lo hacían notar.
Y los bolsos serían de imitación, pero de imitación de Carolina Herrera o de Louis Vuitton.
Irene no había tenido tiempo de pasar por casa a cambiarse y sentía que no encajaba.
Habría preferido la aburrida cena pautada por la nutricionista mientras veía una serie con Carlos, aunque les costase ponerse de acuerdo; ella optaba por Downton Abbey o Los Bridgerton y él, por Industry, una ficción sobre brókeres drogadictos y brillantes timadores de fondos de inversión que le tenía enganchado.
Se habían tragado ya dos temporadas completas y amenazaba con la tercera, que se estrenaría en verano.
El maître la miró de arriba abajo, no respondía a las expectativas. Cuando iba a negarle la entrada, pronunció las palabras mágicas, que el empleado repitió con solemnidad: «Michel Barray», dando a entender que ese nombre era el salvoconducto para casi cualquier cosa.
El restaurante tenía diversos ambientes, uno de mesas altas, otro de sofás amenazadoramente blancos, pero el maître los atravesó para guiarla hasta la zona de la terraza, desde la que se contemplaba el Madrid más lujoso: la Castellana a un lado, el paseo de Recoletos al otro y la calle Serrano al fondo .
El mismo sol que se ocultaba en Los Molinos tintaba el cielo de la capital, adornado por caprichosos reflejos rosados y malvas dignos del mejor William Turner. Las vistas eran maravillosas. Como no podía ser de otra manera en un ámbito exclusivo como ese, incluso Dios parecía estar de su bando.
Al verla acercarse, Barray se levantó ceremonioso pero discreto. Lucía una americana beis y unos pantalones del mismo tono con camisa blanca, más informal que en los encuentros anteriores.
—Gracias por venir, señorita Llamas, es un honor.
La exquisita educación francesa desarmaba a Irene, poco acostumbrada a la galantería entre los hombres de su generación.
Ella podía ser la más feminista de sus amigas, pero, en su interior, esa cortesía que ya no estaba de moda la halagaba.
No en balde, era admiradora del arte clásico, de una estética refinada de otra época, que ella misma no respetaba en su manera de vestir ni en sus costumbres.
Pero le fascinaba.
—Siento si no vengo muy apropiada, no sabía…
—Está perfecta —afirmó convincente Barray mientras le ofrecía la silla con mejores vistas.
No le faltaba razón. Aunque Irene vestía informal, los vaqueros de pata de elefante se ajustaban a su contorno; la camisa clara se trasparentaba al contraluz del atardecer y le marcaba la excelente figura, que ella no era capaz de reconocer.
Y tampoco Carlos, que, siempre exigente, opinaba que tenía el pecho pequeño y había insinuado que debería operarse.
Ella lo descartó, pero le había generado inseguridad.
Las vistas eran fabulosas y el clima, templado. Soplaba una agradable brisa. Le costó recordar que, en realidad, ella venía enfadada. Quiso demostrarlo nada más sentarse, pero Barray, con un gesto amable, le advirtió de que el camarero los miraba.
—¿Qué desean beber los señores?
—¿Veuve Clicquot?
Irene aceptó sin tiempo para pensar; era su favorito. Solo lo había probado en dos ocasiones: cuando sacó la oposición al Museo del Prado y al firmar la compra de la casa en la que vivía con su pareja .
Se le pasó por la imaginación que Barray conocía sus gustos, pero lo descartó; el conspiranoico que se había hecho pasar por Zapater la había trastocado más de lo que quería admitir.
Cruzó la mirada con la de su anfitrión y se azoró. De pronto, le resultó un hombre interesante; el cabello rojizo le brillaba con el crepúsculo. Sin ser corpulento, era fibroso, de espalda ancha, cintura estrecha, sonrisa encantadora y ojos verdes.
Se puso nerviosa y forzó la situación para resultar antipática.
—¡¿Quién lo ha filtrado a la prensa?!
A Barray se le iluminó la cara para sorpresa de Irene.
—Si algo me gusta de usted es que sea combativa.
—¡¿Ah, sí?! Pues si «alguien» ya ha decidido que se trata de un Goya auténtico, ¿para qué me necesitan?
—¿Puedo llamarla Irene?
—Claro —aceptó con naturalidad, a pesar de estar enojada.
—Bien…, Irene. La participación del Prado es esencial. Y su opinión, para mí, es la más valiosa del mundo.
—No me va a comprar con un champán carísimo.
—No nos tratemos con una torpeza que no es digna de nosotros, ma chérie. Estoy seguro de que usted sabe que no soy una persona simple, y yo estoy convencido de que usted tampoco lo es. Es culta, detallista y divertida, cuando quiere.
—¿Dice eso porque me ha investigado?
—Touché —aceptó con una sonrisa comedida—. No pensaría que íbamos a dejar la autentificación del Goya en manos de una persona cualquiera. Necesitamos a la mejor profesional y que, además, sea íntegra.
La misma palabra que había utilizado el ministro de Cultura en la llamada del estadio. ¿Estaría todo orquestado, como le había dicho Nacho en la ermita?
—¿Qué significa íntegra en este caso?
—Incorruptible.
Irene no esperaba que fuera tan franco .
—El otro día me insinuó que sabrían agradecer que mis informes fueran «más concretos».
—Bien visto. Y usted declinó la propuesta.
—¿Era una prueba?
Michel Barray abrió las manos pidiendo disculpas.
—Yo estoy seguro de que el cuadro salió de las manos de Francisco de Goya y Lucientes, y, si usted también lo cree, lo admitirá, por muchas presiones que reciba.
—¿Y si honradamente creo que no lo es?
—Estamos dispuestos a correr ese riesgo. Consideramos que usted dirige el equipo más profesional del mundo.
Irene tuvo ganas de preguntar si le daba su palabra, pero le resultó pueril, inapropiado para el nivel de sinceridad que había adquirido la conversación.
Asintió para sellar el acuerdo en el momento en el que llegaba el champán.
El camarero lo descorchó delante de ellos sin que se vertiera ni una gota y lo sirvió con precisión.
Barray levantó la copa burbujeante y a Irene no le quedó otra que imitarlo.
—Y ahora que somos amigos, seguro que estarás deseosa de preguntarme sobre el Goya —dijo tuteándola por primera vez.