No te fíes de ellos Capítulo 31
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Capítulo 31

—La lápida la trajeron de Francia —dijo Nacho—, es de la tumba original. Cuando la abrieron para traer los huesos, la cabeza no estaba enterrada con el resto.

—Pero no está claro lo que ocurrió —respondió Irene.

—En esos años, la frenología estaba de moda, creían que podían determinar el carácter de las personas por la forma del cráneo. Probablemente la robaron por eso.

—La frenología no es muy científica que digamos.

—No lo es —confirmó Nacho—, pero a Goya le pudo costar la cabeza —explicó con humor.

—Dionisio Fierros pintó la supuesta calavera, y las malas lenguas dijeron que él había sido el autor del robo. Y lo más asombroso es que lo hizo antes de que se conociera oficialmente la desaparición del cráneo.

—Fuera como fuese, un misterio más alrededor de Goya.

Se escucharon unos pasos cerca del panteón. Nacho, inquieto, miró por enésima vez a su alrededor para comprobar que no los espiaban.

—Cada vez que haces eso me pones de los nervios —protestó Irene.

—Mejor que nadie nos vea juntos. A mí no me conocen, pero a ti sí, en el mundo del arte eres alguien y puede que te estén vigilando.

—¡Venga ya! ¿Para qué me iban a vigilar? —preguntó retándolo, aunque la intranquilizó la idea.

—De ti dependen… ¿cuántos? ¿Quinientos millones de euros? ¿Mil?

—Me estás agobiando.

—Hay alguien que se juega mucho dinero y hace tiempo que preparan esta aparición. Eso seguro. ¿No te has preguntado dónde estaba escondido el Goya?

—Claro que me lo he preguntado, ¿acaso tú lo sabes?

—No, la verdad.

—Pues eso. Y si me siguiesen, me habría dado cuenta.

—Vives en los chalets de Ventas. En la calle del Doctor Thebussem.

Irene se quedó petrificada.

—No pretendo asustarte, por favor, solo quiero que seas realista. El otro día te vi llegar con tu chico. No te diste cuenta. Y observé que había un coche aparcado en la esquina y que se fue al poco de entrar vosotros.

Irene se asustó. Aquello empezaba a ser una locura.

—¡¿Qué hacías en mi casa?!

—Como te he dicho antes, supuse que ese día afloraría el cuadro y me fui al Museo del Prado. ¡Qué mejor sitio para autentificarlo! Estuve el día entero de guardia hasta que a última hora de la tarde llegó el convoy casi militar que llevaba la pintura, ¿o no?

El silencio de Irene le confirmó lo que ya suponía .

—Creo que es mejor que lo dejemos aquí —dijo cada vez más intranquila—. Te he escuchado, y no quiero saber más.

Irene cogió fuerzas y se dispuso a abandonar el panteón, pero Nacho se interpuso.

—¡No me digas que lo que ha sucedido es normal!

La restauradora pensó en el texto oculto, «no te fíes de ellos», pero no lo compartió.

—Lo que está ocurriendo es inusual, pero tú eres el típico conspiranoico de Internet. Como los terraplanistas.

—¡Soy matemático! —respondió, ofendido—. La Tierra no es plana, no nos fumiga nadie, Walt Disney no está congelado, ni nos insertan chips con las vacunas. De hecho, esas teorías ridículas están fomentadas por…, por alguien para ocultar otras cosas que sí son ciertas.

—Ya, como esta —dijo Irene.

—Sí. Como esta.

—¿Y qué me quieres decir, que hay un tipo de organización que saca obras de pintores famosos de vez en cuando?

—Yo los llamo la Corporación. Sé que es complicado de creer, pero llevo tiempo recogiendo pruebas. Y creo que no son solo cuadros. También ha surgido de la nada una partitura de Beethoven, un manuscrito de Kafka…

Irene respiró abrumada.

—¿La Corporación? Mira, me voy a ir.

—De acuerdo, pero sopésalo con calma. Es muy grave.

La restauradora pensó que tal vez fuera un loco, pero estaba claro que tenía miedo de esa supuesta organización secreta.

—Si tienes alguna duda, me escribes por Telegram.

—No tengo tu teléfono.

Nacho acercó el móvil al de Irene y ambos vibraron.

—Ya lo tienes en la agenda. Pone «Nacho albañil». No dudes en contactarme. Es mejor que no salgamos juntos. Ten mucho cuidado, por favor .

Y se fue sin esperar respuesta. De fondo se escuchaba al guía que explicaba los frescos de Goya y loaba la pincelada y el estilo tan libre.

Irene se quedó sola en el panteón más intranquila que cuando llegó. Ojalá pudiera preguntarle al mismísimo Goya si el lienzo era auténtico y por qué había estado perdido tantos años.

¿De verdad era posible que existiera la Corporación?