Capítulo 25
«NO TE FÍES DE ELLOS».
Carlos, vestido con una sudadera de marca, sentado en el sofá frente al televisor y con la serie pausada, miraba el móvil de Irene. No entendía a qué se refería el texto.
—¿Esto estaba escondido en el cuadro? —preguntó al fin.
—Eso es. Lo he descubierto con los rayos X.
—Ya.
Irene, vestida de calle a pesar de la hora, se levantó y caminó inquieta por la habitación. Acababa de llegar y el mensaje oculto la había trastornado. Carlos midió la respuesta, el semblante de su chica indicaba que necesitaba certezas. Y no era tan sencillo dárselas.
—No te fíes ¿de quién? ¿Quiénes son ellos? —preguntó para ganar tiempo.
—¡Joder, no lo sé! —respondió Irene—. Supongo que gente de la época, los franceses o alguien de la corte.
—Eso quiere decir que damos por bueno que es de Goya.
—¡No estoy segura! —contestó con desesperación.
—¿Qué crees tú, de verdad? Sin compromiso.
Reconocerlo en privado era un primer paso para hacerlo en el informe del museo.
—Habría que tener en cuenta tres factores: materia, técnica y estilo.
—Concreta.
A Irene le costaba hacer el ejercicio de imaginación.
—Los arrepentimientos, por ejemplo… —dijo, pero Carlos no la entendió—. Llamamos arrepentimiento a las diferencias entre la co mposición inicial y el resultado final: una mano cerrada que, durante el proceso, el autor prefiere que esté abierta para dar más expresividad.
—Comprendo, cambia de idea sobre la marcha.
—Eso es. En las copias que se hacen no hay arrepentimientos.
—Vale, entonces es un original. Pero no implica que sea de Goya.
—El dibujo subyacente, aunque no está bien perfilado, es semejante al de otras obras de la época que tenemos en el museo.
—O sea, que piensas que es auténtico —afirmó Carlos.
Irene suspiró y se dejó caer a su lado en el sofá. Buscaba complicidad, aunque ni ella misma lo supiera.
—Es una locura, pero… creo que sí. Aún hay que hacer pruebas determinantes —dijo para que su afirmación no fuera tan contundente—. El químico nos tiene que confirmar que los pigmentos son de la época y que la capa de preparación coincide con las de Goya.
—Sería increíble para el dueño, ¿no? Como localizar un pozo de petróleo para ti solito.
—Menudo ejemplo.
Carlos sonrió. En el fondo para el que trabajaba comprendía la importancia de un hallazgo así.
—Estamos como al principio.
Irene le miró agobiada.
—¿Qué quieres decir?
—Supongamos que Goya hubiera dejado ese mensaje. Pero no te lo dice a ti, claro. Cuando lo escribió hace más de doscientos años no sabía quién lo iba a leer. Ni si era posible llegar a hacerlo.
—No había radiografías —aseguró Irene.
—Lo puso y lo tapó. ¿Pretendería que alguien lo descubriera en el futuro? ¿Se arrepintió?
—Igual era para su nieto, Mariano. También en las Pinturas negras trató de transmitir ciertos mensajes. Pero más genéricos.
La cabeza de Irene luchaba por ordenar las ideas. Mientras que para Carlos era un divertimento, ella se jugaba su prestigio profesional. Y, tal vez, algo más complejo: una responsabilidad más allá de la autoría: ¿de quién no se podía fiar?
—Y el texto se podría referir a cualquiera —dijo ella—.
A los franceses, por ejemplo. Habían invadido España y, a partir de un momento, Goya se negó a trabajar para José Bonaparte con excepción de algún caso muy puntual.
Incluso dejó de cobrar el sueldo como pintor de la corte. Fue una etapa difícil, murió su mujer…
—¿Cuándo se pintaron los otros dos cuadros sobre el levantamiento?
—En 1814.
—Ya habíamos echado a los franceses.
—Sí, un año antes, más o menos.
Irene buscó nuevas opciones.
—¿El rey no fue un traidor? —se adelantó Carlos.
—A su vuelta incumplió lo que había prometido y machacó las esperanzas de libertad que tenía el pueblo.
Incluido Goya, que era un liberal declarado.
Muchos artistas fueron investigados, pero él salió sin cargos, aunque su relación con el rey ya no volvió a ser la misma; los cuadros del 2 y 3 de mayo no le hicieron mucha gracia, no fueron lo épicos que él esperaba.
—Pues Fernando VII sería una opción.
—Pero me mosquea que diga «de ellos», en plural.
—¿No habrá alguna carta de la época que pueda dar una pista?
—Las revisaré. El 2 de mayo debió de colgarse en torno a 1840, y de Los fusilamientos no hay constancia hasta que lo viera Manet en 1865, aunque creo recordar que se documenta en el almacén en 1834.
—Son datos imprecisos. Eso daría opciones para que hubiera un tercero.
Las obras habrían estado, supuestamente, veinte años en el Palacio Real, pero ningún apunte lo atestiguaba. Para Carlos, el tema estaba zanjado, por lo que cogió el mando a distancia para seguir con el capítulo de la serie.
—El caso es que no sé si decirlo en el museo .
—¿Lo del texto?
Irene asintió, abrumada por los acontecimientos.
—¡¿Cómo?! ¡La niña buena va a ocultar información, eso me gusta!
—Solo quiero ganar unos días —dijo para exculparse—. No he hecho placas de toda la obra, solo de algunas partes. Enseñaré las otras.
—Muy lista. El que maneja la información tiene el poder.
Irene se acercó a la ventana, era de noche y le molestaba la luz de la farola. No estaba segura de tener el control de la situación, ni mucho menos.
—Aunque ganes tiempo, no creo que sea tan sencillo, a estas alturas, descubrir quiénes son ellos y qué peligro pudieron representar.
Una verdad contundente que debía asumir.
Al coger la cinta para echar la persiana, le pareció entrever una figura encapuchada que observaba la casa desde enfrente.
Se giró hacia Carlos para comentárselo, pero se había levantado a la cocina.
Cuando volvió la mirada a la calle, la figura había desaparecido.