No te fíes de ellos Capítulo 4
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Capítulo 4

El atardecer, digno del mejor Monet, se reflejaba en las lamas longitudinales que cubrían el Bernabéu, una piel metálica y curva que envolvía la descomunal estructura.

Impactaba por su desmesura y por estar situado en el centro urbano, algo cada vez más inusual en Europa.

Resultaba agresivo para los edificios que lo rodeaban.

Una mole con las últimas tecnologías incorporadas, que albergaba restaurantes, un futuro hotel y los partidos del Real Madrid, entre otros eventos.

Hoy tocaba concierto, el primero desde la costosísima renovación.

Y se inauguraba a lo grande, con la presencia de Emcy, la estrella del pop californiana más revolucionaria de los últimos años: actriz y cantante en series de televisión infantiles, que había abandonado al cumplir la mayoría de edad.

Quería mostrar una imagen más auténtica, agresiva y a la vez frágil.

El primer vídeo de su carrera en solitario había roto moldes; semidesnuda y encerrada en un sótano lúgubre, cantaba con una voz madura y rockera, nada que ver con la estética empalagosa y country de su adolescencia.

Algunos críticos habían querido ver una venganza hacia su etapa anterior.

A pesar del cambio, una generación completa había crecido con ella y sentía adoración por la estrella que llevaba dos años sin actuar en directo en un gran recinto.

A los veinticinco había tenido una crisis tras una ruptura sentimental y problemas con las drogas.

En el último sencillo, desenganchada de ambas adicciones, cantaba al amor propio, y sus letras transmitían ganas de vivir.

Se sentía renovada, dispuesta a conectar de nuevo con el público, y ensayaba coreografías originales que compartía en redes sociales .

Incluso había desbancado en venta de entradas a Taylor Swift, que actuaría unos días después.

La emoción desbordada de las miles de fans bajaba hacia el cruce de las dos grandes avenidas que daban al estadio: Concha Espina y Padre Damián.

Como hormigas, se agolpaban desde hacía horas en los alrededores, pero la policía no les había permitido acercarse hasta ese momento.

La organización había impuesto unas medidas de acceso muy estrictas: pulseras nominales, registros exhaustivos en la puerta y perros policía que olfateaban cada bolso; la agitación era difícil de contener, habían venido seguidoras desde los países más remotos del planeta.

Arrastrado por un grupo que coreaba la canción con más visualizaciones en redes, Carlos, un hombre de pelo castaño claro en la crisis de los cuarenta a pesar de ser un atractivo y destacado profesional de mandíbula perfecta, trataba de abrirse paso en un entorno que le era ajeno mientras hablaba por el móvil con un compañero del trabajo:

—¡Cómo se nota que los abogados y los de riesgos nunca salen del despacho! ¡Joder, qué fácil es para ellos tirarte una transacción!

Y es que la constitución del nuevo fondo en el que trabajaba desde hacía meses no se había desarrollado como esperaba, le decían que era un producto temerario.

Y gran parte del bonus anual dependía del éxito de la operación.

Agobiado, apartó de un manotazo a una chica peinada como Emcy y se subió a la nueva zona ajardinada sobre la entrada del aparcamiento que había en la esquina del Bernabéu.

Venía directo de la oficina y le molestaba la americana, pero no se la quitó.

El compañero colgó la llamada tras decirle inútilmente que no se preocupara.

El último rayo de sol, reflejado en las lamas del campo, le cegó.

Al taparse los ojos con los dedos entreabiertos divisó a Irene, que, pertrechada con una pequeña mochila al hombro, pugnaba con la multitud para no ser devorada.

Hizo un gesto para llamar su atención. Al quinto movimiento del brazo, cada vez más enérgico, la restauradora se percató de su presencia y le saltó una sonrisa encantadora; era como arribar a una isla en un naufragio .

No pensó lo mismo cuando se conocieron hacía siete años en una visita al taller del Prado que había organizado el fondo de inversión para clientes estrella.

Entonces le dio la impresión de que era un impertinente que comparaba el valor de los cuadros con futbolistas famosos para divertir a los inversores.

Tuvo que pararle los pies con ingenio. Lo hizo frente a Las meninas y delante de los compañeros: «Este cuadro costaría diez veces más que el fichaje de Messi».

Pero Carlos, en vez de molestarse, entró en el juego, y se lanzaron agudas pullas durante el recorrido completo.

Una semana después se liaban en un palco del Teatro Fernando de Rojas, sin atender a cómo cantaba Russian Red en el escenario.

A partir de ahí, habían tenido una relación intensa que incluía tres años conviviendo en Los Ángeles.

Con dificultad, Irene sorteó a las fans, ilusionada por encontrarse con su pareja. Tenía tantas cosas que contarle.

—Llegas tarde —dijo él, estresado.