No te fíes de ellos Capítulo 18
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Capítulo 18

Atiborrado de papeles, pero con un orden impoluto en la mesa y los expedientes clasificados por colores: carpetas blancas para los que estaban a punto de cumplir un año, moradas para los que llevaban seis meses y azules para los recientes; los sumarios en amarillo, los procedimientos con jurado en verde, y si eran causas con preso lucían pegatinas rojas.

Aparte, los atestados de la policía que se despachaban a diario.

La jueza Manrique, una mujer tenaz que era famosa en la carrera judicial por su laboriosidad, levantó la vista cuando Lola Baltanás, acompañada por Etham Vance, entró en su despacho.

La magistrada conocía los métodos de los fiscales estadounidenses, con los que solía mantener una relación cordial y siempre profesional.

—Me alegro de conocerlo, señor Vance —dijo tendiéndole la mano, que el miembro del FBI apretó en exceso.

—Gracias, señoría. Este caso es muy importante para nosotros. El embajador en persona conocía a Emcy.

—Veo que su español es muy bueno. Y usted, muy directo.

—Me crie en Texas —respondió como toda explicación.

—Ya he cooperado en otras ocasiones con el FBI.

—Este es un caso complejo y tendremos a la prensa internacional encima.

—No se preocupe por eso, estamos acostumbrados a trabajar bajo presión, ¿verdad, inspectora? —dijo mirando a Lola, que permanecía en un segundo término.

—Así es, señoría .

—Lo primero que necesito es conocer qué fiscal han designado en su país.

—Se nombrará hoy mismo. Seguramente viajará a España para que la colaboración esté más fluida —dijo Vance sin acertar con el verbo.

—Perfecto, tenemos que ponernos cuanto antes en contacto con la compañía estadounidense para pedir acceso a los datos tecnológicos: el móvil, los emails, buscadores. Justo ahora preparaba la comisión rogatoria.

Etham se puso serio.

—El móvil no se ha encontrado.

—¿Seguro? —preguntó la inspectora—. ¿No lo tendrá alguien de la agencia de representación?

—Acceder al móvil de una persona tan famosa es polémico. No sé si la familia o la discográfica se opondrán. Puede contener datos personales muy valiosos para la prensa.

—Si lo pide el fiscal estadounidense…

—No le garantizo el resultado. Creo que igual usted no es consciente de quién era Emcy.

Ese comentario molestó a la jueza, poco acostumbrada a que le llevaran la contraria.

—Quedará bajo secreto de sumario.

—Bueno, no sería la primera vez que se filtran documentos, alguien podría ganar mucho dinero con este caso.

—¡Eso no ocurre en mi juzgado!

La mirada de Vance puso en duda la afirmación de la jueza, que se revolvió en la silla; no habían empezado con buen pie. Lola intervino.

—Deberíamos hablar con la mánager de la víctima. Se ha marchado a Estados Unidos sin contactar con nosotros.

—Comunico sus inquietudes al embajador —interrumpió Vance—. La familia quiere repatriar el cadáver cuanto antes.

—Me temo que no será posible, de momento —dijo la magistrada—. Hay que hacer la autopsia y tomar muestras. Eso lleva un tiempo. Transmítales que entendemos su dolor, pero si queremos saber qué ha pasado debemos ser pacientes .

—Pero…

—Usted no es el representante de la familia, señor Vance. Ni de la discográfica. No entiendo su actitud.

El policía del FBI se contuvo.

—Espero que no pretenda investigar por su cuenta.

No tiene jurisdicción aquí. Deberá coordinarse con la Policía Nacional —concluyó, refiriéndose a la inspectora—.

Y confío en que usted nos facilite los datos que precisemos.

Por nuestra parte, recibirá una copia de las conclusiones del forense, algo que habitualmente solo se hace con la familia.

Necesitaríamos saber también si consta que Emcy tuviera un seguro de vida y conocer los posibles herederos.

—La motivación no es económica.

La jueza desvió la mirada a la inspectora, que dio un paso al frente y se situó en paralelo a Vance.

—A la espera de la autopsia —dijo—, nuestro principal sospechoso es el fisioterapeuta del club. Fue el último en ver a la joven con vida. Le he traído el atestado del registro de la casa de Juan Ariztimuño.

Se lo tendió, era una carpeta marrón que contenía el informe y varias fotos de la pared del salón. La jueza lo analizó concentrada.

—Muy bien. ¿Tienen alguna pista sobre su paradero?

—Aún no.

—En cualquier caso, es pronto para desestimar otras posibilidades. A estas alturas ya he visto muchas investigaciones engañosas.

La inspectora Baltanás y Etham Vance entendieron que había concluido la conversación y salieron del despacho.

—Espero que si la discográfica o la mánager tienen el móvil nos lo entreguen —dijo la inspectora.

En la sala adjunta donde trabajaban los funcionarios del juzgado el orden de los papeles era caótico.

—No me diga que aquí está complicado sustraer un expediente de esos —dijo Etham Vance.

Lola prefirió callar, la falta de medios de los juzgados españoles era un asunto innegable.