No te fíes de ellos Capítulo 8
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Capítulo 8

Era noche cerrada, y el rumor de la muerte de Emcy había llegado a las fans que se enfrentaban a la policía fuera del Bernabéu.

Resultó devastador, y se abandonaron a los golpes de los antidisturbios como si quisieran unirse a su ídolo en el fatal desenlace.

La marea humana se movía sin ton ni son, igual que las amapolas de Monet se mecían por el viento.

El videomarcador seguía atronando y los encargados de cuantificar los decibelios en el exterior hacían el trabajo al margen de los incidentes.

Cada vez más personas salían del recinto para huir de las aglomeraciones, que empezaban a resultar peligrosas, sin que la seguridad contratada consiguiera poner orden.

Carlos tiraba de Irene, incapaz de reaccionar ante el drama que vivían en directo: la muerte de la estrella era un acontecimiento mundial acrecentado por las circunstancias en las que había sucedido, con una multitud concentrada en el estadio a la espera de su reaparición.

Entre los codazos, los chillidos histéricos y las carreras, Carlos necesitaba completar la información; si entendía el problema, le resultaba manejable. La incertidumbre era el peor escenario.

—¡¿Y ese ministro por qué sabe lo de la muerte de Emcy?! —preguntó alzando la voz entre el griterío.

—Es el ministro de Cultura, supongo que le informarán.

—¡Pero ¿te llama a ti para contártelo?!

—No ha sido por eso —respondió, molesta—, quiere que vaya al ministerio para hablar del cuadro de Goya.

—¡Joder! —exclamó, impactado—. ¡Pues sí que debe de ser importante para que te llame a estas horas !

Irene se detuvo a pesar del peligro de que los arrollasen.

—A ver. —Abrió los brazos para explicarse—. ¿Tú sabes lo que implicaría encontrar una nueva pintura de Goya tan representativa? Sería un hito en la historia del arte.

—¿Y qué podría valer?

—¿En jugadores de fútbol? —dijo para provocarlo.

Carlos sonrió.

—¿Más o menos que cinco Mbappés?

Volvieron a caminar empujados por el gentío, aunque ensimismados en la conversación.

—Hace unos años se localizó un Leonardo da Vinci y lo compró un príncipe saudí. Creo que pagó cuatrocientos cincuenta millones de dólares. Hasta ahora, es el cuadro más caro de la historia.

—¡Guau! Alguien se está jugando mucho dinero.

—Es una locura.

—¿Y tú eres la que tiene que decidir si es auténtico?

Irene se detuvo en una zona mal iluminada, consciente de la responsabilidad; un numeroso grupo de chicas que escapaban del estadio no frenaron a tiempo y cargaron contra ella como los mamelucos en el cuadro de Goya.

La arrastraron unos metros y cayó al suelo aplastada por las incontrolables seguidoras.

De improviso, la situación se había vuelto crítica, no dejaban de llegar jóvenes atropelladas por la oleada y se amontonaban unas encima de otras, en el asfalto.

Carlos no era capaz de detener la avalancha.

Varios policías corrieron para desviar a la masa que arremetía sin control. Cuando lo consiguieron, el hacinamiento era tal que impedía respirar a varias chicas, entre las que se encontraba Irene. Sentía opresión en el pecho y tenía los brazos atrapados por los cuerpos que la envolvían.

—¡Irene! —gritó Carlos cuando dejó de verla debajo del maremágnum—. ¡Aguanta! —Y levantó a las primeras fans lo más rápido que pudo.

Varias personas, al ver la gravedad de lo que sucedía, le ayudaron. Pero era farragoso. Había que ir paso a paso, algunas habían perdido el conocimiento entre el nerviosismo y la falta de oxígeno. La angustia crecía, no había tiempo.

Cuando por fin llegaron a ella, tenía los ojos desorbitados y la boca muy abierta, bloqueada en la última inhalación, como la Medusa pintada por Caravaggio.

No respiraba. Parecía muerta.

Carlos la sacudió con desesperación. Al sentirse liberada, los pulmones cogieron, de manera instintiva, todo el aire que pudieron. Se reactivaron las funciones corporales: recuperó la vista, aunque nublada; percibió el hormigueo de los dedos entumecidos y un fuerte dolor de cabeza.

—¡¿Estás bien?! —preguntó Carlos a la vez que la incorporaba.

—Un poco mareada.

Carlos abrió hueco entre la muchedumbre y la brisa golpeó el semblante de su chica, que la aspiró con ganas.

Cuando se hubo recuperado lo suficiente, miró el caos de alrededor, la policía se hacía cargo de las fans desmayadas y algunos sanitarios se acercaban a la carrera.

Uno de ellos le puso la mano en el hombro.

—¿Respiras con normalidad?

—Sí, sí —respondió para tranquilizarlo.

El sanitario se fue a atender a otras víctimas, había demasiadas. Carlos la abrazó ajeno a la locura que vivían.

—Vamos a casa —propuso, y cogió la mochila de Irene, que estaba en el suelo.

En el interior del estadio, los desvanecimientos se sucedían y la situación estaba cerca del colapso.