Capítulo 10
La vida puede darse la vuelta en poco tiempo, a veces en segundos.
Hacía menos de un mes que habían nombrado a Irene Llamas directora del departamento de restauración del Museo del Prado, una decisión polémica tras la jubilación de la anterior jefa.
Irene había sido su mano derecha durante los últimos años, tenía un currículum óptimo tanto en experiencia como en formación, pero había otra candidata que llevaba más en el departamento, aunque sin sus estudios: Carmela Rojo.
Y pasaba de los sesenta. El patronato buscaba una solución duradera, que apostase por el futuro y por una manera moderna de entender el oficio y de comunicarlo al público.
Irene era la candidata perfecta; hablaba varios idiomas, era minuciosa, leal y una buena relaciones públicas, siempre amable, capaz de conseguir patrocinadores.
Pero la decisión generó tensiones con su compañera, a partir de entonces subordinada y enemiga.
Irene había recibido el cuadro junto al director de la pinacoteca, y ambos fueron las primeras personas en contemplar el posible Goya. Sin remedio, estaba bajo la mirada atenta de todo el museo y, muy pronto, también de la prensa.
Y en esas tres horas escasas que habían transcurrido desde que la insólita comitiva invadió el departamento, se había producido el asesinato de Emcy, el caos del estadio, las avalanchas y casi su muerte por aplastamiento.
Carlos e Irene, en silencio, conscientes del peligro que habían vivido, se bajaron del taxi, traspasaron la verja y entraron en el pequeño chalet de dos plantas decorado con toques indies que compartían en la colonia de los Carteros en Ventas; unas casitas que fueron humildes en su origen, muy cotizadas después, y algo por encima de su economía real.
Ambos estaban aturdidos por los incidentes y también por la llamada del ministro.
Incluso Carlos había olvidado el mal día en el trabajo.
Iban ensimismados, por lo que ninguno de los dos descubrió la figura que acechaba desde la esquina de Martínez Izquierdo, oculta en la penumbra de la calle poco transitada en la que vivían.
Subieron al dormitorio sin hablar. Era una habitación acogedora, con un cabecero étnico y muebles de madera.
Carlos encendió las lucecitas que salpicaban las paredes y los muebles y que apenas iluminaban.
Irene se descalzó, dejó la mochila en el sofá que había en una esquina de la habitación, pasó al baño y se miró en el espejo.
Estaba despeinada, tenía un rasponazo en la mejilla y los vaqueros blancos manchados.
Se quitó la camiseta para lavarse la cara sin mojarla.
Le escocía. Carlos la observó: Irene transmitía un peculiar equilibrio entre fragilidad y fortaleza. Y una naturalidad difícil de encontrar.
Y el día había sido intenso, él se había jugado el trabajo y ella, la vida. Para Carlos, la pasión desmedida daba sentido a la existencia, le excitaba.
Irene se quitó los pantalones, los echó a la cesta de la ropa sucia y se quedó prácticamente desnuda: tenía el pecho pequeño pero firme y las caderas fuertes. Carlos se acercó y se besaron.
Se sentían jóvenes, atractivos y se gustaban.
Les daban ganas de gritar que estaban vivos.
Con el roce, Irene dio un respingo, tenía una herida en la rodilla.
—Si te duele… —dijo Carlos.
—Si me duele —respondió ella con gracia—, te arrodillas tú.
Se arrepintió de haberlo dicho, pero Carlos entendió la petición y se agachó con una sonrisa. Ella se sentó en el lavabo, abrió las piernas como en El origen del mundo de Gustave Courbet y se dejó hacer.
A la figura que estaba enfrente de la casa le pareció escuchar los gemidos de la pareja. Miró la ventana iluminada del segundo piso y se alejó.