Capítulo 17
¿Y la muerte de Emcy? Se había enterado casi al momento. Algunas webs poco fiables insinuaban el suicidio.
Era inútil elucubrar, no tenía datos.
Llevaba tiempo sin visitar el museo para disfrutarlo, siempre atenta a las necesidades de restauración que pudieran tener las obras, o pendiente de realizar informes de si era conveniente que viajaran en el estado de conservación en el que se encontraban.
Al llegar a la sala, coincidió con un buen número de visitantes.
Esquivó a una pareja de japoneses que caminaban con paso corto.
Avanzó de manera ceremoniosa y, como había hecho la tarde anterior a petición de Michel Barray, no levantó la vista hasta que se hubo situado enfrente de Los fusilamientos .
La carga de los mamelucos quedaba a la izquierda. Era como si los turistas no existieran.
Solo la pintura de Goya y ella .
Le volvió a impactar tanto como la primera vez que la contempló de niña con su padre; cada domingo visitaban juntos una única sala del museo, ahí nació su pasión por el arte.
Aunque conocía las medidas, le llamaron la atención las dimensiones del lienzo.
Era una obra grandiosa. Tenía que comprobar si el nuevo era más pequeño, a pesar de tener un tamaño considerable.
Se fijó en la camisa blanca del fusilado, que contrastaba con el resto de los tonos tierra.
El destello de la tela iluminaba la sala.
La vista no tenía más remedio que centrarse ahí y subir a las cejas arqueadas, los ojos desorbitados que expresaban el terror del momento, el pelo ensortijado y la boca cerrada, sin gritar, tensa; las manos abiertas al cielo, implorando una misericordia que no le iban a conceder.
A su alrededor, dedos crispados, huidizas miradas de pavor, cuerpos retorcidos, caras escondidas que no querían ver la realidad y soldados sin rostro que cumplían con su labor de manera sistemática, sin emociones.
En el suelo, el gran farol iluminaba la sangre derramada y los cuerpos caídos, remarcados con trazos de pintura negra.
El reflejo de la fría crueldad humana.
Una de las turistas se echó hacia atrás para contemplar el cuadro y la empujó.
Se revolvió al sentirse agredida, pero la señora se disculpó en inglés, educada.
Irene entendió que había sido sin querer y fue consciente de que la sala estaba abarrotada.
Le vino a la memoria la peligrosa situación a la salida del concierto, y se agobió.
Entraban más personas y la vigilante trataba de que no se amontonaran.
Aun así, prefirió marcharse. Al caminar en dirección a la puerta, un hombre más o menos de su edad, vestido con sudadera oscura y con el móvil en la mano se dirigió hacia ella.
Se asustó, pero el individuo pasó de largo sin tocarla.
Estaba demasiado tensa.
El móvil le vibró en el bolso. Lo cogió.
Por un momento pensó que sería el ministro para darle explicaciones, pero era la notificación de una cita de trabajo.
La agendó sin mirarla, era habitual que la secretaria se las mandara.
Nada más hacerlo, le sonó el teléfono, era del departamento; casi las diez de la mañana y no se había personado.
El equipo estaba muy nervioso, sin saber qué hacer con el cuadro.
—Que nadie lo toque hasta que llegue —ordenó.