Capítulo 23
Atardecía un día más sobre el Museo del Prado y los trabajadores fichaban a la salida, de camino a su vida personal.
Todos, salvo los encargados de la seguridad, que estaban presentes las veinticuatro horas.
Incluso había una comisaría dentro de las instalaciones.
El valor de las obras justificaba el despliegue, más aún, tras los continuados robos en el Museo Británico descubiertos el año anterior.
En el departamento que dirigía Irene, los últimos restauradores recogían sus pertenencias.
El nuevo cuadro continuaba en el búnker de rayos para el estudio técnico.
Aguardaba a que descubrieran su verdadera identidad.
Carmela Rojo salió sin despedirse, en tanto que Clarice apagaba las luces y miraba a Irene, que se acomodaba la chaqueta.
Se la veía agotada y dolorida, le salía ahora la tensión por los incidentes del día anterior en el estadio.
—No te lo va a poner fácil.
—También es lógico, ella creía que le darían el puesto.
—No la justifiques. Estamos en el siglo XXI . —Sonrió con maldad—. Y esta profesión ha cambiado, tenemos una tecnología que hace unos años era impensable.
—Eso es cierto, los métodos actuales desdicen las teorías de estudiosos como ella, y eso no es sencillo de admitir.
—¿Podremos asegurar que se trata de un Goya?
Irene suspiró. En su fuero interno lo deseaba. Sería maravilloso que las hipótesis que afirmaban que existía al menos otro cuadro sobre el levantamiento fueran ciertas. El vellocino de oro. Pero su profesionalidad le exigía cautela .
—Decir que no lo es resultaría más sencillo: «los pigmentos no están en época, la pincelada es diferente». Pero, si en apariencia concuerda, ¿quién nos garantiza que de verdad salió de la mano del maestro?
La cuestión se quedó en el aire.
—¿Necesitas que te ayude con las radiografías? —preguntó Clarice.
—No te preocupes, ya os estamos pidiendo demasiado.
—¿Seguro?
Irene asintió con el bolso en la mano, salió detrás de su compañera, selló la estancia con un código y caminaron hacia los ascensores. Uno de ellos las esperaba con las puertas abiertas. Irene pasó la tarjeta de seguridad y descendieron.
—Estabas en el concierto de ayer, ¿verdad? —preguntó Clarice.
—Fue muy duro.
—Menudo día: el cuadro, la muerte de Emcy, las avalanchas del estadio… ¿Te asustaste?
Irene desvió la mirada y prefirió no dar detalles del peligro que había corrido.
Ni de la llamada del ministro. Acababa de telefonear a Carlos para comentarle que se retrasaba y a su chico no le había hecho gracia.
No sabía si la echaba de menos, como ella a él, o tan solo prefería que cocinara.
Desterró el pensamiento negativo, la noche anterior había sido pasional.
Se despidieron en la planta baja, donde Clarice salió del ascensor, e Irene continuó hasta el sótano.
Las puertas se abrieron y avanzó hacia el recinto blindado con paredes de plomo que protegían de la radiación, la misma sala en la que Clarice había hecho las fotos.
El estudio de rayos X implicaba un proceso minucioso y más para obras de gran formato, como esa.
Había decidido hacer una prospección de los elementos esenciales: las caras, las manos y algunos detalles significativos que pudieran compararse con los otros dos lienzos del levantamiento de los que manejaban datos.
Irene entró en el búnker y se quedó por primera vez sola frente a la pintura.
La observó con detenimiento antes de ponerse a trabajar.
Los rostros de los españoles de hace más de doscientos años la sobrecogieron.
La angustia era comparable a la de Los fusilamientos, y la valentía, similar a la de La carga de los mamelucos.
También la locura, el odio a los invasores y el ansia de libertad, aplastada primero por los franceses y después por el rey, que, a su regreso, incumplió las promesas hechas a su pueblo.
Goya lo intuía en los cuadros y, desde luego, lo reflejaba en su obra posterior, los Desastres de la guerra o las Pinturas negras.
Se decidió a empezar por las caras. Situó el equipo, colocó la placa, salió para evitar la radiación y disparó. Lo hizo en dos o tres zonas del lienzo; luego tendría que revelarlas para posteriormente digitalizarlas y estudiarlas en el ordenador. Era eficaz y precisa en sus movimientos.
Cuando ya tuvo las que había planificado e iba a dar por terminada la sesión, pensó que sería interesante buscar una rúbrica oculta. Movió la máquina con dificultad hasta la parte inferior derecha del lienzo, en la que Goya solía firmar.
Efectuó un último disparo.
Cogió las radiografías y las llevó al cuarto de revelado, un proceso mecánico que le permitía divagar.
Deseó que el cuadro fuera auténtico. En ese caso, ¿cómo podía haber estado perdido tanto tiempo?
¿Alguien lo habría ocultado? ¿Su hijo Javier?
¿El mismo rey? ¿Lo habrían robado del taller de la calle Valverde?
Ninguna de las respuestas la satisfacía.
¿Por qué no había quedado reseñado? Si algo tenía la Administración española era que documentaba hasta la saciedad, aunque no siempre se conservaran los apuntes.
Recordó haber leído la respuesta a una carta de Goya en la que solicitaba al gobierno provisional su deseo de homenajear a la resistencia española frente a Napoleón.
Algunos historiadores decían que estaba escrita en referencia a la serie de la guerra, pero no todos estaban de acuerdo.
Tendría que buscar esos documentos y leerlos con ojos nuevos.
Daba la sensación de que las imágenes habían salido nítidas. Las llevó al gigantesco negatoscopio de tres veces su altura y las colocó sobre el metacrilato. Encendió la luz trasera que permitía ver a través de las láminas de poliéster y la estancia se iluminó .
Hasta ese momento no podía saber qué iba a encontrar y si esa prueba aportaría datos más concretos que la luz infrarroja.
Repasó las expresiones de los rostros y el delineado de los ojos: se veían pocos detalles de la composición y varios arrepentimientos.
Las manos, que en un primer momento estuvieron cerradas, habían terminado abiertas y crispadas; las bocas, retorcidas y las expresiones, más dramáticas.
La pincelada era suelta, libre, y no siempre fiel al boceto previo.
Colocó la última radiografía sobre el negatoscopio, la esperada firma.
Nada.
Sin embargo, vislumbró unos trazos inconexos. Se acercó. Eran ininteligibles. A pesar de estar agotada, no se conformó y decidió repetirla. Ajustó los parámetros para aumentar el tiempo de exposición.
Para la tesis doctoral había estudiado con detenimiento las cartas de Goya.
Recordaba con especial claridad las escritas desde Burdeos a su hijo Javier, con el que mantenía una relación cercana.
Se reflejaba la preocupación por dejarlo bien situado económicamente, y también a su nieto Mariano.
La caligrafía del pintor era intensa, con el travesaño de las tes muy corto, que contrastaba con los remates de las eses, alargados y curvos, como pequeñas rúbricas.
Una vez que la tuvo revelada, la colocó de nuevo en el retroproyector; el estilo encajaba.
Se agachó para leer el texto. Estaba borroso, pero se entendía:
« NO TE FÍES DE ELLOS ».