No te fíes de ellos Capítulo 21
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Capítulo 21

La habitación amplia y casi sin mobiliario estaba a oscuras, tan solo el haz de luz infrarroja iluminaba una sección del posible cuadro de Goya.

Frente a él, una cámara de fuelle de última generación lo registraba con una resolución extraordinaria.

Sobre la mesa, un portátil en el que se descargaban las imágenes del dibujo subyacente.

Era el mismo espacio de techos altos en el que se disparaban las radiografías.

El resplandor del pasillo irrumpió en la sala. Clarice, la fotógrafa en perpetua crisis existencial, de pelo largo y desordenado, al estilo de la Medea de George Romney, y vestido hippie, se volvió. Canadiense asentada en España, era la encargada del proceso técnico.

Irene cerró la puerta tras de sí y caminó casi a ciegas hacia la fuente de luz.

—¿Cómo vas? —dijo a modo de saludo.

—Poco a poco, es un cuadro muy grande —respondió con acento francés de Quebec.

A Irene le fascinaba conocer las capas ocultas de las obras. Era un momento mágico en el que se descubrían los secretos de los pintores, las dudas a la hora de bosquejar la composición, los arrepentimientos; así llamaban a los cambios entre el dibujo y el resultado final.

—¿Tu primera impresión?

—Mira —respondió Clarice, y señaló la pantalla en la que se veían unos leves trazos—. Las manos de la figura central. Y ahora —añadió mientras trasteaba en el ordenador—, estas son las originales del fusilamiento del 3 de mayo. Las tenemos documentadas de un estudio anterior .

—¡Tienen un trazo similar! Diría que están hechas por la misma persona.

Clarice lo confirmó y le enseñó una nueva imagen.

—Esto no basta para concluir que sea auténtico —señaló Irene.

—Pero se habrían tomado una gran molestia en imitar no solo la pincelada, sino también el dibujo original. Yo nunca lo había visto en una falsificación.

—Tampoco yo. La luz infrarroja se utiliza desde los años setenta, ¿verdad?

—Eso es —respondió Clarice—, un físico holandés hizo una tesis doctoral en la que se sentaron las bases técnicas.

—Si lo hubieran pintado ahora, podrían haber consultado los estudios sobre el dibujo subyacente, como hemos hecho nosotros, e imitarlo. Están en la web del museo.

—Muy enrevesado.

—Pero el precio haría que mereciese la pena —argumentó Irene.

—¿Y si se demostrase que los pigmentos son de principios del XIX ?

—Incluso así, el autor podría ser alguien que conociera a Goya.

—¿Estás pensando en Rosario Weiss? Hay quien dice que era hija del pintor.

—No tiene una base real —negó Irene—. Son habladurías de esas que le encantan a la gente. Eso sí, cuando se traslada a Burdeos al final de su vida, lo hace con la madre, que para entonces ya era su pareja, y con la propia Rosario. Está claro que convivieron y que conocía su técnica a la perfección.

—Dicen que fue una gran pintora.

—Se ganó la vida como copista —explicó Irene—.

Hay acreditadas algunas reproducciones de cuadros de Goya, de Velázquez.

El caso es que tuvo problemas porque lo hacía demasiado bien y no era fácil distinguir los duplicados de los originales.

La llegaron a acusar de falsificadora, pero nada de esta envergadura.

—Habrá que esperar a los análisis químicos para comprobar la fecha en la que fue pintado —concluyó Clarice .

La puerta se abrió a sus espaldas.

—Me han dicho que estabas aquí —dijo el director del museo irrumpiendo en la sala oscura—. ¿Podemos hablar?

Irene se despidió de su interlocutora y salió al pasillo tras Francisco Altares. Desde la tarde anterior, su habitual flema estaba alterada.

—Ya han nombrado nueva ministra de Cultura —dijo cuando estuvieron a solas.

—¿De quién se trata?

—De Yolanda Cano.

—¿Yolanda Cano? ¿De qué me suena?

—Era la presidenta de Red Eléctrica de España hasta hace poco.

—Mira que hemos visto perfiles raros en el ministerio, pero este…

—Es una brillante gestora —la defendió Francisco Altares.

—Seguro que lo es —respondió Irene, que no quería discutir, y menos con el director—. ¿Se sabe algo de Max Utiel?

—Nada desde la dimisión.

—¿Crees que la sustitución puede estar relacionada con el supuesto cuadro de Goya?

La pregunta puso nervioso al director, que se apresuró a negarlo.

—No veo por qué. Y nada de esto cambia nuestro trabajo.

—Por supuesto.

—Una cosa más —dijo antes de irse—, la nueva ministra quiere venir a verlo.