Capítulo 7
Los gritos y silbidos de protesta se entremezclaban en el estadio con cánticos de los temas más famosos de Emcy.
Las seguidoras se habían vuelto locas por la espera, y las más agresivas chillaban mientras las empáticas se preocupaban por su adorada.
Las conversaciones se cruzaban entre suspiros y temores.
El presidente del club, sentado en el palco, miraba una y otra vez el reloj suizo tan exacto como anunciaba la marca, y comparaba los minutos con los que señalaban los marcadores del estadio, que reproducían vídeos de la cantante. La inquietud entre los invitados era evidente.
En la pista, a la altura de lo que sería el círculo central, Irene se agobiaba por el mal rollo con su chico, que seguía enganchado al WhatsApp, el retraso de la actuación y una absurda zozobra que presagiaba que Emcy no iba a salir.
Le vino a la mente una de las letras del último álbum sobre el terror a estar incomunicada en medio de la gente.
Alone in a crowd, se llamaba el tema. Así se sintió, como en mitad de la Batalla de los Bastardos, esa secuencia de Juego de tronos en la que Jon Nieve caía aplastado por las hordas enemigas.
En pleno caos, le vibró el móvil en el bolsillo del vaquero.
Le costó bajar la mano para alcanzarlo por la falta de espacio.
Cuando lo consiguió y miró la pantalla, vio que se trataba de un número que no tenía agendado.
Pensó en no contestar, «¿quién molesta a estas horas?
», pero, de manera mecánica, su dedo se deslizó por el cristal y aceptó la llamada.
Una voz lejana y entrecortada le habló.
—¿Cómo? —respondió, al no entender a su interlocutor.
—No cuelgue. Soy Max Utiel, el ministro de Cultura.
—¿Quién? —preguntó más por hacerse una composición de lugar que porque no le hubiese comprendido.
El ministro repitió quién era.
—¿Es usted Irene Llamas? —añadió.
—Sí, sí —contestó tapándose el otro oído para escuchar mejor.
—Perdone que la llame a estas horas desde mi número personal. ¿Ha visto usted el cuadro? Ya me entiende, ¿verdad?
—Hace un rato —respondió tras dudar.
—¿Y estaba presente Francisco Altares?
—Sí…
El ministro, una persona culta y accesible, de mediana edad, tardó en hablar, como si sopesase la presencia del director del Prado.
—Me aseguran que es usted una persona íntegra.
Irene no supo qué contestar. Le agradaba que dijeran eso de ella, pero le preocupaba que la investigaran. Carlos, hasta ese momento centrado en sus wasaps, levantó la cabeza y observó que su chica se comportaba de manera anómala.
—El caso es que me gustaría, si le fuera posible —explicó con amabilidad Max Utiel—, que mañana viniera a verme al ministerio. Es un asunto de gravedad.
—Si es por el cuadro, no puedo decirle mucho…
—Es mejor que no hablemos por teléfono.
A Irene no le dio la sensación de que lo dijera por la hora que era o por el ruido que no les permitía entenderse, y se intranquilizó. Carlos, curioso, intervino.
—¿Quién es? ¿Quién te llama? —preguntó sin obtener respuesta.
—¿A qué hora voy ?
Carlos tocó el brazo de Irene, impaciente, como era él.
—El ministro de Cultura —respondió mientras la citaban a las ocho y media.
Carlos se asombró y dejó de lado el móvil para interesarse por lo que sucedía en el de su chica.
—No le oigo —añadió Irene levantando la voz—, es que aquí hay mucho jaleo.
—Pero ¿dónde está usted? —preguntó el ministro.
La conversación era cada vez más surrealista, con Carlos, que intervenía para obtener información, las fans de alrededor que gritaban y empujaban, y los vídeos que se reproducían sin parar en los marcadores.
—Perdón, en el concierto de Emcy, aquí en el Bernabéu. Hay mucho jaleo.
—¿Está usted en el concierto de Emcy?
—Sí, eso es.
—¡Salga de ahí! —ordenó el ministro.
—¿Qué?
—¿Qué dice? —preguntó Carlos, dificultando una vez más la comunicación.
—¡Salga de ahí, inmediatamente! —ordenó más firme el ministro por si no le había entendido.
Irene miró a Carlos, temerosa.
—Dice que salgamos. —Y devolvió la atención al móvil—: ¿Ha pasado algo?
—Hace un momento han encontrado a la cantante muerta en los vestuarios —dijo el ministro vocalizando cada sílaba.
—¿Cómo?
—¿Qué dice? Ponlo en altavoz —demandó Carlos.
—Que está muerta —respondió Irene, descolocada.
—Pero ¿quién está muerta?
La conversación a dos bandas y el shock por la inesperada noticia confundieron a Irene .
—Salga de ahí antes de que se sepa, hay miles de personas congregadas, puede ser peligroso.
—De acuerdo.
—Mañana a las ocho y media —concluyó el ministro antes de colgar.
Irene se encontró con los ojos de Carlos, alucinados y ansiosos.
—¿Por qué te llamaba… un ministro? —preguntó haciendo hincapié en el cargo.
—Será por el cuadro. —Ante la mirada de incomprensión de su pareja, Irene se explicó—: No me has dejado contártelo antes. Nos han traído una posible pintura de Goya…
—Pero no entiendo nada, ¿quién ha muerto? —preguntó alzando la voz.
Irene miró hacia el videomarcador de trescientos sesenta grados en el que Emcy bailaba con desenfreno y entusiasmo. Daban ganas de vivir al verla en su último single.
No solo Carlos comprendió lo que ocurría, también las fans de alrededor, que habían escuchado la pregunta.
Una de ellas tomó a Irene por la pechera para pedirle aclaraciones.
Carlos, contundente, las separó, pero la noticia ya había empezado a correr como la pólvora, el estadio podía estallar en cualquier momento, como había previsto Max Utiel.
Carlos tiró de Irene con fuerza, apretó el paso y apartó con violencia y sin remordimientos al enjambre de quinceañeras hasta alcanzar el vomitorio.
En el palco, el embajador se acercó por detrás al presidente y le habló al oído.
—Tenemos que desalojar, han asesinado a Emcy.