Capítulo 22
El Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses parecía cualquier cosa menos el lugar apropiado para realizar autopsias.
Al menos, esa era la impresión que le daba a Lola cada vez que lo visitaba.
Con aspecto futurista de los años setenta, a vista de pájaro recordaba a un gigantesco dónut de acero inoxidable perforado.
Una construcción circular inmensa con más de doscientas cámaras frigoríficas y diecinueve mesas metálicas, dotado con los últimos avances tecnológicos.
En el interior, tenían depositado el cuerpo de Emcy y también los de las dos chicas fallecidas en las avalanchas del concierto.
Estaba en un descampado cerca de la ciudad deportiva del Real Madrid.
Al llegar, los inspectores Baltanás y Campos se tropezaron con un grupo de periodistas que aguardaba la visita de los familiares de las fans.
Atravesaron sin contestar a las preguntas y accedieron al edificio.
Tras identificarse, recorrieron los pasillos circulares, que semejaban una nave estelar.
—Por lo visto, Juan Ariztimuño tiene familia: una mujer y una hija de siete años —dijo el inspector Campos. Sus pasos resonaban por la cúpula plateada.
—La casa no era muy familiar, con esas fotos en las paredes —respondió Lola con ironía.
—Solo había ropa de hombre. Tal vez esté separado.
—Pues no sé, yo llevo un año desde que partí peras con mi marido y aún me encuentro cosas suyas en las cajas que tengo desde la mudanza.
—Tenemos que investigarlo .
—¿Lo de mi ex? —preguntó con una sonrisa. Le gustaba retar al inspector, y eso que le caía bien, pero tenía que espabilar.
—Lo de tu ex también. Le tenemos pinchado el móvil.
Lola se desconcertó por un momento, pero vio en la expresión de Campos que no era tan pardillo como creía. Progresaba adecuadamente.
Continuaron hasta la sala que les habían indicado en recepción y en la que los esperaba un viejo conocido al que apodaban House por ser cojo y malhumorado. Los invitó a entrar con un gruñido.
De sopetón, se encontraron con el cuerpo desnudo e inerte de Emcy bajo una potente luz blanquecina que restallaba en la mesa metalica.
Lola se detuvo y el inspector Campos, siempre a su sombra, también.
La estancia era grande y aséptica, con instrumental quirúrgico en carritos y otras cuatro mesas vacías.
—Pasad sin miedo, todavía no huele —dijo el forense con su amabilidad habitual.
Pero no era cierto; una mezcla de lejía, formol y putrefacción camuflada con desinfectantes penetró en las fosas nasales de los inspectores.
Todas las salas de autopsia hieden de manera similar.
Lola se acercó en silencio y contempló a la chica tumbada bocarriba; la muerte no había estropeado el cuerpo joven trabajado en el gimnasio y en cuya piel tan clara destacaban los tatuajes.
Se fijó en el del perro, seguramente su mascota, dibujado con destreza en el hombro, y pensó que no comprendería lo sucedido.
Si ya era complejo para los humanos entender la muerte, para los animales era imposible.
Cada vez que sonase la puerta acudiría convencido de que la dueña iba a regresar.
—No nos ha dado tiempo a hacer la autopsia ni los análisis de tóxicos. Seguro que estas cantantes van hasta arriba de sustancias —añadió en falsa confidencia.
—¿Nos confirmas el motivo de la muerte?
—Os puedo adelantar que se trata de una fractura cervical. Lo tuvo que hacer alguien experto. Un solo movimiento: ¡crac!
Los inspectores se miraron, el fisioterapeuta huido. Se confirmaban las sospechas .
—El cuello está suelto —explicó al tiempo que lo manipulaba. Al inspector Campos le produjo gran impresión—. El deceso fue repentino y no dio tiempo a que se formaran hematomas externos. No hay ningún signo defensivo.
—No creemos que se defendiera.
—Estaba en decúbito prono, ¿verdad?
—Así es, le estaban dando un masaje —respondió el inspector Campos.
—Tiene restos de crema de eucalipto en la piel; en la espalda y en la zona de los glúteos.
—Haznos llegar el informe en cuanto lo tengas, tenemos a un tipo del FBI tocándonos los cojones.
—Claro, si te parece lo redacto en inglés.
Lola, a la que le gustaba ese sentido del humor, sonrió y miró por última vez el cuerpo de Emcy, tan lleno de energía menos de veinticuatro horas atrás. Pensó en el disgusto de su hija, la admiraba con locura. Le quedaban las canciones. Había intérpretes que no morirían nunca.
Explícales eso a sus mascotas.
—¿Signos de violación? —preguntó la inspectora, que se temía que hubiera sucedido post mortem.
—No, pero… —dijo House haciendo hincapié en la adversativa, y señaló el pubis de la chica.
Lola se fijó en que el monte de Venus estaba rasurado y tenía tatuada una especie de sol de rayos curvilíneos, hecho recientemente. No se trataba de eso. El forense, con los guantes de nitrilo puestos, abrió la vulva. El inspector Campos se sintió incómodo y retrocedió.
—¿Qué pasa? —preguntó Lola.
—Tenía un papel doblado en la vagina. Justo aquí.
Ambos inspectores miraron al forense en busca de una explicación.
—¿Y decía algo?
—Sí, The end. ¿Tiene sentido para vosotros?