No te fíes de ellos Capítulo 5
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Capítulo 5

Dos vigas blancas de mil doscientas toneladas sostenían la estructura vanguardista del Bernabéu, dotado de un ingenioso sistema que permitía cubrir el recinto en menos de quince minutos.

El ambiente en el interior no dependía de las inclemencias del tiempo, ya que el estadio quedaba aislado y la temperatura siempre era agradable, daba lo mismo que fuera verano o invierno.

Una obra de ingeniería puntera que escamoteaba el césped a treinta metros de profundidad para que se pudieran organizar eventos sin dañarlo.

La hierba quedaba escondida en un invernadero con las condiciones climáticas perfectas.

Un proyecto megalómano por encima de los mil millones de euros.

El videomarcador de trescientos sesenta grados mostraba imágenes del último clip de Emcy, que atronaba en cada rincón de las instalaciones.

Un sonido espectacular, pero que no había contado con el factor humano.

En el exterior, los vecinos habían dispuesto varios sonómetros para medir los decibelios que recibían los edificios colindantes.

El club se jugaba mucho dinero y prestigio si se prohibiesen los conciertos.

Por eso, los directivos estaban tensos mientras degustaban canapés en el lujoso palco a la espera del inicio del concierto.

Las seguidoras de la artista, emocionadas al son de la música, ingresaban y se acomodaban en las localidades. Estaba cerca la hora del inicio y Emcy tenía fama de ser puntual, incluso en sus peores momentos de salud.

El presidente del club, un ingeniero frugal que tenía edad de sobra para estar jubilado, miró el reloj suizo de su muñeca e hizo un ademán a los camareros, que se retiraron sincronizados.

Invitó al embajador estadounidense a acompañarle, James Stein, un hombre de mundo con un toque estrambótico a sus más de cincuenta años y amigo personal de la artista.

Se encaminaron hacia las butacas seguidos por el resto de los invitados, como si fuera un cortejo.

Entre los presentes, agradecidos por haber sido elegidos para asistir al evento, había tres ministros, dos jueces del Supremo y multitud de empresarios deseosos de hacer contactos; también había otros políticos, exdeportistas con buena imagen pública, alguna modelo internacional y distintas influencers tanto del mundo del deporte como de las redes sociales, sin una ocupación que no fuera lo que se había venido a llamar way of living.

Al fondo del palco, sin llamar la atención, sin comer canapés y sin seguir los pasos del presidente, Michel Barray observaba impasible el escenario. Nada que ver con su actitud al irrumpir esa misma tarde en el Museo del Prado.

Irene había conseguido entradas nada más ponerse a la venta, y eso que habían volado en segundos.

Las más caras, la ocasión lo merecía. Había sido la única petición por su cumpleaños.

Para eso eran dos profesionales reconocidos, se lo podían permitir.

Lo insólito era que chicas tan jóvenes tuviesen casi doscientos euros para gastárselos con alegría.

Carlos habría preferido una cena en el Club Financiero, la azotea de moda en Madrid.

No la había convencido, y su capacidad de seducción había quedado en entredicho.

Cuando accedieron apresurados a la pista, estaba más abarrotada y caótica que un cuadro del Bosco.

Irene era consciente de que habían llegado demasiado tarde, y empujaba a quien fuera necesario para ganar escasos metros hacia el escenario.

Admiraba a Emcy desde hacía una década. No sabía por qué, ya que ella era diez años mayor, pero desde los primeros papeles en televisión le transmitía algo especial; no era la típica niña actriz con padres deseosos de fama, tenía mundo interior, se adivinaba incluso cuando hacía comedia.

Componía canciones desde cría, aunque no siempre le dejaran cantarlas, pero las colaba en los álbumes entre otras más comerciales escritas por su padre o por compositores de grandes éxitos adolescentes.

Y había superado la depresión; era capaz de mostrarse tal cual se sentía, libre, algo que Irene no había conseguido, siempre preocupada por la opinión de los demás.

No era la única que trataba de acercarse a su ídolo, y un nutrido grupo de histéricas la empujaron. Se zafó con brusquedad.

—¡¿De qué vas, tía?! —gritó una fan con los nervios a flor de piel.

Nadie iba a dejar que pasase. Y menos una mujer «tan mayor».

Irene se encaró y el séquito de la presidenta del club de fans de TikTok la rodeó, dispuestas a llegar a las manos por defender a su jefa.

—Eh, hemos venido a divertirnos —intervino Carlos para poner paz—. Está todo bien, lo sentimos.

El grupito se dio por satisfecho y, entre insultos y risas, se alejaron hacia el escenario. Carlos se dirigió a su chica tras quitarse la americana, acalorado.

—Vamos, Irene, son unas niñatas.

—Serán unas niñatas, pero menudo codazo me han calzado. —No quería dar por zanjado el asunto, le había molestado que no pidieran disculpas. Estaba guerrera.

—Eh…, no te pongas pesada, que he tenido un día muy jodido —admitió Carlos.

—Pues no te digo yo el mío. Si vieras lo que me ha pasado, alucinarías. He estado a punto de no venir al concierto.

Carlos la miró extrañado.

—Han traído al museo un cuadro increíble…

Cuando Irene se iba a explicar, a Carlos le llegó un wasap de su jefe y la dejó a medias.

Del mensaje se deducía que tampoco estaba satisfecho por cómo había resultado la negociación con los de operaciones de riesgos del fondo para el que trabajaban.

Al leerlo, Carlos torció el gesto sin perder su atractivo.

Irene comprendió que ya no iban a avanzar y que tampoco iba a tener ocasión de contarle su día.

Se conformó, las enormes pantallas que rodeaban el escenario le permitirían ver la expresión de Emcy al cantar.

Pocos artistas sentían las letras con tanta intensidad, se desnudaba emocionalmente.

Se ofrecía al público sin límite, por eso se quitaba la ropa en directo, en los vídeos, en las fotos de prensa, se quería mostrar tal cual era, sin tapujos, sin nada que esconder.

No sentía vergüenza. Pero la entrega pasaba factura.

Tal vez por eso no había podido actuar en tanto tiempo, demasiada exposición pública.

Esa noche estaba de vuelta, la oportunidad de estrenar nuevas canciones.

La actuación iba a ser catártica para las más de setenta mil personas que abarrotaban el estadio. Incluidas las niñatas del club de fans.

Se habían apagado las luces a la espera de que Emcy apareciera en el escenario. Pero no lo hacía. Irene miró su teléfono, las 21:06.

También lo hizo el presidente en el palco, inquieto.