No te fíes de ellos Capítulo 28
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Capítulo 28

Los policías, acompañados por Delfín Moreno, habían salido del edificio y pisaban la hierba de uno de los campos de fútbol.

La mantenían en perfecto estado, como si fuese un green de golf.

A sus espaldas, tras las cristaleras del gimnasio, pedaleaba un futbolista del primer equipo en fase de recuperación.

El director de la sección de fisioterapia, que lo había visto entrar, se giró para supervisarlo.

No era capaz de desconectar de su profesión. Lola tampoco.

—¿Sabía usted que Juan Ariztimuño iba a ser el encargado de tratar a la cantante? —preguntó Lola.

Delfín no respondió. Tenía la mirada perdida en el interior. La inspectora se dio cuenta y le chistó.

—Perdonen —se excusó Delfín—, es que pedalea con demasiada intensidad.

El grupo desvió la vista hacia el ventanal que daba a las bicicletas estáticas.

—Quieren volver enseguida de las lesiones, pero requiere su tiempo —prosiguió, preocupado—. Estamos en la fase clave de la temporada y no podemos descentrarnos. Este miércoles son las semifinales de la Champions contra el Bayern de Múnich.

—Si le pillamos en un mal momento, nos lo dice y, ya si eso, volvemos cuando maten a otra.

Lola fijó la vista en el director, que comprendió que no le quedaba otra que colaborar.

—Lamentamos lo ocurrido, por supuesto —dijo—. Ha sido horrible. Una chica tan joven, llena de vida. No se crea que no estamos impactados .

—Por la mala imagen que supone.

—No se equivoque, inspectora, con perdón. El fútbol es muy competitivo, pero somos igual de humanos que usted. Yo tengo una hija de dieciséis años que estaba en el concierto.

—¿Tuvo algún incidente? —preguntó el inspector Campos. El factor personal era clave para ganarse a un informador. Y a él, sinceramente, le preocupaba.

—Por suerte no. Estaba con empleados del club y no salieron hasta que la policía controló los alrededores.

A Lola le dio la sensación de que era sincero y que su tristeza era real.

—También estaba mi hija.

Su compañero la miró, no sabía nada.

—Solo fue un susto. Lo que pasó en las inmediaciones del estadio hace aún más grave el asesinato, murieron dos chicas y varias siguen graves. —Se dirigió de nuevo a Delfín—: ¿Por qué no fue usted el que acudió a dar el masaje?

—Me contrataron para impartir una conferencia en un congreso fuera de Madrid.

—¿Era importante?

—Bueno, con pocos asistentes pero selectos, pagaban muy bien.

—¿El club no le paga bien?

—No, no, al contrario. No tenemos ninguna queja, pero estos congresos dan prestigio.

—Y ya la Champions era menos importante.

Delfín Moreno torció el gesto, la inspectora lo atosigaba.

—¿Y por eso llamó a Ariztimuño? —retomó Etham Vance la conversación.

Lola lo miró para que no volviera a intervenir, pero no era sencillo intimidar al agente del FBI.

—Bueno —respondió el jefe de los fisioterapeutas, ajeno al pique entre policías—, en realidad, yo llamé a mi segundo, pero le surgió algo con su hijo en el colegio .

—¿Algo?

—Desapareció.

—¡¿Cómo?! —preguntó Lola, alarmada.

—Al final no fue nada —la tranquilizó Delfín—. Hubo un malentendido entre los padres, pero ya no le daba tiempo.

—¿Y por eso acudieron a Ariztimuño?

—No exactamente. Somos nueve fisios en total. Yo estaba a punto de empezar mi charla y no había decidido a quién llamar cuando recibí un wasap de Juan. Vive muy cerca del estadio y es muy dispuesto.

—O sea, ¿que la idea fue de él?

Delfín sacó su móvil de última generación con el logo del club en la funda y trasteó.

—«Yo puedo ir». No decía nada más, pero supuse a lo que se refería.

—¿Sabía que se trataba de Emcy?

—No creo. Era un asunto secreto. Yo no le había dicho a nadie para quién era el tratamiento.

—Raro, sí —aceptó la inspectora—. Aparte de usted, ¿quién más estaba al tanto?

—No estoy seguro. El presidente, claro, el jefe de seguridad… Y, supongo, el equipo de la cantante, que son muchos. Pero ¿por qué iban ellos a avisar a Juan?

—¿Para que la matase? —preguntó la inspectora.