No te fíes de ellos Capítulo 14
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Capítulo 14

Sobre las tres de la madrugada, Lola entró en el edificio del barrio de Hortaleza en el que vivía.

Lo había heredado de sus padres y se trasladó allí tras el divorcio.

Era una casa abigarrada de muebles y distribución antigua, con el típico parqué de los años cincuenta y los baldosines sacados de los primeros capítulos de la serie de televisión Cuéntame.

No había tenido tiempo de adecentarla a su gusto ni, mucho menos, al de su hija; la obsesión por el trabajo tenía la culpa.

El trayecto del ascensor se le hizo eterno.

Aunque su ex le había asegurado que Manuela estaba bien, no se fiaba.

Eran más de las tres de la madrugada cuando cruzó el salón sin percatarse del desorden y, con sigilo, abrió la puerta del dormitorio de la adolescente.

La luz estaba apagada. Suponía que ya estaría dormida y era preferible hablar por la mañana.

Pero nada más sentir el picaporte, Manuela se incorporó en la penumbra.

—No enciendas —dijo.

Lola se preocupó, fue hacia la cama y prendió la luz de la mesilla. Iluminaba poco, pero lo suficiente como para ver laceraciones en los brazos y moratones en las mejillas.

—¿Has ido a urgencias?

—Estoy bien, mamá. He tenido suerte —contestó Manuela con la cabeza gacha; se sentía avergonzada y frágil.

Lola vaciló, no sabía si molerla a palos o abrazarla.

—Lo que ha pasado no es culpa tuya. No te voy a regañar por ir al concierto, pero no me vuelvas a mentir.

Manuela tomó aire. El desconsuelo intentaba escapar por los poros del cuerpo .

—He pasado mucho miedo —reconoció al fin, y levantó la vista.

Los ojos de cervatillo se cruzaron con los de su madre, que no se pudo contener y, para sorpresa de Manuela, la abrazó con fuerza.

La joven se abandonó en el regazo y sollozó en silencio.

Los sofocos de Lola regresaron como cada vez que sentía una emoción intensa.

No se reconocía a sí misma en ese abrazo. Apretó más y Manuela se revolvió.

—Mamá, para, que me duele todo el cuerpo.

Lola sonrió y aceptó liberarla. Sin embargo, el rostro de Manuela se tornó serio.

—Ha sido horrible, he visto a niñas aplastadas que ni siquiera eran capaces de gritar. Ha muerto alguna, seguro.

—Aún no lo sabemos, aunque han ingresado a varias en estado crítico.

—¿Y qué ha pasado con Emcy? ¿La han asesinado de verdad?

—Es pronto para saberlo, cariño.

—Ya, no me puedes contar más.

—No quiero que por la mañana la información esté en redes sociales.

Ambas rieron con lágrimas en los ojos.

—Pobre Emcy —dijo Manuela—. No entiendo quién querría matarla.