Capítulo 27
Michel Barray. Enter.
En el ordenador del despacho de Irene se desplegaron las búsquedas relacionadas con el nombre.
Ninguna. Cero. La restauradora, peinada con coleta y vestida con la bata negra, se ajustó las gafas y tecleó de nuevo por si fuera un fallo del sistema.
No había en Internet ninguna alusión a Barray.
Aquello la alteró. Resultaba casi imposible que algo así sucediera, a menos que se hubieran tomado la molestia de borrarlas.
Implicaba más secretismo sobre la llegada del supuesto Goya.
Levantó los ojos, el despacho era pequeño pero con luz natural, y estaba sin organizar: cajas cerradas y amontonadas en las esquinas y marcos que esperaban una foto para ser colgados.
Irene llevaba poco en el cargo y daba sensación de provisionalidad.
Sin tiempo para sí misma, no había allí nada personal.
Volvió la vista a la pantalla y las manos al teclado.
Emcy. Enter.
En contraposición, se mostraron millones de artículos.
Bebió un sorbo del té matcha que había preparado y acotó la búsqueda a la última semana para centrarse en los alusivos a la muerte.
En la mayoría daban por hecho que la habían asesinado, aunque las hipótesis eran variopintas.
Hablaban de un fallo de seguridad, y de que alguien había conseguido entrar en el vestuario momentos antes de la actuación.
Resultaba increíble con el séquito que llevaban las estrellas de su nivel.
¿Alguien habría dejado pasar al asesino?
Encontró la imagen del coche de la funeraria en el momento de llevarse el cadáver y sintió un escalofrío.
Aunque ocurrió de madrugada, todavía quedaban fans en los alrededores.
En Internet estaba todo salvo lo importante.
Pero no podía distraerse con otros asuntos.
Max Utiel. Enter.
También había bastantes entradas. Las más recientes aludían a su dimisión, pero no hacían hincapié en que estaba en paradero desconocido.
¿Lo estaba? Desde luego, nadie explicaba los motivos más allá de que fuera por problemas personales.
¿No le habían presionado? ¿Y por qué desaparecer de madrugada tras la llamada que le había hecho la noche en la que asesinaron a Emcy?
Buscó el número que había guardado. Tomó la precaución de marcar desde el museo y no desde su móvil personal.
«Este teléfono está apagado o fuera de cobertura» fue la única respuesta. ¿Estaría bien? Pensó en enviarle un wasap, pero no se atrevió. En realidad, no habría sabido qué decirle.
Unos nudillos golpearon con decisión la puerta entreabierta y la distrajeron de sus preocupaciones.
Asomó medio cuerpo de Felipe Trasobares.
—He tomado micromuestras de diversas áreas del lienzo para realizar el análisis químico. Aquellas que, en mi consideración, son más características —dijo en su lenguaje clásico.
Por detrás, irrumpió el director del museo, Francisco Altares. La corbata no había aflojado la presión de su cuello desde que trajeron el cuadro. Transmitía cada vez más zozobra.
—¿Algo nuevo? —preguntó.
—De momento no —respondió Irene con excesiva celeridad.
El químico aprovechó para quitarse de en medio.
—No puede volver a pasar lo de El coloso y ese debate equivocado sobre si era un Goya o no.
Irene estaba de acuerdo.
—El viernes hiciste radiografías.
—Muy pocas. Era tarde.
—¿No viste nada del dibujo subyacente ?
—Había arrepentimientos poco definidos —reconoció la restauradora.
—¿Se parecía a los demás Goyas que tenemos?
—Es pronto para asegurarlo. Podría ser.
El director respiró y se aferró a ese hilo de esperanza.
—¿Alguna firma?
—Eh… —carraspeó Irene a punto de confesar—. Solo hice caras, algunas manos…
—Hay que radiar lo que falte. Encontrar la firma sería trascendental.
—Lleva su tiempo —se excusó Irene.
El director lo asumió sin dar por terminada la conversación. Cuando iba a preguntar de nuevo, a Irene le saltó un aviso en el móvil: «Martín Zapater, experto en Goya»; «Tardarás 20 minutos en llegar a tu cita».
No recordaba tener ninguna, pero le vino genial para librarse del director.
—Perdona, Francisco, tengo que ir a ver a un experto en Goya que me ha citado.
—Claro, luego me cuentas.
Francisco Altares por fin se fue y la restauradora miró lo que tenía agendado.
La reunión era en la ermita de San Antonio de la Florida, en cuya cúpula había frescos del pintor.
Salió del despacho, se quitó la bata y caminó hasta la mesa en la que Clarice trabajaba con las imágenes obtenidas por infrarrojos.
—¿Te deja tranquila? —preguntó la fotógrafa refiriéndose al director.
—Uf, no. ¿Tú sabes quién es este? —preguntó Irene, y le mostró el móvil.
—El nombre me suena.
—Es que yo no he agendado esto.
—Bueno, ya sabes que ese calendario es común. Te lo habrá metido la secretaria.
Irene la buscó por el departamento, pero no había rastro de ella.
—Creo que está de baja .
—¡Joder, no viene el teléfono ni nada de este tipo! ¡Con la cantidad de cosas que tengo encima!
—Bueno, si es un experto en Goya quizá te pueda aportar algún dato relevante.