No te fíes de ellos Capítulo 29
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Capítulo 29

Irene aparcó la moto de alquiler en la glorieta de San Antonio, a orillas del río Manzanares y entre las dos ermitas gemelas: la de la derecha era la original, la que albergaba los frescos y la tumba de Goya.

El templo ya era famoso en el siglo XIX , las modistillas acudían a pedir novio, echaban trece alfileres en la pila bautismal y ponían la mano encima a ver si se les pegaba alguno.

La iglesia del otro lado había sido construida años después, a imagen y semejanza, para utilizarse como parroquia y no dañar las pinturas con tanta afluencia de gente.

Irene no se planteaba casarse. No necesitaba mayor compromiso que una hipoteca compartida. Y creía que su chico tampoco.

Fotografió la moto eléctrica para demostrar que estaba correctamente aparcada y miró las dos ermitas.

La cita no concretaba en cuál de ellas. Supuso que se refería a la original.

Se encaminó hacia la entrada neoclásica con el nombre de Martín Zapater en la cabeza.

A ella también le sonaba, pero no sabía de qué.

¿Habría leído algún artículo suyo para la tesis?

Desde luego, no era nadie de la universidad, ni de Patrimonio Nacional.

Antes de acceder, se fijó en la estatua de Goya ubicada frente a la fachada; sentado en un sillón estilo imperio, señalaba hacia la ermita de San Antonio de la Florida. La auténtica.

Irene cruzó la portada adintelada con columnas dóricas, accedió a la recepción y enseñó el carnet del Consejo Internacional de Museos para que la dejasen pasar.

—He quedado con Martín Zapater.

La encargada dejó claro con un gesto que no sabía a quién se refería, y la restauradora decidió que era mejor no dar explicaciones.

Cogió el ticket que le ofrecían y avanzó por la planta de cruz griega entre un grupo de turistas.

Llegó al crucero de la nave y se situó debajo del ábside semicircular, iluminado por la linterna del techo.

Miró hacia arriba. Al contemplar los frescos olvidó la tensión de los últimos días: eran extraordinarios.

Entornó los ojos para enfocar mejor, y se centró en las expresivas caras de los personajes.

La pincelada era suelta y enérgica, con manchas de luz y sombras, de un estilo similar al cuadro que la esperaba en el museo.

Fijó la vista en la cúpula, la perspectiva estaba muy bien resuelta.

La barandilla a la que se asomaban los personajes no era real, y el árbol y las montañas con el cielo de fondo conseguían crear profundidad.

Era como si la bóveda se abriera al cielo.

San Antonio, subido a la roca, dirigía la mirada hacia el resucitado, rodeado por la gente del pueblo que participaba del milagro.

—La perspectiva es perfecta —dijo alguien.

—Lo es —respondió Irene sin pensar, y se giró para comprobar quién había hablado.

Se topó con un hombre de su edad, alto, moreno y con barba de tres días.

Con el pelo revuelto, le recordaba al más joven de los cíclopes pintados por Velázquez en La fragua de Vulcano, aunque no tenía el torso desnudo, sino una sudadera oscura con capucha.

Y estaba nervioso. Habría resultado atractivo si su aspecto no hubiera sido tan descuidado.

—¿Es usted…?

—¿Martín Zapater? —respondió en tono de pregunta.

Irene nunca se hubiera imaginado así a un profesor de universidad o a un entendido en arte. Más bien parecía un informático loco. Todo era confuso: la cita en la agenda, el lugar, la apariencia de su interlocutor.

—¿Para qué me ha citado? —preguntó, seria.

Los turistas se acercaban sin prestarles atención, distraídos con los frescos. Aun así, el tal Zapater hizo una señal para que lo siguiera a la nave lateral, menos iluminada. La restauradora dudó si hacerlo, pero le pudo la curiosidad. Se jugaba demasiado y cualquier información sería bienvenida .

Cuando llegaron al área educativa, que estaba vacía, Zapater miró alrededor antes de explicarse.

—En realidad, me llamo Nacho Garmendia —dijo—. Martín Zapater es…

—El amigo de Goya.

Irene terminó la frase. De eso le sonaba el nombre. Se enfadó consigo misma por no haberse acordado antes.

—¿Es una broma o qué?

—Es por lo del cuadro.

—¿Qué cuadro? —preguntó para no admitir lo que sabía.

—El que les llevaron el día 2 al Museo del Prado.

—¡¿Y qué quiere de mí?!

—La admiro.

Irene no se esperaba esa respuesta.

—Tiene usted un currículum fantástico: licenciada en Bellas Artes por la Complutense de Madrid, estuvo becada en Florencia en el Opificio delle Pietre Dure, es máster en el Getty Conservation Institute de Los Ángeles y se ha sacado el título de supervisora de instalaciones radioactivas, algo que poseen muy pocos restauradores.

Es un curso complicado, con un temario exigente.

Estuve en la conferencia que dio con su homóloga del Museo Thyssen…

—Me está usted asustando —le interrumpió—. ¿A quién le ha pedido esta reunión?

Nacho se sintió descubierto y no contestó.

—Creo que me voy a ir.

—¡Espere! Yo mismo le mandé la cita.

Se miraron fijamente. Los ojos del falso Zapater eran intensos, transmitían agitación. Al mirarle de cerca, Irene creyó reconocerlo.

—Ya sé quién eres —afirmó tuteándolo por primera vez—, el que me crucé el otro día en la sala de Goya. Vas vestido igual.

Nacho se avergonzó. Era tímido, aunque trataba de mostrarse asertivo.

—Estabas absorta mirando el fusilamiento .

—Y viniste hacia mí…

—Acerqué mi teléfono al tuyo y te pasé la cita. Tú la debiste de agendar después.

—¡¿Me estabas siguiendo?!

—Bueno, no exactamente. Te esperaba en la entrada del museo… Había mucha gente en la sala, no podíamos hablar allí.

La explicación no convenció a Irene, que se dirigió a la salida. Atravesó el grupo de turistas que, distraídos con las pinturas, no repararon en ellos.

—Es importante que hablemos —dijo Nacho, unos pasos por detrás.

—Si quieres algo del museo contacta por los mecanismos oficiales.

Irene prosiguió, pero Nacho la siguió.

—Yo sabía que iba a aparecer el Goya.

Irene se giró, perpleja. No se lo acababa de creer, pero le llamó la atención el convencimiento que mostraba.

—Dame solo tres minutos. Por favor. Supongo que estarás descolocada por lo que ha ocurrido.

Ella se armó de paciencia y se mantuvo a cierta distancia, pero le dejó hablar. Nacho se acercó lo imprescindible para que le oyera sin agobiarla. Sacó el móvil, buscó en X y se lo entregó.

—Es mi cuenta secreta. No se la doy a nadie. El mensaje es anterior al 2 de mayo.

Irene no valoró la demostración de confianza, pero lo cogió a pesar de las dudas. Miró el tuit y comprobó la fecha: era previo a la aparición del lienzo.

«Lo van a volver a hacer. Está a punto de salir a la luz un supuesto cuadro de Goya. Probablemente será mañana». Levantó la vista.

—¿Cómo podías saberlo?

—Es complicado.

La restauradora esperaba una explicación.

—Verás… Antes de que aparezca una obra, se incrementan las noticias en redes entre un sesenta y un sesenta y ocho por ciento. Y el día anterior, un cien por cien .

—No te entiendo.

—Soy matemático, me dedico a la estadística.

Publico artículos en un medio de comunicación importante, pero firmo bajo seudónimo.

Nadie sabe quién soy, en realidad. Y, para mi seguridad, es importante que así sea.

Me dedico a analizar las noticias y busco patrones.

Es una manera de prever lo que va a ocurrir.

Por ejemplo, en 2018 diseñé un algoritmo que anticipaba el comportamiento de la bolsa cuando Trump tuiteaba.

Según las palabras que utilizaba, las acciones de determinadas compañías fluctuaban.

Irene no salía de su asombro.

—¿Cuando Trump tuiteaba subía o bajaba la bolsa?

—Había gente que estaba prevenida, no tengo la menor duda. Es una manera de hacer fortuna. Y en noviembre se presentará de nuevo a las elecciones. Imagínate lo peor.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Esta semana ha sucedido lo mismo que cuando apareció el Ecce Homo de Caravaggio y con la misma estructura de bots.

Los días previos, los mensajes sobre ambas obras se incrementaron en un sesenta y tres por ciento.

Los datos fueron similares el año pasado cuando se descubrió una pintura de Rafael Sanzio en Pérgola.

Como el Miró que se vendió en más de cuatrocientos mil euros, igual. Hay más ejemplos que siguen el patrón.

—Ya, pero ¿qué me estás tratando de decir?

—Que hay una conexión entre estas apariciones.