No te fíes de ellos Capítulo 24
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Capítulo 24

La cerradura produjo un ruido metálico al girar.

Es lo que tienen las casas viejas, delatan a cualquier intruso.

También a las madres. No hacía falta ser policía para saber que su llegada había ocasionado un terremoto en Manuela, que ocultaba, sin tiempo que perder, lo que no quería que se supiera de ella.

Lola pasó al vestíbulo y se tomó su tiempo para quitarse la cazadora, no era el mejor día para pillar desprevenida a su hija adolescente y provocar una discusión.

Aguantó quieta unos segundos que la retrotrajeron a su propia adolescencia, cuando entraba en silencio para que sus padres no se enteraran de que había incumplido la hora de llegada. Nunca fue una chica obediente.

Como ahora su hija.

Cuando la actividad se detuvo, colgó la cazadora y avanzó.

Olía a váper, ese invento que había cautivado a una generación y que les habría machacado los pulmones para cuando tuvieran cuarenta años.

Y nadie lo prohibía. Con ese pensamiento irrumpió en el salón, que estaba desordenado y con la ventana abierta.

Aun así, no era posible ocultar el desagradable olor a regaliz del cigarrillo electrónico.

—¿Qué has hecho para cenar? —dijo Lola desviando el tema.

Manuela se hizo la ofendida y la saludó con un expresivo levantamiento de cejas.

—¿Yo? Tú flipas. Si quieres pongo unas palomitas en el microondas.

—Eso mejor para desayunar. ¿Nos pedimos algo ?

La sonrisa saltó en la cara de Manuela, que se imaginó devorando su burrito preferido. Se le hizo la boca agua y se puso de buen humor. Tampoco era tan difícil ser madre. A veces.

—Tenemos que decorar esta casa, mamá, paso de traer amigas. Mira ese aparador, es como del siglo XIX . —Y señaló un mueble castellano grande y desvencijado. Era el estilo general.

—Perteneció a la abuela. Es de buena calidad —explicó mientras se deshacía de las botas. Le dolían los pies. Otro efecto de la menopausia es que se hinchan los tobillos.

—Si es tan bueno, véndelo por Wallapop —replicó su hija.

—Ya nadie quiere estos muebles.

—Por algo será.

—Ya. ¿Cómo van los moratones?

—Me duele el cuerpo, pero bien.

—Me tenías que haber dicho que el concierto era importante para ti, y no comprar las entradas con tu padre a mis espaldas.

—Six seven —dijo haciendo un aspaviento para que la dejara en paz, y se levantó, se había terminado el buen rollo—. Me avisas cuando llegue el burrito.

Lola se derrumbó en el sofá. Pocos meses atrás, un día como ese no la habría agotado.

Era fácil echar la culpa a la incipiente menopausia.

Al llegar a los cincuenta años se debería sentir madura, con experiencia, pero en vez de estar más serena y positiva, había dejado de reconocer su cuerpo, brotaban kilos absurdos en zonas insospechadas, la regla se rebelaba, unas veces la inundaba y otros meses ni rastro de ella.

No sabía qué esperar de la nueva etapa, aderezada con la puta niebla mental que tantas veces se había achacado al COVID.

Le costaba centrarse en el trabajo más que a un adolescente en clase de Matemáticas.

La mala hostia se mezclaba con emociones desbordadas y con una melancolía que no formaba parte de ella.

Alguna compañera había pasado antes por la experiencia, pero no la había escuchado.

«A mí no me sucederá», se repetía sin ningún fundamento científico, tan solo por no invocar lo inevitable .

Manuela, inesperadamente, regresó y se detuvo en la puerta. Lola no había hecho el pedido.

—¿Has visto las redes de Emcy? —preguntó mientras su madre cogía el móvil para elegir la cena en la aplicación.

—La verdad es que no —reconoció.

—Mamá —dijo en un tono que sonó a reproche—, la manera de investigar ha cambiado. Tienes que hacerte a la idea.

—Tenemos un equipo para eso, listilla.

Manuela se acercó con el teléfono en la mano y le mostró un vídeo de TikTok en el que se podía ver a Emcy en penumbra y tapada de manera sexi con la toalla. Estaba en el vestuario del Madrid.

—¡Joder! —exclamó Lola al verla.

«Ready to come back!», había escrito la joven cantante con una sonrisa de felicidad. Y lanzaba un beso. Estaba guapa, radiante. «¡Si nadie lo impide, estoy de vuelta! ¡¡No podrán conmigo!!», añadía de viva voz en inglés.

—¿De cuándo es ese vídeo?

—Ahí lo pone —señaló su hija—, 19:23.

Lola miró la imagen detenida en la pantalla. A esa hora, el fisio estaría a punto de llegar.

—¿Y no hay más?

—Solo este.

Manuela se sentó en el sofá al lado de su madre.

—La mataron poco después, ¿no?

—Eso creemos.

—Igual el asesino también subió algo a redes.