Capítulo 12
Irene se sentía protegida debajo del edredón.
El calor de las plumas, que no era otro que el de su cuerpo después de haber hecho el amor con Carlos, la reconfortaba.
Pensó que era la mejor manera de terminar el día.
Su pareja acababa de apagar la luz de la mesilla y abrazaba la almohada, su postura favorita para conciliar el sueño.
Él también necesitaba resetear la cabeza.
Pero Irene, a pesar del cansancio, se había espabilado.
Demasiados acontecimientos. Le pudo la curiosidad, cogió el portátil que tenía en la mesilla y abrió la tapa.
Al momento, se encendió la pantalla, seductora, con información infinita, y el sistema proyectó miles de puntos sobre su cara para verificar la identidad.
Sus dedos volaron por el teclado con la misma ansiedad con la que habían buscado a Carlos unos minutos atrás.
La misma dopamina, en un caso complementada por amor y compañía, en el otro, por la luz brillante que generaba la necesidad de no parar, aunque el día hubiera sido agotador.
No había trascendido a la prensa, se había respetado la confidencialidad, lo que le dejaba margen para estudiar el lienzo con su equipo. Aunque la llamada del ministro demostraba que más gente conocía su existencia.
Imaginarse la cifra la terminó de desvelar. El precio no era importante para ella, pero justificaba las medidas de seguridad que habían empleado y la presión que iba a tener.
Carlos refunfuñó.
—La luz…
Irene comprendió que molestaba y salió de la cama con el portátil en la mano.
Vestía un camisón ligero, por lo que sintió frío.
Ya en el salón, encendió la lámpara de pie, cogió la manta bajo la que solían ver las series de Netflix y se acomodó en el sofá.
Abrió X y tecleó lo mismo que antes en el buscador.
«Es la red social más inmediata», pensó.
Ninguna referencia.
En la parte de arriba de la pantalla parpadeaban las últimas noticias, entre las que destacaba la muerte de Emcy en el concierto de Madrid.
Abandonó las búsquedas sobre Goya y eligió ese enlace.
Seguía conmocionada por lo ocurrido. Y las redes eran un hervidero de opiniones sobre la cantante: vídeos con sus temas, pantallas en negro con la música del último sencillo, pero también acusaciones cruzadas entre clubs de fans.
Nadie sabía de qué había muerto a los veintisiete años, pero opinaban.
También había mensajes en inglés y en multitud de idiomas que no entendía.
Encontró un hilo con imágenes de las avalanchas de dentro y fuera del estadio y de las cargas policiales: carreras, golpes, miedo, gritos…
, hasta que se distinguió a sí misma em pujada por las fans.
Se quedó paralizada. Rebobinó con el dedo y vio de nuevo la grabación, la angustia antes de caer aplastada bajo la montaña de seguidoras, y a Carlos, que trataba de salvarla.
Alguien podría haber registrado su muerte.
No quiso saber más, le dolía la cabeza y respiraba entrecortado.
Eran los síntomas previos a un ataque de ansiedad.
Desde que se abrió el proceso de sucesión a la dirección del departamento en el que trabajaba, tenía problemas para controlar el estrés y dormir del tirón.
Decidió que lo mejor sería tomar una pastilla para relajarse.
Fue al baño, abrió el blíster y con un movimiento de cuello se tragó el comprimido sin dificultad.
Se sintió aliviada, sabía que haría efecto deprisa.
Se lavó la cara porque la sentía arder por la exposición a la pantalla y se metió en la cama, de nuevo al refugio del edredón y del calor del cuerpo de Carlos, que ya dormía.
Se acurrucó rozándolo con cuidado de no despertarlo y la química hizo su efecto a los pocos minutos, aunque el sueño no fuera reparador.
Al día siguiente tenía que madrugar para ver al ministro.
Eso también la inquietaba.