Capítulo 33
Carla no llegaba a los cuarenta. Con una coleta despeinada, flaca como un dibujo de Egon Schiele y la cara desmejorada, abrió la puerta con parsimonia.
Llevaba ropa de marca mal combinada y tenía, en conjunto, un aspecto poco saludable.
El inspector Campos se fijó en ella, y eso hizo que tardara un poco más de lo esperado en presentarse. La mujer se asustó.
—¿Sois periodistas?
—No, perdón —respondió Campos, y esbozó una sonrisa amable—. Somos inspectores de la UDEV.
Prefirió no explicar quién era el hombre que los acompañaba, tener delante a un miembro del FBI podría bloquearla.
—Quieren hablar de mi exmarido, ¿verdad?
—¿Ya no está casada con Juan Ariztimuño? —preguntó Lola.
—Nos separamos hace algo más de dos años.
Los policías cruzaron una mirada: esa fecha coincidía con la obsesión del fisioterapeuta por Emcy.
—¿Podemos pasar ?
El salón era luminoso y moderno, aunque estaba abandonado. Tenía pequeños desconchones en la pintura, la mesa del tresillo estaba rayada y los sillones desgastados. Había vivido tiempos mejores, al igual que la familia.
El grupo se había sentado de tal manera que Etham Vance quedase lo más lejos posible de Carla. Su presencia amedrentaba sin necesidad de que abriera la boca.
—Entiendo que viven separados desde entonces —especuló Lola acomodándose en el sofá, sin conseguirlo.
—Así es. Yo me quedé con la casa —dijo Carla, y alzó la mano para indicar que se refería a esa—. Él alquiló otra.
—¿Sabe dónde vive?
—En el barrio de Estrecho, cerca del estadio.
Era el piso que habían registrado la noche de autos. La inspectora prosiguió con el interrogatorio. Trataba de ser amable, comprendía la complicada posición de la mujer.
—¿Ha ido alguna vez a verlo?
—No, no he estado nunca.
—¿Y su hija?
Carla se agitó en la butaca. No le gustaba mezclar a la niña en ese asunto, pero tampoco podía soslayarlo.
—Yo tengo la custodia, pero ella va a dormir con su padre de vez en cuando. Juan tiene un trabajo exigente, viaja mucho con el primer equipo y por eso casi no la ve.
—¿Y sabe si hay algo que le haya llamado la atención a su hija?
—No la entiendo.
—Bueno, le pido que no comente esta conversación con nadie, pero su exmarido tenía algunas fotos de Emcy por la casa.
—¿De Emcy? No recuerdo que le gustase. Ni a mi hija tampoco, es muy pequeña y esa chica era un poco… Ya saben.
—El señor Ariztimuño se empezó a interesar por la cantante tras la separación.
—Pues entonces ni idea. Él era más de Robbie Williams .
—¿Y sabe dónde podría estar ahora?
—¿Creen que ha huido?
—Está en paradero desconocido. ¿Notó algún comportamiento diferente en las últimas semanas?
—Nada especial. Casi no hablábamos. En las redes se dice que es sospechoso de la muerte de la chica.
—Es pronto para afirmarlo, pero tal vez tenga alguna información que nos pueda ayudar en el caso.
—No sé… Acabamos mal, a veces era un poco violento.
—¿La pegó?
—No, no llegó a agredirme, pero era muy fuerte aunque no diera esa sensación, y a veces no se controlaba. Pero de ahí a asesinar a esa chica… No puedo entenderlo.
—¿Su exmarido era ordenado?
—No especialmente.
Lola y Campos asintieron sincronizados con el convencimiento de que algo no encajaba.
—Gracias. Perdone la pregunta, si nos pudiera decir los motivos de su separación nos serviría para establecer el perfil psicológico.
En ese momento, una cría de siete años que aparentaba menos, con ojeras, sin pelo y tan delgada o más que su madre asomó por la puerta.
—¿Puedo merendar algo? —preguntó con timidez.
—Claro, cariño, dame cinco minutos con estos señores y ahora voy.
Los tres policías intercambiaron una mirada, no era complicado deducir que la niña se había sometido a quimioterapia. Salió de la habitación con una sonrisa simpática a pesar del sufrimiento evidente y la madre volvió la cabeza hacia sus interlocutores.
—Juan no pudo soportarlo. Lo pasamos fatal y discutimos. Fuimos a muchos médicos, intentamos un montón de tratamientos, pero… —La voz se le quebró y negó con la cabeza.
—Lo sentimos mucho —dijo Lola, y los sofocos resurgieron descontrolados .
—Ya no hay opciones, al menos en España.
Lola le tocó el brazo en solidaridad, poco más podían hacer. Y ellos solo le traían disgustos, la posibilidad de que el padre de su hija fuera, además, el asesino de una cantante famosa en el mundo entero. No iba a ser fácil vivir con eso si se confirmaban las sospechas.
—Un último asunto y la dejamos con su hija: ¿alguna idea de dónde podría estar su exmarido?
Carla se tomó unos segundos para asumir la conversación y focalizarse en la pregunta.
—Su familia tenía una casa en la sierra, pero no íbamos nunca. Tal vez se haya escondido allí.