Capítulo 11
El jefe de seguridad acompañó a los inspectores Baltanás y Campos hasta la puerta del sky bar, que coronaba la grada superior del Bernabéu. Allí los esperaban el presidente del club y el embajador estadounidense, acompañado por un guardaespaldas.
Al ingresar en el local, una bofetada de mal gusto los golpeó sin piedad.
Estaba pensado para millonarios árabes, repleto de asientos y columnas doradas, una barra larga del mismo tono y brillos en el techo que pretendían imitar a las estrellas.
Nada que ver con la sobriedad de los bares que pintaba Hopper.
Largo y estrecho, abierto con un ventanal a ambos lados; al oeste se veían las luces del Madrid más futurista, con las cinco torres a la derecha; y al este, las gradas, la pista cubierta y el escenario, que los técnicos habían empezado a desmontar.
Parecían insectos desde esa altura. Ya no quedaban seguidoras de Emcy en las instalaciones.
Las heridas, todas chicas, habían sido trasladadas al cercano hospital de La Paz, cinco de ellas, en estado crítico.
Una noche que se aventuraba de fiesta había resultado terrible.
El presidente, que a pesar de su avanzada edad era lúcido y seguro de sí mismo, fue al encuentro de los policías. Se le veía consternado, pero controlaba la situación. Los saludó cortés; habló bajo y se refirió al embajador:
—Al señor Stein le ha afectado mucho, conocía personalmente a la cantante.
El diplomático permanecía sentado al fondo del bar con una copa entre las manos.
Al lado, un tipo grande y fuerte, con tupé rubio teñido, piel sonrosada y de una edad cercana a la de Lola, no quitaba ojo a lo que sucedía a su alrededor, tenso y profesional.
Se ajustó la americana a los músculos y cruzó una mirada displicente con la inspectora.
—Vienen por Juan Ariztimuño, ¿verdad? —preguntó el presidente a los policías.
—Aún es pronto, pero no podemos descartar nada. Creemos que fue la última persona que la vio con vida.
El directivo asintió sin conformarse. Estaba acostumbrado a que le dieran explicaciones.
—Le hemos llamado al móvil, pero lo tiene apagado —dijo.
—¿Por qué vino él, en concreto? —contraatacó Lola.
—He preguntado a mi equipo. Dicen que el jefe de la sección estaba de viaje en un congreso, y su segundo tuvo un problema en el último momento con uno de sus hijos. Entonces contactaron con Ariztimuño por lo discreto que es.
—Y tanto, nadie lo ha visto salir. ¿Podría tener algo en contra de Emcy?
El presidente hizo una respiración profunda, ser interrogado por la policía no era agradable.
—Yo no tenía relación con él, como imaginarán. Hemos hablado con los compañeros y no saben nada. Tendrán ustedes acceso a los datos que figuren en el expediente.
En tanto conversaban, el embajador se había levantado y se aproximaba seguido por el guardaespaldas, que no se separaba de él.
—De momento, nos vendría bien la dirección —solicitó la inspectora, que no podía apartar de la cabeza la imagen de su hija en las aglomeraciones.
—Por supuesto. Solo les pediría que fueran discretos.
—No se preocupe, no le pediremos camisetas de los jugadores.
James Stein llegó a su altura antes de que el presidente replicara y extendió la mano. Era algo mayor que Lola, elegante al estilo yanqui, hortera para el gusto europeo, pero con mundo.
—Conocía a Emcy desde cría, era como mi ahijada —explicó en un correcto español con acento de California .
—Lamentamos lo sucedido. Quizá estaría bien que habláramos con más calma —respondió Lola.
—Cuando quieran.
—Nos pondremos en contacto con usted. Gracias —dijo para dar por terminada la conversación.
—Una cosa, inspectora —la detuvo el embajador, y se volvió hacia su acompañante—. Este es Etham Vance, mi hombre de confianza y miembro del FBI. Trabaja en la embajada y me gustaría que colaborara con ustedes.
Etham le tendió la mano y apretó de manera innecesaria.
Lola comprendió que el caso se complicaba por momentos.