No te fíes de ellos Capítulo 19
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Capítulo 19

Las miradas acompañaron la llegada de Irene Llamas al departamento de restauración.

Estaba reunido el personal al completo: quince profesionales vestidos con batas negras que aguardaban desde primera hora de la mañana.

Se los veía confundidos por el cuadro de grandes proporciones que descansaba en un carro del taller.

El director les había dado una somera explicación de lo ocurrido y los había dejado solos.

Los presentes se inclinaban a pensar que no era auténtico; las circunstancias resultaban anómalas.

Felipe Trasobares, químico, un hombre con gafas y barba poblada que recordaba a Toulouse-Lautrec, tomó la palabra. Buen profesional, con gran experiencia en el mundo del arte; trabajaba en el museo desde hacía años.

—A todas luces, no resulta verosímil que se trate de un Goya.

Irene lo escuchó sin intervenir. Estaba acostumbrada a su manera de hablar, un tanto rebuscada.

—Es impactante en exceso para tomarlo en consideración —prosiguió a su estilo—. Como si hubieran valorado cuál sería el cuadro más polémico y lo representasen. De una manera excelente, es justo reconocerlo.

—Encima lo traen el 2 de mayo y en secreto —añadió Carmela Rojo, la rival de Irene para el puesto de directora del departamento, una mujer de dedos amarillentos por el tabaco y cabello cano y desordenado, tan colérico como su carácter—.

Si se hubiera descubierto un grabado, un retrato de la corte o de los banqueros a los que pintó en Francia al final de su carrera…

, pero el que complete una supuesta tr ilogía sobre el levantamiento del pueblo es poco creíble.

¡Y con protagonismo femenino, no le falta de nada!

No coincide con las dimensiones de los otros dos, este es algo más pequeño —añadió.

El resto estaba de acuerdo con el planteamiento.

—La gama de colores tampoco parece que concuerde con la del pintor en esa época —concluyó el químico.

—Eso podría ser porque el barniz está degradado —replicó Irene—. Hay que analizar los pigmentos.

Carmela torció el gesto en una expresión desagradable. Se iba a oponer a cualquier teoría que expusiera la nueva directora.

—Es un riesgo innecesario para el museo entrar en este juego. España es un punto negro del tráfico de falsificaciones. Acuérdate del supuesto Modigliani que se iba a vender por ocho millones.

—En cualquier caso —la interrumpió Irene—, la dirección nos ha pedido que hagamos el estudio correspondiente. No saquemos conclusiones hasta terminarlo. Somos expertos y no podemos hacer deducciones precipitadas, por muy peculiar que nos parezca lo ocurrido.

—No hace falta que nos des lecciones —dijo Carmela retándola con la mirada.

—Aquí estáis los mejores especialistas del sector y, si es falso, lo sabremos —respondió Irene sin dejarse provocar.

—Creo que la señorita Llamas tiene razón —interrumpió Michel Barray, que había llegado hacía unos segundos sin que nadie se percatara, seguido por el conserje mayor. Su figura, de traje sin corbata, se recortaba contra el ventanal que daba al claustro de los Jerónimos.

Hizo un gesto a su guía para que se marchara y se acercó al equipo sin hablar. Por el porte distinguido, el pelo cobrizo y la estatura elevada, intimidaba, pese a su aparente amabilidad.

—Entendemos las dudas que puedan tener —dijo con acento francés—, pero nosotros estamos seguros de que es auténtico.

—¿Ustedes? —preguntó Carmela.

—Represento a los propietarios de la pintura.

—¿Y qué datos tienen sobre su origen? —preguntó el químico .

—Esas respuestas las daremos después de que terminen el estudio técnico. No queremos condicionarlos.

Irene miró a Michel Barray invitándolo a seguir, pero Carmela se adelantó.

—Tenemos mucho trabajo en el taller como para dedicarnos a una bobada como esta.

—Tienes razón —reconoció Irene—. Sigue con el Velázquez, que debe viajar a la exposición del Metropolitan en unas semanas.

El resto —todos estaban expectantes, tenía que transmitir seguridad— haremos el estudio técnico.

Primero, el infrarrojo para analizar el dibujo subyacente y ver si se ajusta al estilo de los demás Goyas.

Hay que buscar los informes que tenemos.

—Se volvió hacia Clarice, la fotógrafa—.

Luz ultravioleta y rasante para ver los repintes, y fotos del anverso y el reverso.

Comprobad si tiene sellos o inscripciones.

Haz la cromatografía —solicitó al químico— y toma micromuestras de la capa pictórica, del barniz y del tejido del lienzo.

—¿Harán radiografías de la obra? —preguntó Barray.

—Por supuesto, yo haré las placas y la microfluorescencia de rayos X. Con esta información hablaremos con la conservadora para comparar posibles firmas y estudiar la procedencia, y si hubiera menciones en cartas de la época o estuviera reseñada en algún testamento.

La explicación tan detallada pretendía que Michel Barray se quedara conforme con el trabajo que iban a hacer.

Era evidente que el director del museo iba a supervisarlo.

Y, tal vez, hasta el nuevo ministro, que no estaba ni nombrado.

Irene hizo un gesto al equipo para que empezaran con las pruebas y Barray aprovechó que se quedaba sola para acercarse a ella.

—Vi cómo se le iluminaba la cara cuando lo miró por primera vez. Comprobará usted que es auténtico.

Irene se sintió descubierta.

—Es casi imposible de demostrar —respondió para quitarse presión—, como mucho podremos decir que los materiales están en época, que Goya los utilizaba, que la pincelada es similar .

—Confío en su profesionalidad.

—Le rogaría que ahora nos dejase para que podamos hacer nuestro trabajo. —Irene extendió la mano invitándolo a salir. Michel Barray, sin perder las formas, le tendió la suya para despedirse; en esta ocasión le resultó más cálida.

—Sabríamos agradecer que fueran más concretos en su informe.