Capítulo 15
La tostada con aguacate y chía, recomendación de la nutricionista, se le hizo bola.
Había dormido fatal, le dolían los músculos por los golpes recibidos durante las aglomeraciones de la noche anterior, y notaba los nervios a flor de piel.
Se obligó a dar un último mordisco al pan integral, lo tragó con un sorbo largo de café y miró por la ventana; el sol irrumpía en la cocina como si el mundo no estuviera patas arriba.
No entendía por qué no estaba feliz a pesar de que le gustase su vida; con Carlos, el sexo funcionaba, se divertían juntos; él era egocéntrico pero asertivo y brillante, y eso lo hacía atractivo, aunque últimamente el estrés lo volvía irritable.
Vivían en un entorno bonito, Carlos había cedido en que decorasen la casa a su gusto: el salón lleno de plantas, que ella cuidaba, con alfombras de los viajes a Marruecos y a la India, el dormitorio con lucecitas distribuidas por los rincones para crear un ambiente íntimo, la cocina en tonos verdes, con ese aspecto indie que le hacía sentirse alternativa sin necesidad de que fuera auténtico.
Antes de los incidentes del estadio tampoco estaba satisfecha.
Le había costado adaptarse al nuevo puesto en el museo, pero no se trataba solo eso.
Si bien era cierto que la gestión ocupaba más espacio y tocaba menos las obras, algo inevitable al ascender, su trabajo le apasionaba.
Cuando tenía el pincel en la mano y mezclaba las acuarelas para igualar el color del cuadro que restauraba, el tiempo se detenía.
Se identificaba con los artistas de varios siglos atrás, con cada pincelada los conocía mejor, los colores tierra de Velázquez, los rojos de Caravaggio, las carnaciones de Rubens, los azules y dorados de Fra Angelico.
Rellenaba las pérdidas de pintura de los lienzos como si fuera una alumna aventajada de cada uno de los maestros.
Carlos se reía cuando se lo explicaba y ella fingía enfadarse.
Llegó de la calle sobrado de energía y consiguió sacarla de sus pensamientos.
Había madrugado para salir a correr, le relajaba.
Estaba radiante, con el flequillo desordenado y sudoroso; vestía pantalón corto, camiseta ceñida y zapatillas caras.
A veces, a Irene le daba la sensación de que era demasiado perfecto, como una escultura griega.
—Vuelvo como nuevo, tendrías que probarlo —dijo con entusiasmo, y sacó agua fría de la nevera para hidratarse.
Ella prefería las clases de zumba rodeada de chicas, la única manera de no avergonzarse de las mallas tan apretadas que le había regalado Carlos por Navidad; eran como una segunda piel que dejaba poco a la imaginación.
Aunque tapaba su figura con la sudadera en el gimnasio o la bata en el trabajo, estaba más en forma de lo que quería reconocer.
Pero en los últimos meses, ni siquiera el ejercicio le disminuía la ansiedad.
Carlos la besó como si el día anterior no hubiera aparecido un posible Goya o, mucho más grave, no hubiesen muerto Emcy y dos chicas jóvenes en los incidentes del concierto. Las noticias por la mañana habían sido desalentadoras. Irene pensó que ella podría haberse convertido en la tercera.
Ajeno a esos miedos, Carlos se sirvió café en su taza favorita de El lobo de Wall Street y se sentó a la mesa de la cocina con su iPad, a la par que Irene daba por concluido el desayuno.
—¿Te vas ahora que llego?
Irene le mostró el reloj del móvil.
—El ministro me ha citado a las ocho y media.
—Es verdad, que te has vuelto importante de repente —dijo con una sonrisa burlona.
Y es que tenía sentimientos contradictorios: le exasperaba que su chica desarrollase un trabajo con reconocimiento público, no quería que le hiciera sombra, no le bastaba con ganar más que ella. Sin embargo, que fuera una profesional eficaz y de éxito le hacía sentirse orgulloso.
Para él, triunfar era un valor.
—No estoy para coñas —respondió Irene.
—Pues a mí me cae bien, es uno de los pocos tíos legales del Gobierno.
—Es un buen ministro.
Era un hombre de la cultura, escritor, apasionado de la música y con un talante cercano y negociador.
Al tomar posesión, lo primero que hizo fue acudir al Prado.
«El mejor museo», recordaba que había dicho a la prensa, «y con los mejores profesionales del mundo».
Y sonaba sincero. En el recorrido, se paró en las salas de Goya.
Intentaba recordar si se había detenido enfrente de Los fusilamientos, aunque creía que sí.
No sabía de qué había hablado con el director, que lo acompañó durante la visita.
—Tal vez sea comprensivo y no quiera presionarme como mi jefe.
Antes de que siguiera hablando, Carlos le chistó y le mostró la pantalla de la tableta. Irene se inclinó para leer el titular: «¿Aparece un nuevo cuadro de Goya?».
—¡No me jodas! ¿Ya ha salido en prensa?
Irene pinchó en la noticia. Era una página poco fiable. Tan solo rumores, no se decía de qué obra se trataba y tampoco había fotos.
—Alguien lo ha filtrado —concluyó la restauradora.
—¿Será cosa del ministro?
—Si te digo la verdad, la conversación de anoche fue rara.
—Era raro el entorno, no se escuchaba bien, la gente cantaba a gritos a nuestro alrededor…
—No solo por eso. Me pareció como si quisiera revelarme un secreto y alguien le estuviera escuchando.
—¡Joder, qué misterio, ¿no?! Pues ya me contarás, si no te secuestran antes —añadió Carlos con una amplia sonrisa irónica.