Capítulo 16
Las motos eléctricas eran baratas y prácticas para desplazarse dentro de la ciudad, y se podían coger y dejar casi en cualquier parte.
Irene las utilizaba a menudo si tenía prisa.
En esta ocasión, la aparcó en la acera de la plaza del Rey.
Al quitarse el casco, le dolieron los golpes recibidos en la aglomeración de la noche anterior.
Lo metió en el baúl trasero y tiró a una papelera cercana la redecilla que incluían para no ensuciarse el pelo.
La aplicación, antes de cerrarse, le pidió que hiciera una fotografía para demostrar que había aparcado correctamente.
La hizo, la subió y se miró en el retrovisor: muy despeinada para visitar a un ministro.
Se recogió el pelo en una coleta a pesar de que le temblaban las manos.
Tenía que reconocer que estaba nerviosa.
El desasosiego le había impedido conducir atenta gran parte del trayecto, y había maniobrado de forma temeraria, algo poco habitual en ella.
Comprobó la hora en el móvil y acto seguido lo volvió a mirar para asegurarse de que no tenía llamadas ni mensajes: se alegró de que no hubiese nada relevante.
Subió las escaleras de la plaza que llevaban al ministerio y se cruzó con dos guardias civiles que custodiaban la puerta. No se fijaron en ella.
Tras acceder, escanear el bolso, presentar el carnet y esperar unos minutos, le permitieron subir. Al abrirse el ascensor, la esperaba una de las asistentes. Desde la recepción la habían avisado de la visita.
—¿Irene Llamas? —le preguntó antes de que pudiera moverse.
—Sí, soy la directora del departamento de restauración del Museo del Prado. —Era la primera vez que se presentaba con el nuevo cargo. Notó que su interlocutora no reaccionaba y pensó que le habría parecido demasiado joven.
La asistente hizo un ademán para que saliera del ascensor.
—Siéntese, por favor —le pidió con desdén antes de dirigirse hacia la puerta del fondo.
Se quedó en la sala de espera; un pasillo amplio con mesas y decorado con muebles clásicos, por el que deambulaban un par de bedeles.
Resultaba un lugar frío, innecesariamente sobrio.
Sacó el móvil para no pensar. Entró en Instagram y, tras unos perros a la espera de ser adoptados, cuadros de Monet hechos por inteligencia artificial y alguna receta, le saltaron imágenes del convoy a su llegada al Prado.
A través de la ventanilla de uno de los vehículos se traslucía la figura de Michel Barray.
Amplió la pantalla con los dedos: era él, sin duda.
Si en un primer momento le dio la sensación de ser un tipo impasible y agresivo, después recordó la manera de moverse y de saludarla: extremadamente educado y elegante, con una mirada profunda que traspasaba cualquier máscara y que lograba que una se sintiera especial.
Lo contrario a la asistente que la había recibido hacía escasos minutos.
Decidió obviar esas imágenes, la intranquilizaban.
Más perros en adopción, algunos clips divertidos, una exposición en Londres, canciones de Emcy.
Se detuvo en su favorita. Hablaba de ser fiel a uno mismo, por complicado que fuese.
De la valentía y la pasión. ¿Esa actitud le habría costado la vida?
Era difícil saber qué habría pasado, no se conocían los detalles.
Bajó de nuevo en busca de otros vídeos para no entristecerse, no era el momento.
La aplicación siempre ofrecía más, era infinita.
De pronto, tras unos burritos encantadores, se topó con la noticia de la aparición de un posible cuadro de Goya, pero en un medio respetable.
Pinchó el link justo cuando la asistente regresaba.
Bloqueó la pantalla del móvil y se levantó.
—Perdone, ¿qué le dijo exactamente el ministro?
—Me citó…
—¿Le dijo para qué ?
—Bueno, es que se escuchaba mal, yo estaba en el concierto de Emcy…
—¿Estuvo usted allí?
—Eh, sí. —Se arrepintió de haberlo admitido.
—Entonces la llamó muy tarde.
Asintió avergonzada porque el ministro la hubiera contactado en el móvil fuera del horario de trabajo.
—Me pidió que estuviera aquí a las ocho y media. —Miró la pantalla; ya eran y treinta y seis.
La asistente sopesó las palabras de Irene y se alejó de nuevo.
Resultaba indignante la falta de información.
¿No habría sido el ministro quien la había llamado?
¿Se trataría de una broma? Pero la voz de Max Utiel le había sonado auténtica.
Lo recordaba de la visita al museo. Aunque apenas había intercambiado palabras con él, se había quedado con su tono, agradable y cálido, con un ligero siseo.
Regresó la asistente, en esta ocasión acompañada por otra mujer de más edad, vestida moderna y con tinte malva en el pelo.
—Irene Llamas, ¿verdad?
—Sí. Ya le he explicado a su compañera…
—Su visita no figura en la agenda del ministro.
—Puede ser, me convocó tarde.
La mujer esperaba que fuera más concreta sobre los motivos, pero Irene no quería dar pistas sobre el Goya. No la habían autorizado.
—Quería consultar algo sobre el departamento de restauración —dijo tan solo.
—¿A las nueve de la noche?
—A mí también me extrañó —respondió sincera.
—Ya.
Se hizo un silencio incómodo. Irene no entendía qué hacía allí y por qué el ministro no la recibía.
—Bueno, verá —dijo al fin la mujer—. Es que Max Utiel ha dimitido.
—¿Cómo ?
—Nos hemos enterado a primera hora de esta mañana. Teníamos en el correo su carta de dimisión. La escribió a las nueve de la noche —añadió con retintín.
Esa coincidencia desarmó a Irene. ¿A ella la había llamado después de enviar el email ?
—¿Y entonces?
—No se sabe quién lo va a sustituir.
—Pero… ¿ha pasado algo?
Ambas mujeres se encogieron de hombros, resultaba evidente que así era.
—No lo localizamos. Le hemos llamado al teléfono personal, pero está apagado.
A la salida, confusa, Irene sacó el móvil y buscó el número desde el que le había contactado el ministro la noche anterior, pero le dio miedo marcarlo. ¿De verdad se habría esfumado?