Capítulo 34
Nada más llegar a la mesa de trabajo y situarse delante de La extracción de la piedra de la locura del Bosco, Irene, sin tan siquiera ponerse la bata negra ni saludar, abrió X para comprobar quién era el tipo que la había asaltado en la ermita y le había hablado de la Corporación.
¿Sería un pirado o un matemático? Por privacidad, se sentó de tal manera que nadie pudiera ver la pantalla del ordenador y buscó el perfil que el falso Zapater le había mostrado.
No recordaba el nombre exacto. Tardó varios intentos hasta localizarlo: @Konspiranoic.
Si mirabas con detenimiento el perfil, no era el de un loco conspiranoico, sino el de un tipo cabal y reflexivo, no exento de sarcasmo .
En ese momento, recibió un tuit con un link que le llamó la atención: El Confidencial había sacado un artículo que daba por bueno el cuadro de Goya.
Irene estaba furiosa. No solo porque la reunión con el falso Zapater la hubiera descentrado, sino por la noticia que acababa de leer, en la que se aseguraba que el cuadro que valoraban en el Museo del Prado pertenecía a Goya.
Y no lo habían publicado en una esquina de la página de cultura; presidía la cabecera del periódico digital y afirmaba que conocían datos relevantes.
Según recorría los pasillos hacia el despacho del director, se cargaba más de argumentos y su mal humor se disparaba. Llegó hasta la mesa de la secretaria y pasó de largo, algo que no había hecho jamás. Llamó a la puerta por cortesía, pero pasó sin esperar respuesta.
El director, que la vio venir con el semblante crispado y el móvil en ristre, tomó la iniciativa.
—¡Es indignante! —exclamó—. ¡Yo también lo he leído!
Irene no supo si fiarse de la irritación de Francisco Altares. Le resultó impostada. Todo en él lo era. Pero también era inteligente, y se había visto inmerso en mil disputas complicadas con la Administración.
—¡¿Quién lo ha filtrado?! —preguntó la restauradora.
—No tenemos ni idea.
—¡Es que conocen los datos del estudio que estamos haciendo! ¡Y han publicado nuestras imágenes de infrarrojos!
—Lo sé, lo sé.
—Hay muy poca gente con acceso a los archivos.
—Vamos a investigar de dónde viene la filtración.
—Pero no es solo eso, ¡es que no estamos seguros de que se trate de un Goya, joder! Perdón —dijo inmediatamente por el tono—. Me indigna que no nos dejen hacer bien el trabajo. Pedí tiempo.
—Este tema nos ha sobrepasado, Irene. Nadie podía imaginar que nos fuesen a enseñar una obra de esta relevancia .
—¿Quién estaba al tanto de lo que iban a traer?
—Nadie, solo de que podría ser importante.
—¿Y el ministro?
—¿Qué pasa con el ministro?
—¿Sabía algo? ¡¿Por qué dimite?!
A Irene se le venía encima la incertidumbre de las últimas horas.
—No lo sé. Nos llamaron del Ministerio de Cultura para que recibiésemos a la comitiva, pero no lo hizo Max Utiel en persona. No he hablado con él del tema.
—Y ahora está desaparecido.
—No está desaparecido, tan solo ha dimitido. Me dicen que tenía un problema personal. Algo de su pareja, no sé.
—La situación es chocante.
—Hay que asumirla.
—Si va a seguir así, tal vez sea mejor dejar mi puesto y que otra coja el marrón —sentenció Irene sin valorar el efecto que iban a causar sus palabras.
Francisco Altares se puso rojo.
—¡De ninguna manera! —alzó la voz—. No perdamos los nervios. Sería un descrédito para el museo que renunciaras.
—¡¿Y en qué posición me deja esto?!
—Nosotros hemos confiado en ti al nombrarte directora del departamento y no nos puedes abandonar ahora. Vamos a sacar una nota de prensa para aclarar que todavía se están realizando los estudios correspondientes.
—Pero esto añade presión y nos condiciona.
—Estoy al frente de la pinacoteca más importante del mundo y tú eres nuestra restauradora de confianza. A veces toca responsabilizarse de trabajos complicados y este puede cambiar la historia del arte. Yo creo que estás preparada para asumirlo. Por eso aposté por ti.
Irene aceptó las palabras del director. Eran momentos difíciles, pero ella llevaba años preparándose para hacer bien su cometido, siempre que la respetaran .
—Y si se demuestra al final que es auténtico, esa conferencia la vamos a dar por museos de todo el mundo —añadió Francisco Altares con una sonrisa que invitaba a la reconciliación.
—De acuerdo. Necesitaremos unos días para emitir el informe.
—No hay problema. Ya conoces mi opinión como experto.
Cuando ya se iba a marchar, el director habló de nuevo.
—Sé que no es el mejor día para pedirte esto.
Irene se giró hacia él a la espera de una mala noticia más.
—El representante de los dueños del cuadro…
—Michel Barray.
—Quiere cenar contigo.
—¿Cómo?
—Esta noche.