Capítulo 26
Tras el fin de semana, en el que Lola no pudo quitarse la investigación de la cabeza, acudieron por segunda vez a Valdebebas. Se encontraron con un ambiente festivo por la celebración del título de Liga conseguido en el partido contra el Cádiz.
Si el estadio era impactante, la ciudad deportiva, situada a las afueras de Madrid y enfrente del Instituto de Medicina Legal, no lo era menos.
Más de un millón de metros cuadrados de piscinas, gimnasios, residencias, centro médico, once campos de hierba más el estadio Di Stéfano para seis mil personas, todo con un diseño moderno y de las mejores calidades.
El parque del Retiro se quedaba pequeño a su lado.
—Déjelo, no lo voy a comprar —dijo Lola, harta de la visita turística que les ofrecía el empleado del club.
Iba acompañada por el inspector Campos y Etham Vance, que, a pesar de su rivalidad, sonrió. Tenía que admitir que era ingeniosa.
El empleado, orgulloso de pertenecer a la entidad, enmudeció ofendido mientras pasaban cerca de la gigantesca maqueta de las instalaciones. Presidía la sala el escudo del equipo.
Caminaron en silencio un buen rato en el que Lola percibió la taquicardia que empezaba a ser habitual.
Por más que le cabreara, tenía que asumir que los cambios físicos eran incontrolables.
Atravesaron la zona decorada en tonos amarillos para los más pequeños de la cantera, la siguiente en azul para los juveniles, hasta que llegaron a la blanca de la primera plantilla.
Dejaron a la derecha una sala de torturas que semejaba un gimnasio, de nuevo con el escudo .
—Fisioterapia —dijo cortante el empleado.
Sin aguardar a que la invitaran, Lola se coló en la sala, que tenía una hilera de camillas oscuras y estanterías llenas de productos.
En la pared de enfrente, varias fotografías de jugadores.
No había que ser muy experto para identificar a Cristiano Ronaldo y a Zidane.
Se topó con un hombre de mediana edad, fibroso y vestido de traje sin corbata.
—Es el director de la sección, Delfín Moreno —explicó el empleado.
—Somos los inspectores Baltanás, Campos y el miembro del FBI Etham Vance, que colabora con nosotros en la investigación. —Lola lanzó una mirada retadora al estadounidense.
—Disculpen, pero no pueden entrar aquí —advirtió el director como si hubieran accedido a un ámbito sagrado—. Están a punto de llegar los jugadores y no podemos invadir su intimidad.
El tipo, aunque de aspecto afable, estaba a la defensiva, era lógico.
—Créame que podemos entrar donde nos plazca —respondió la inspectora—, pero si está usted más cómodo podemos ir a otro sitio. No tengo la más mínima necesidad de ver el culo a los futbolistas. —Se acercó a Delfín—. Y es mejor que nadie nos oiga hablar de asesinatos, ¿no cree?