No te fíes de ellos Capítulo 9
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Capítulo 9

«Puta menopausia» fue lo primero que le vino a la cabeza a la inspectora Lola Baltanás al bajarse del coche en el aparcamiento de jugadores y comprobar que el frescor de la noche primaveral no le aliviaba los sofocos.

Había sido cumplir los cincuenta y desatarse todos los males: dormía peor, había ganado peso y su cuerpo era incapaz de regular la temperatura.

Aun así, era de complexión atlética, se sentía joven a pesar de tener una hija adolescente y un divorcio reciente, y acudía al gimnasio con devoción tres días a la semana.

No pensaba cortarse la melena negra, a lo sumo, sujetarla en una coleta.

Por su temperamento y energía, podría haber posado para Julio Romero de Torres.

Cerró el vehículo y se dirigió, con la cazadora y los vaqueros desgastados, hacia los miembros del equipo de seguridad del club, que la esperaban.

Unos pasos por detrás, su compañero, Miguel Campos, más joven y de nariz picassiana.

Estaba en mejor forma sin necesidad de ejercicio, y tenía un futuro prometedor en la UDEV, aunque con menos experiencia.

Hicieron las presentaciones sin detenerse y pasaron al estadio. Las botas de la inspectora resonaban en los peldaños.

—¿Cómo ha ido el desalojo?

—Hemos tenido muchos problemas —explicó el jefe de seguridad—. Cuando se han enterado las seguidoras, no hemos podido contener la histeria. Hay heridas de diversa consideración.

—¿Alguna fallecida? —preguntó la inspectora Baltanás con cierta ansiedad .

—Me faltan datos. Todavía hay cierto descontrol en la calle Padre Damián. Créame que ha sido una locura, desmayos, avalanchas —enumeró con pesadumbre mientras subían las escaleras para luego volver a bajarlas en dirección al vestuario del equipo local.

Los calores regresaron, pero Lola era capaz de vivir con ellos y no prestarles atención si trabajaba.

Otra cosa era por la noche, cuando entraba en combustión debajo de las sábanas; se levantaba y se echaba agua fría en las muñecas y en las piernas para aplacarlos.

Su marido no había aguantado que se le agriara el carácter; en realidad, siempre había tenido el mismo, solo que ya no lo disimulaba.

Le sonó el teléfono; miró la pantalla, donde solo ponía «ex».

—Tengo que cogerlo —dijo, se alejó unos metros para tener intimidad, y habló al móvil con vehemencia, como era ella—. Manuela no me contesta a las llamadas.

—Está en el concierto de Emcy, seguro, yo le saqué la entrada.

Lola se irritó. La relación con su ex se limitaba a discutir sobre la educación de la adolescente compartida.

—¡Joder, haces las cosas a mis espaldas! Habíamos quedado en que no; ha suspendido cuatro.

Al otro lado de la línea solo se escuchaba la respiración.

—Estoy en el estadio —prosiguió Lola—. Esto es el caos.

—¿Es cierto que Emcy ha aparecido muerta?

Ahora la que no contestó fue Lola.

—¿Quieres que me acerque a buscarla?

—No darías con ella. Aquí hay setenta mil personas. Sigue llamándola y me avisas con lo que sea.

Lola colgó intranquila y tomó aire para recuperar el tono profesional. Los sofocos le habían subido de nuevo. Del cabreo.

—¿Todo bien? —preguntó el jefe de seguridad.

—De cojones —respondió seca, e hizo un ademán para que continuaran por los laberínticos pasillos que llevaban al vestuario—. ¿Quién fue la última persona en ver a Emcy con vida ?

—Uno de los fisios, Juan Ariztimuño. La cantante pidió un masaje, le dolían las lumbares y tenía el concierto. Así que avisamos a los servicios del club y nos mandaron a Juan. Lleva años con nosotros, es una persona reservada pero muy amable.

—¿Creen que la ha podido matar con amabilidad?

La pregunta molestó al jefe de seguridad, poco acostumbrado a la ironía. Decidió no contestar. Sin embargo, al inspector Campos, que caminaba unos pasos por detrás, le gustaba el tono de su jefa, no se aburría con ella.

—Podría ser una sobredosis —propuso acercándose.

—Dicen que estaba limpia —respondió Lola, y volvió la mirada al jefe de seguridad—. Vamos, sea franco, no estoy grabando la conversación. Es solo para descartar opciones.

—Bueno, no me atrevería a asegurarlo, pero yo diría que a la chica le han roto el cuello.

—Desde luego, un fisio sabría cómo matarte —apuntó Campos.

Subieron las escaleras que tenían impresas en los peldaños fechas señaladas para el club y accedieron al túnel de vestuarios.

Dos miembros más del equipo de seguridad y varios policías nacionales de uniforme custodiaban la puerta.

El inspector Campos sacó calzas y se las pusieron.

Había que hacer las cosas bien; los de científica, el forense y el juez estarían a punto de llegar.

El improvisado camerino seguía en penumbra, con la luz cenital que iluminaba el cuerpo de Emcy tapado con la toalla blanca. Solo sobresalían los pies desnudos.

Olía a eucalipto.

—Este vestuario es más grande que mi casa —exclamó Lola al recorrerlo con la vista.

No había nada fuera de sitio, las toallas dobladas, los extravagantes zapatos de la cantante emparejados, los cambios de ropa, al menos cinco, colgados en un burro—.

Muy ordenado para lo que se espera de una estrella de rock.

—Se detuvo en la mesa llena de comida y bebida.

Había un encendedor blanco junto a tabaco de liar, unas mondas de naranja y una cáscara de plátano en la papelera.

Los escenarios del crimen podían dar mucha información—.

Demasiada fruta para una sola persona, ¿no cree?

—Son las peticiones de los artistas. Se encarga la organización del concierto.

—¿Y la han encontrado así? —preguntó señalando a la víctima.

—La toalla la pusimos nosotros.

—No se toca la escena de un crimen.

—Nos pareció…

—No veo el móvil de la joven —le interrumpió Lola, que no quería oír excusas, mientras caminaba por la sala.

Las taquillas con las camisetas de los jugadores estaban cerradas y en los bancos había toallas con el escudo del equipo.

—No estaba cuando llegamos nosotros —respondió el jefe de seguridad.

—Alguien lo ha tenido que coger. Una chica de su edad no se separa más de dos metros del dispositivo. Aquí no habrá cámaras de seguridad, claro.

—Comprenderá que no.

—Pidan las más cercanas. ¿Quién llamó al fisio?

—Me entero.

—¿Alguien lo ha visto salir?

—Nadie sabe nada de él desde las ocho, más o menos.

Lola señaló la parte superior del chándal arrojada sobre el maletín abierto que Juan Ariztimuño había dejado cerca de la camilla. La crema que había utilizado estaba abierta y el resto del contenido revuelto. El inspector Campos lo fotografió con el móvil.

—Habrá huellas —dijo—. ¿Cuándo descubrieron el cadáver?

—La mánager tardó bastante en entrar. Me dicen que a Emcy le gusta estar sola la última hora.

—Le gustaba —precisó Lola ante la mirada de reprobación del jefe de seguridad, que prosiguió:

—Le gustaba vestirse sin ayuda, según nos ha contado, calentar y hacer ejercicios de vocalización. La intranquilizó no oírla. El resto ya se lo pueden imaginar .

—¿Y los músicos?

—Estaban en el vestuario visitante. No se ven hasta el concierto. Aseguran que no oyeron nada raro.

—Y la mánager, ¿dónde está?

—Hace un rato que no la veo.

Lola se acercó por primera vez a Emcy y retiró la toalla con cuidado.

—Dejémosla como estaba.

Al mirar a la chica desmadejada boca abajo, vestida solo con los tatuajes, le pareció más frágil que muerta.

Sin esa energía que la había hecho famosa.

Afloró la ternura que la profesión le había enterrado hacía años.

Y es que a su hija le fascinaba Emcy; la escuchaban de manera incesante en los trayectos en coche, ya fueran cortos o largos.

Y había acabado por ser la única conexión entre ellas.

Hasta la propia Lola cantaba en la ducha su último tema, Love myself, un sentimiento que echaba en falta.

—Querría hablar con el presidente —dijo en un intento de controlar la desazón. La «puta menopausia» la arrastraba de la frialdad a las emociones incontroladas.

—Claro, los espera arriba. El embajador está con él.

Ese dato no les gustó a los policías. El que fuera estadounidense iba a complicar la investigación.